El Polizón del tiempo CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

TORIN

El mar nos despierta cada mañana con la misma luz: gris primero, después dorada, sin que nadie la calibre, sin ninguna voz que pregunte cuántos minutos más quiero quedarme bajo la manta antes de que el día empiece de todos modos.

Es una luz que no sabe nada de mí ni le hace falta saberlo.

Entra por la única ventana de la casa exactamente cuando le corresponde entrar, y a mí, que llegué a este mundo desde un lugar donde hasta el cielo se pedía y se borraba, me sigue pareciendo, cada mañana, el lujo más grande que existe.

Nayra ya está despierta cuando abro los ojos, sentada junto a la ventana con un cuaderno sobre las rodillas —papel de verdad, tinta de verdad, comprada con lo poco que ganamos vendiendo pescado en el mercado del pueblo vecino— escribiendo algo con la letra rápida y ordenada que le conozco de memoria .

—¿Qué escribes?

—Todo. —No levanta la vista, pero sonríe, un poco, sin dejar de mover la pluma—. Antes tenía cuatrocientas horas de simulación de este siglo guardadas en una partición privada que no debía tener. Ahora tengo esto. El siglo de verdad, contado por alguien que de verdad estuvo aquí.

Nadie va a borrárselo a medianoche. Nadie va a decirle que el contenido no está verificado como relevante para ninguna vocación asignada. Puede escribir el cielo entero, si quiere, y quedárselo para siempre.

Me siento a su lado, con la manta todavía sobre los hombros, y miro por encima de su hombro las líneas que va llenando: el nombre del pueblo, la fecha aproximada que hemos calculado entre los dos por el estilo de los botes y el acento de la gente, un dibujo pequeño y torpe de la bahía que ella jura que va a mejorar con la práctica.

—Un día —digo, después de un rato de mirarla escribir en silencio—, alguien va a encontrar ese cuaderno. Dentro de mucho tiempo. Y no va a saber si lo que cuenta es historia de verdad o solo una leyenda bonita que alguien inventó.

—Va a ser las dos cosas. Como casi todo lo que de verdad importa.

Pienso en mi abuela, en la piedra del vado, en una historia que ella misma vivió antes de convertirla en cuento para un nieto que nunca sospechó, hasta hace muy poco, que había empezado siendo un hecho real entre dos personas que se eligieron una vez, hace mucho tiempo, y pagaron un precio alto por esa elección.

Pienso en que quizás este cuaderno, algún día, va a hacer lo mismo: va a convertirse en leyenda antes de que nadie recuerde que empezó siendo verdad.

No me da miedo, esa idea. Por primera vez en toda esta historia entera, no me da ningún miedo en absoluto.

—El pasado no se visita, se estudia —digo, en voz baja, probando la frase en su lengua con el acento torpe que todavía no he terminado de perder—. Desde la distancia correcta.

Nayra deja la pluma, sorprendida.

—¿De dónde sacaste eso?

—Me lo contaste tú. Hace mucho. La noche que me hablaste de tu padre por primera vez.

Se queda mirándome un momento largo, con algo brillándole en los ojos que no es tristeza del todo, aunque tampoco es otra cosa.

—Se equivocaba —dice, al final, cerrando el cuaderno despacio—. El pasado sí se visita. Se vive, incluso. Sin ninguna distancia de por medio. Solo hay que estar dispuesto a pagar lo que cuesta quedarse.

—¿Y tú estás dispuesta?

—Cada mañana. —Se acerca, apoya la cabeza contra mi hombro, con el cuaderno todavía sobre las rodillas de los dos—. Es lo único que he tenido que decidir de verdad en toda mi vida. Y lo elijo otra vez, hoy, sin que nadie me obligue ni me lo recuerde con una cuenta atrás.

Afuera, el pueblo empieza a despertar del todo: voces, el chapoteo de los primeros botes saliendo hacia el mar, el olor a humo de las primeras chimeneas encendidas.

Ningún reloj cuenta los días que faltan para que alguien más decida quiénes se supone que somos.

No hay ningún Umbral esperándonos al final de una cuenta atrás, ninguna simulación, ningún itinerario preparado por un sistema que cree conocernos mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos.

Solo esta luz, entrando sin que nadie la pida.

Solo este cuaderno, lleno de verdad sin miedo a que nadie la borre.

Solo nosotros dos, eligiéndonos otra vez, un día detrás de otro, hasta que un día deje de hacer falta contarlos .