El Polizón del tiempo CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

NAYRA

Llevamos seis semanas en Kirriveg —así decidimos llamarlo, entre Torin y yo, robándole el nombre a un pueblo real que ninguno de los dos ha visto nunca, solo para tener algo que contestar cuando alguien pregunta de dónde venimos— y esta mañana, por primera vez desde que llegamos, consigo encender el fuego yo sola, sin que Torin tenga que corregirme la mitad de los movimientos.

—Mejor —dice él, de todos modos, apareciendo en la puerta con dos peces recién sacados del agua colgando de una cuerda—. Aunque todavía apilas la leña con el mismo cuidado que le pondrías a construir una casa, no a encender un fuego.

—Llevo veintiún años calentando habitaciones apretando un botón, Torin. Dame tiempo.

—Tienes todo el tiempo del mundo.

Me quedo un momento de más mirando cómo prende el fuego, chisporroteando despacio, y siento una alegría tan física que casi me da vergüenza reconocerla: diecinueve años estudiando cada detalle de esta vida a través de una pantalla, memorizando el olor exacto que debía tener la turba quemándose, y ahora lo tengo de verdad metido en la nariz, mejor, muchísimo mejor, que cualquiera de las cuatrocientas horas de simulación que guardé alguna vez en una partición privada que no debía tener.

Me río sola, un poco, pensando en lo ridículo que sonaría intentar explicarle a alguien de mi época lo que se siente encender un fuego real con las propias manos después de toda una vida entera imaginándolo.

Lo dice sin pensarlo, de pasada, mientras cuelga los peces junto a la puerta de la casa que nos prestó, con desconfianza al principio y después con una calidez cada vez menos reticente, una viuda del pueblo que perdió a su marido en el mar hace dos inviernos y que parece encontrar en nosotros dos algo parecido a la compañía que le faltaba, pero la frase se me queda enganchada de todos modos, del mismo modo en que se me quedó enganchada, hace toda una vida, aquella otra frase de mi padre sobre el pasado y la distancia correcta.

Tiempo. Es lo único que de verdad tenemos aquí, en abundancia, por primera vez desde que empezó toda esta historia: nadie que nos persiga, ninguna cámara que nos cuente los segundos, ningún reloj corriendo hacia una fecha límite.

Solo días, uno detrás de otro, para aprender a vivir juntos de verdad, sin la urgencia constante que definió cada momento que pasamos en 2026.

No es fácil. Nadie me lo prometió fácil, y hay noches en las que echo de menos cosas tan tontas como el agua caliente instantánea o tan profundas como la voz exacta de mi madre, que ahora solo me llega en recuerdos que con el tiempo, lo sé, van a empezar a desgastarse un poco cada año que pase sin escucharla de verdad.

Hay días en que Torin se queda callado más de la cuenta, mirando hacia el norte, hacia donde debería estar su glen si el mapa de este tiempo se pareciera en algo al que él conoce, y sé, sin que haga falta preguntarle, que está pensando en su abuela, en Fergus, en un padre que probablemente ya lo dio por muerto hace más de treinta años.

Pero cada noche, cuando el trabajo del día termina y nos sentamos junto al fuego que ahora, por fin, sé encender yo sola, elegimos esto.

Otra vez. Sin que nadie nos obligue, sin ningún accidente de por medio, sin ninguna piedra rota ni ningún salto forzado por el pánico.

Elegimos quedarnos, cada noche, del mismo modo consciente y deliberado que mi padre nunca tuvo la oportunidad de elegir.

Eso, creo, es la diferencia entera.

Guardo, envuelto en un trozo de tela al fondo del único baúl que tenemos, el Ancla ya sin uso, programada con una única coordenada de emergencia que mi madre insistió en dejarme antes de separarnos: un punto de contacto, no de regreso completo, solo lo suficiente para mandar una señal si algún día necesito ayuda de verdad, o si algún día decido, con el corazón tranquilo y no con el pánico de una fuga, que quiero volver a verlos aunque sea una vez.

Vuelve algún día. Cuando sea seguro. Prométemelo.

Se lo prometí. Y aunque no sé todavía cuándo va a ser ese día, ni si va a llegar dentro de un año o de diez, sé que la promesa sigue entera, guardada junto al Ancla, esperando su momento del mismo modo en que esperó, sin que nadie lo supiera, la historia entera de mi padre durante veintitrés años.

Torin tiene su propia promesa, aunque no la dijo en voz alta del todo hasta anoche.

Yo la reconocía antes en la forma en que se quedaba mirando hacia el norte algunas tardes, en el modo en que empezaba una frase sobre Fergus, o sobre su abuela, o sobre Mairead, y la dejaba sin terminar, con la voz apagándosele a mitad de camino.

Anoche, por fin, la dijo entera: que algún día, cuando sepamos cómo hacerlo sin poner en riesgo a nadie, quiere volver.

No para quedarse —eso, dice, ya lo eligió, y no se arrepiente—, sino para cerrar lo que dejó abierto: ver una vez más a su abuela, si el tiempo se lo permite; decirle a Fergus, en persona, que sigue con vida; y averiguar, por fin, por qué los Cameron tenían tanta prisa por casarlo antes de la primera nieve.

Nunca terminó de creerse esa urgencia del todo, y ahora, con la distancia, la cree todavía menos.

Le prometí que iríamos juntos. Cuando el Ancla, el tiempo y la suerte se alineen lo suficiente para que sea seguro, vamos a volver los dos: yo a ver a mi madre, él a enfrentar lo que dejó sin terminar. Dos promesas guardadas en el mismo baúl, esperando el mismo momento.

—¿En qué piensas? —pregunta Torin, sentándose a mi lado junto al fuego, con el brazalete de cuero de su abuela —el mismo que casi vendimos aquella mañana en la ciudad, el que nunca terminamos vendiendo— otra vez de vuelta en su muñeca, donde ha estado desde la segunda semana aquí, cuando decidimos que ya no había ninguna cámara de la que esconderlo.

—En que un día, dentro de mucho tiempo, alguien en algún pueblo cercano va a empezar a contar una historia sobre dos forasteros que aparecieron de la nada en la costa, sin saber nada del mundo y sabiendo, al mismo tiempo, demasiado.

Y esa historia va a cambiar cada vez que pase de boca en boca, hasta que en algún momento nadie recuerde ya que empezó siendo verdad.

Torin se ríe, un sonido bajo y cálido que ya conozco de memoria, y me pasa el brazo por los hombros, atrayéndome contra su costado con la misma firmeza tranquila de siempre .

—Entonces que la cuenten bien —dice—. Que digan que los dos forasteros eligieron quedarse. Cada día, sin que nadie los obligara.

—Eso no suena muy emocionante para una leyenda.

—No todas las leyendas necesitan ser trágicas para que valga la pena contarlas, Nayra.

Apoyo la cabeza en su hombro, dejando que el fuego caliente lo que el mar frío de esta costa nueva todavía no ha terminado de calentar del todo, y pienso, con una certeza tranquila que no tenía ni en la azotea de Edimburgo ni en ningún otro momento de esta historia entera, que quizás él tiene razón.

Que quizás la mejor parte de romper un ciclo no es escapar de la tragedia que le tocó a quien vino antes.

Es, simplemente, seguir eligiéndose el uno al otro, un día detrás de otro, hasta que elegir deje de sentirse como un acto de valentía y empiece a sentirse, por fin, como lo que siempre debió haber sido.

Un hogar.