El precio a pagar (Game Changers 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

Fabian Salah odiaba el hockey.

Era evidente que ese día había partido, porque el metro estaba abarrotado de gente con jerséis azules de los Toronto Guardians.

Fabian tenía ganas de sentarse; no le gustaba estar de pie en medio de toda esa gente mientras le juzgaban con su mente simple e ignorante.

Había al menos un hincha con pocas luces que sin duda estaba burlándose de Fabian con desprecio.

Fabian mantuvo la mirada baja y resistió el impulso de burlarse de él también.

«Tres paradas más y ya llegas a casa», se dijo a sí mismo.

Una niña pequeña que llevaba un jersey rosa de los Guardians (porque era obvio que una hija no puede llevar otra cosa que no sea de color rosa chicle) le sonrió. Y él se obligó a devolverle la sonrisa.

No era culpa de la niña que él estuviera de mal humor.

No era culpa de la niña que él odiara el hockey y que hubiera gente a la que le encantase, ni que sus padres estuvieran tan preocupados por imponer la reafirmación de género a su hija.

Ella solo estaba disfrutando de una tarde con sus padres, animando a los chicos de su ciudad.

Fabian estaba seguro de que el equipo estaba lleno de jóvenes heroicos y honrados.

Estaba claro que no era un grupo de imbéciles homófobos con complejo de machos alfa que fuera a celebrar esa noche su victoria haciendo cosas bastante repugnantes típicas de machotes.

De todos los jugadores de hockey que Fabian se había visto obligado a conocer en su vida, solo uno no era una completa pesadilla.

—¿Es una guitarra? —le preguntó la niña del jersey rosa.

Fabian parpadeó.

—Es un violín —respondió tratando de ser lo más cordial posible.

—¿Y es tuyo?

—Sí.

—¿Y sabes tocarlo?

Fabian sonrió.

—Sí, claro. Creo que cuando empecé a aprender a tocarlo tenía más o menos tu edad. ¿Tú tocas algún instrumento?

Ella negó con la cabeza, pero luego dijo:

—Me gusta cantar y bailar.

—A mí también.

La madre de la niña la acercó hacia ella en los asientos contiguos y le susurró algo que seguro que era inofensivo, tipo «No molestes al pobre señor» o «No hables a desconocidos», pero Fabian no pudo evitar imaginarse que era algo más bien como «No hables con hombres que se pintan los ojos y las uñas».

La niña dejó de hablar con él, pero lo observó con atención durante todo el trayecto hasta la estación de Wellesley, en la que por fin Fabian se separó de la multitud de aficionados al hockey.

Mientras caminaba por Church Street, Fabian sintió cómo la tensión residual del viaje en metro abandonaba su cuerpo.

Tenía cosas mejores en las que pensar que en estúpidos hinchas.

Por un lado, la noche anterior había roto por fin su relación con Claude para siempre.

Claude había sido el último de una larga lista de esnobs egocéntricos a los que Fabian, por la razón que fuera, había invitado a su cama.

No diría que lo que habían tenido fuera una relación, sino que más bien habían estado viéndose en distintos eventos y, de un modo inevitable, habían acabado follando.

Pero Fabian había terminado con esa gilipollez.

Ahora estaba en un buen momento. Tenía programados algunos conciertos muy prometedores, casi había terminado su nuevo álbum y la semana anterior había grabado una entrevista y una actuación en el estudio para la CBC Radio.

Incluso sus padres se habían molestado en escucharla, así que sin duda había conseguido algo.

Si las cosas seguían así, podría dejar su trabajo de media jornada, hacerse superrico y famoso, mudarse a una isla privada y no volver a ver nunca más a nadie con un jersey de hockey.

Ryan estaba convencido de que tenía la polla fea.

El tío que se la estaba meneando en la pantalla del portátil de Ryan tenía una polla impresionante. Era larga y recta y no muy gruesa. Era lisa y la tenía circuncidada, con los huevos depilados a la perfección. La polla sobresalía con orgullo de un cuidado puñado de rizos oscuros.

La polla de Ryan era gruesa y roja, y el vello que la rodeaba, naranja.

Intentaba mantener esa zona bien cuidada, pero su vello púbico era tan rebelde como el que le cubría la cabeza y la cara.

Sus huevos le parecían demasiado grandes y algo caídos.

Su polla sobresalía de un prepucio abultado.

La punta era gruesa y oscura y una vena muy prominente rodeaba todo el miembro.

Y, a diferencia del tío del vídeo que estaba viendo, Ryan tardaba una eternidad en correrse. Siempre había sido un poco lento en el sexo, pero el último año le había costado mucho más esfuerzo conseguirlo. Era consciente de que parte de culpa la tenían los ansiolíticos.

Cerró los ojos, anulando la imagen del señor Polla Perfecta, pero no los sonidos que producían sus gemidos. Ryan respiró lento, inspiró y espiró, y luego se miró la polla.

—Muy bien, colega. Podemos conseguirlo. Sin presión, cuando sea que llegues. Pero vamos a intentar hacerlo esta vez, ¿vale?

Se lo tomó con calma, acariciándose sin apretar y habiéndose echado mucho lubricante. Últimamente, el sexo, incluso consigo mismo, requería mucha paciencia. Por esa razón, rara vez arrastraba a alguien más a tener que pasar por ese calvario.

El tío de la pantalla estaba disfrutando mucho, soltaba palabrotas y jadeaba, además de prometer que iba a echar una gran corrida pronto.

—Chulo —murmuró Ryan.

Empezó a deslizar entre los vídeos recomendados que le aparecían debajo de ese porque sabía que iba a necesitar otro.

Ni siquiera estaba seguro de lo que estaba buscando. Le gustaban los vídeos de pajas porque podía fingir que estaba compartiendo una experiencia con alguien. Podía fingir que era él quien hacía gemir de placer al precioso tío que aparecía en la pantalla.

En cambio, estaba solo en su apartamento, soltando palabras de ánimo a su polla, que apenas mostraba interés.

¿Por qué no podía hacerlo? Estaba la hostia de cachondo, eso estaba claro. Llevaba meses sin acostarse con nadie. No se había corrido desde hacía más de dos semanas. La situación se estaba volviendo desesperada.

—Solo un pequeño orgasmo, colega. ¿Qué te parece?

Se sentía bien meneándosela así. Desde luego, no se sentía mal.

Podía seguir así durante mucho rato y limitarse a disfrutar de las oleadas de placer que nunca llegaban a su punto álgido.

A veces hacía eso: meneársela durante una hora o más sin llegar a correrse.

Pero le resultaba frustrante y, además, esta vez estaba decidido a acabar.

—Ay, mierda —jadeó el chico del vídeo—. Joder, que me corro, me voy a correr…

Y entonces lo hizo. El muy cabrón.

—¿Sabes qué? —le gritó Ryan a su polla—. Hoy mando yo. Voy a poner otro vídeo, y lo vamos a ver los dos y voy a empezar de nuevo. Iré despacio, pero esta noche nos vamos a puto correr, joder.

No es que llegar le resultara imposible, pero tenía que estar relajado.

No podía distraerse con nada, pero tampoco podía concentrarse de más.

Las circunstancias tenían que ser las óptimas, todo tenía que encajar a la perfección como en un tiro a puerta vacía.

Si conseguía encontrar ese punto ideal, podría alcanzar el orgasmo. Pero era un trabajo difícil de cojones.

Era hora de sacar la artillería pesada. Fue a su carpeta de favoritos y abrió un vídeo de una estrella porno que le gustaba en especial, llamado Kamil Kock.

Era pequeño y delgado y un poco afeminado y llevaba un tatuaje de plumas de pavo real en el lado izquierdo del torso.

Tenía unos preciosos ojos oscuros y la piel marrón claro.

Ryan tenía muchos vídeos suyos guardados.

—Mira —le dijo a su polla—, es Kamil. Nos encanta Kamil.

Su polla se movió sin mucho entusiasmo. Algo era algo.

Ryan se pasó los siguientes veintisiete minutos viendo a Kamil Kock dar placer a su delgado y elegante cuerpo mientras él castigaba el suyo.

Kamil tenía una entonación cantarina y sus largos y delgados dedos estaban cubiertos de anillos sobrecargados.

Era bonito de un modo en que Ryan jamás podría serlo.

Ryan tenía un tipo, sin duda. Le gustaban los hombres que…

difuminaran un poco los límites. La androginia le parecía muy sexy, y no era solo la belleza física de un hombre deslumbrante y arreglado lo que le atraía, le asombraba la seguridad en sí mismos.

La valentía que tenían para ser ellos mismos y desafiar a cualquiera que dijera cualquier cosa al respecto. Nada excitaba más a Ryan que eso.

Hacía años que había salido del armario y eso significaba que no ocultaba adrede su orientación sexual, pero tampoco hablaba de ella.

El modus operandi de Ryan durante la mayor parte de su carrera como jugador de hockey era a través de chats por internet o ligando en las distintas ciudades a las que iba.

Sus compañeros de equipo no le hacían muchas preguntas sobre con quién se acostaba porque lo más probable era que no les importara.

De todos modos, el hecho de jugar en un equipo diferente cada temporada había hecho que a Ryan le resultara difícil establecer vínculos estrechos con sus compañeros de equipo.

Y así era como Ryan había pasado desapercibido como jugador gay sexualmente activo de la NHL durante casi una década.

Y ahora, en esta nueva era en la que Scott Hunter había besado a su novio en directo por televisión justo después de ganar la Copa Stanley, no parecía tan necesario esconderse.

Hunter había tenido la suficiente valentía como para salir del armario el primero, y ahora ser un jugador queer de la NHL apenas resultaba interesante.

Uno de los porteros de Vancouver se había casado con su novio ese verano, un hombre mayor y fornido que se ganaba la vida construyendo cabañas.

Y un chico sueco que jugaba en Los Ángeles había empezado a publicar fotos en Instagram de él y su novio modelo.

O modelo de Instagram. O algo así. En cualquier caso, era un tío buenorro que estaba fuerte.

Una cosa que Ryan había notado sobre los novios de los jugadores de la NHL era que todos eran muy masculinos. El novio de Scott Hunter era mono, pero no era lo que Ryan llamaría un twink . Y el tipo que le gustaba a Ryan tampoco encajaba de forma precisa con ser twink .

Así que quizá de golpe no estuviera mal visto que un jugador de la NHL tuviera novio, pero Ryan sospechaba que se esperaba que los jugadores de hockey tuvieran un cierto tipo de novio.

Y, aunque a Ryan en general no le importaba lo que pensaran los demás (ni siquiera tenía cuenta en Instagram), la verdad era que no quería tener que dar explicaciones sobre sus elecciones.

Su otro problema era que era tímido de la hostia cuando había hombres guapos. No podía imaginar que quisieran mirarlo, y mucho menos tocarlo, así que rara vez conseguía estar con el tipo de hombres que a él le gustaban de verdad. Se conformaba con tíos que para él estaban más a su nivel.

Había habido un chico en Nueva Jersey (Anthony, un joven impresionante), que, aunque pareciese mentira, se había sentido atraído por Ryan.

Parecía que le encantaba el físico de Ryan y su fuerza, así que durante un tiempo fueron una buena pareja.

Pero él quería que Ryan le hiciera daño cuando se acostaban.

No que le lesionara de verdad, pero sí que le causara dolor, y Ryan no podía hacer eso.

Ryan había invertido demasiado tiempo en su vida causando dolor físico a los demás y pensar en llevarlo también a la cama le repugnaba.

Así que lo de Ryan y Anthony se acabó.

Esperaba que Anthony hubiera encontrado lo que necesitaba con otra persona. Alguien que no cargase con la misma mochila que él.

Ryan se dio cuenta de que se había quedado en blanco y se limitaba a mirar fijamente la pantalla, en la que Kamil se estaba estimulando el ano con un vibrador. La mano de Ryan sujetaba sin fuerza la polla, que se iba ablandando y no se movía.

Mierda. Se había distraído. Se acabó.

Se soltó la polla y esta cayó, exhausta, contra el muslo. Quitó el vídeo y cerró de un golpetazo el portátil. «Puta mierda de pastillas. Puta mierda de ansiedad. Puta mierda de actores porno con sus pollas perfectas y funcionales».

Se frotó la cara con la mano. Menudo partidazo de mierda estaba hecho.

Hacía unos meses que había borrado su perfil de Grindr y ahora se preguntaba si debería reactivarlo.

Quizá actualizar su descripción con algo tipo: «¿Buscas un rato decepcionante con un torpe peludo que lo más probable es que no se corra, aunque se la chupes durante una hora? ».

A la mierda. Necesitaba irse a dormir.

—Mañana por la noche lo volvemos a intentar —advirtió a su polla—. Tú, Kamil y yo. Lo vamos a conseguir.

Su polla pareció retraerse aún más dentro del prepucio.

—Debería cortarte, con lo poco que colaboras —refunfuñó Ryan.