El precio a pagar (Game Changers 3)
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Prólogo
—¿Eres feliz?
Ryan Price no sabía si el entrenador Cooper le estaba haciendo esa pregunta a él o al ordenador del que no había apartado la vista. La respuesta más sincera era que Ryan no podía recordar muy bien qué se sentía al ser feliz, pero eso habría sido incómodo de admitir, así que se limitó a responder:
—Claro.
—Bien —dijo el entrenador sin hacer mucho caso—. Me alegra oírlo. ¿Sabes ya dónde vas a vivir?
—Sigo en el hotel, pero estoy buscando…
—Supongo que eres todo un experto en cambiar de ciudad. —El entrenador por fin volvió la mirada hacia Ryan y le sonrió como si se le acabara de ocurrir el chiste más gracioso del mundo—. Ya habrás llenado el cartón para cantar bingo, ¿no?
—Sí. —Ryan ni siquiera se molestó en devolverle la sonrisa—. Más o menos.
El entrenador se recostó en la silla y cruzó los musculosos brazos sobre el pecho.
Era probable que Bruce Cooper estuviera en mejor forma que cualquier jugador de la plantilla de los Toronto Guardians.
Él nunca había jugado en la NHL , pero se mantenía en plena forma, como si quisiera sugerir a los jugadores que podía ponerse los patines y sustituir a cualquiera de ellos en cualquier momento.
—Bueno, ya sabes por qué estás aquí. No hace falta que te diga qué clase de jugador eres y qué esperamos de ti. Estoy seguro de que entiendes lo que quiero decir. —Dejó de sonreír y miró fijamente a Ryan.
Este entendió a la perfección lo que quería decir. Era lo mismo que le habían dicho todos los entrenadores que había tenido desde los dieciséis años: «Necesitamos que les des una paliza a los contrincantes que amenacen a nuestros jugadores de verdad».
—Sí, entrenador —dijo Ryan.
Acababa de terminar su primer entrenamiento con los Guardians y había ido… bien. Algunos jugadores lo habían mirado con curiosidad, pero ninguno había sido muy amable con él. Era obvio que la reputación de Ryan le precedía.
—La prioridad es proteger a Kent —dijo el entrenador—. Es un bocazas, pero no queremos que le hagan daño. Los chicos se lo pensarán dos veces antes de meterse con él sabiendo qué es, ya me entiendes, lo de «Paga a Price». —Sonrió.
Ryan se agachó.
—Sí. Entendido.
—Bien —dijo el entrenador con alegría—. Ahora, la otra cosa de la que quería hablar era de tu historial sobre no llevarte bien con tus compañeros de equipo.
Ryan Price se pasó la lengua por la parte inferior de los dientes frontales, raspando los restos de las cuatro pastillas antiácido que se había tomado antes de entrar en la oficina de su nuevo entrenador. Necesitaba la mayor cantidad de antiácidos posibles para enfrentarse a algo así.
—No es eso —intentó explicar Ryan—. O sea, no es que no me lleve bien con ellos. Es solo que… soy reservado. Supongo.
El entrenador frunció el ceño.
—Los Guardians son un equipo, Ryan. Tanto dentro como fuera de la pista. Los equipos se crean a partir de la confianza y el compañerismo.
—Lo sé. Me esforzaré más.
—Me alegro de oírlo —dijo el entrenador, como si el asunto estuviera resuelto.
Ryan no esperaba establecer vínculos muy estrechos con ninguno de sus compañeros de equipo. El hecho de ser torpe por naturaleza, tímido, con trastorno de ansiedad diagnosticado, con miedo a volar y, ah, claro, gay, no le convertía precisamente en un imán para los amigos en el típico vestuario.
Pero lo intentaría.
—Y otra cosa. —El entrenador bajó la voz y se inclinó hacia delante—. No se te va a ir la pinza con nosotros, ¿verdad? Como te ha pasado antes…
Ryan levantó las cejas.
«Guau. Qué directo».
—Pues… he estado trabajando en eso.
El entrenador entrecerró los ojos.
—Trabajando en eso, tipo, ¿cómo? ¿Meditación, yoga o algo así?
—No. O sea, un poco. Pero, tipo, yendo a terapia. Y me recetaron…
—Bueno, o sea que lo tienes bajo control. Estupendo. —El entrenador hizo un gesto con la mano, contento de haber terminado la conversación—. Venga, sigamos con los entrenamientos de pretemporada y así veremos dónde encajas en este equipo.
—De acuerdo, entrenador.
Cuando el entrenador volvió a prestar atención a su ordenador, Ryan se levantó, asintió con la cabeza y salió de la habitación.
La pequeña charla no había sido muy diferente de la que había tenido con su último entrenador.
O con el anterior. «Queremos que des miedo en la pista y que seas normal fuera».
Ryan volvió al vestuario para prepararse para las pruebas físicas que los Guardians tendrían esa tarde.
Estando ahí, vio al jugador estrella de Toronto, Dallas Kent, hablando con otro jugador estrella, Troy Barrett.
Kent era bajo para ser jugador de hockey, rubio y de ojos azules.
No era lo que Ryan llamaría atractivo, pero eso se debía sobre todo a que se le veía la arrogancia desde lejos.
Barrett era más guapo, con unos ojos azules penetrantes y pelo oscuro, pero aun así no era mucho el tipo de Ryan.
Ryan pensó que no estaría mal presentarse a los hombres a los que se suponía que debía proteger.
Al acercarse, pudo oír a Kent describir con gran detalle a Barrett sus hazañas sexuales de la noche anterior.
Kent ni siquiera miró a Ryan cuando llegó, dejándolo ahí de pie, incómodo, mientras terminaba su asquerosa historia.
—¡Te lo juro por dios, pensaba que se iba a desmayar!
Barrett se rio. Ryan carraspeó y Kent, por fin, alzó la vista.
—Ah. Hola. —Había un poco de sarcasmo en el tono de Kent.
—Hola —dijo, como un tonto. Le tendió la mano—. Soy Ryan.
Kent se quedó mirando la mano de Ryan y luego miró a Barrett. Al final, le estrechó la mano rápido y dijo:
—Creía que te habías vuelto loco.
—No —dijo Ryan, que sentía cómo las mejillas y el cuello se le ponían rojos—. Está todo en orden.
Barrett resopló. Kent miró a Ryan con expresión de asco.
—Joder, más te vale, Rojito.
Ryan apretó la mandíbula. Ese no era un nombre al que fuera a responder.
—Ryan —le corrigió. Enderezó la espalda y echó los hombros hacia atrás para mostrar toda su estatura. Dejó salir lo justo del monstruo que llevaba dentro para demostrarle a Dallas Kent que Ryan no era alguien con quien se pudiera jugar—. No Rojito.
Kent levantó las manos en señal de paz.
—Lo que tú digas, tío.
Se volvió hacia Barrett y siguió con su historia como si Ryan ya no estuviera allí.
Ryan sintió que se le oprimía el pecho mientras se iba a su puesto. Por suerte, había aprendido a calmarse solo durante esos ataques leves.
«Inhala dos, exhala tres. Inhala tres, exhala cuatro. Inhala cuatro, exhala cinco…».
Estaba bien. Se encontraba bien. Quedaba claro que Dallas Kent era un puto gilipollas, pero Ryan estaba bien.
«Esto es solo un trabajo. No eres tú. Tú eres más que este trabajo».
En todos los trabajos hay compañeros de mierda, ¿no?
Contó una respiración más; inhaló y exhaló y luego empezó a rebuscar en su bolsa de deporte, solo para distraerse con algo.
—¿Quieres saber un secreto?
Ryan se sorprendió por la pregunta inesperada. Se volvió y vio a Wyatt Hayes, que llevaba años siendo el portero suplente de Toronto.
—¿Cuál?
—Dallas Kent es —Wyatt se inclinó y bajó la voz hasta susurrar— un poco gilipollas.
Ryan balbuceó, sorprendido.
—¿Entonces no es solo cosa mía?
—Dios, no. Pero es una superestrella, ¿no? ¿Qué le vas a hacer?
A Ryan se le ocurrían un par de cosas que le gustaría hacerle.
Wyatt se rio.
—Hostia puta, Price. ¡Tu cara! ¡No puedes pegarle!
—Lo sé. No iba a hacerlo.
—Bueno, pero, si cambias de opinión, avísame. Yo quiero verlo.
Ryan negó con la cabeza, pero sonreía. Había decidido que Wyatt Hayes le caía bien. Así que eso ya era algo.
Había creído que quizá esta temporada sería diferente.
En retrospectiva, no tenía ni idea de por qué.
Desde que estaba en la liga júnior, Ryan había desempeñado sin quejarse el papel de enforcer en todos los equipos en los que había jugado.
Nunca le había entusiasmado; si hubiera querido ser boxeador, habría podido seguir los pasos de su padre y haberse convertido en uno. Ryan quería ser jugador de hockey.
El verano anterior, tras enterarse de que lo habían traspasado una vez más, Ryan había decidido dedicarse por completo al entrenamiento.
Había trabajado su forma de patinar, su velocidad y el acondicionamiento de la parte inferior de su cuerpo.
Encontró un entrenador en Buffalo, donde aún vivía, y se mató a hacer esprints, zancadas, sentadillas y toda una pesadilla de actividades inhumanas similares.
Se había presentado en esa pista de entrenamiento en Toronto en la mejor forma en la que había estado en su vida, con la esperanza de que lo tomaran en serio como defensa.
Daría todo lo que tenía en esas pruebas de aptitud física, pero dudaba que eso cambiara la opinión de alguien sobre el papel que desempeñaría en este nuevo equipo.
Dios. Ryan no estaba seguro de poder seguir con eso. Lo haría porque ¿qué otra cosa podía hacer? Su currículum era bastante escueto.
—¿Preparado para pasar por el infierno? —preguntó Wyatt.
Ryan sabía que se refería a las pruebas físicas, pero él estaba pensando en toda la temporada.
—Claro —respondió—. Acabemos con esto de una vez.