El Polizón del tiempo CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

TORIN

Caigo de rodillas sobre hierba húmeda, con el olor a sal y a algas empapando el aire de un modo que no sentía desde antes de cruzar aquel vado que ahora me parece de otra vida entera, y lo primero que pienso, antes incluso de abrir los ojos del todo, es que este aire respira distinto al de Edimburgo. Más limpio. Más viejo.

Nayra cae a mi lado, con el Ancla todavía apretada contra el pecho, y los dos nos quedamos así un momento, arrodillados sobre la hierba, recuperando el aliento en un silencio que ninguno de los dos se atreve a romper todavía.

Con miedo, quizás, de que hablar demasiado pronto deshaga lo que sea que acabamos de conseguir.

Cuando por fin me pongo de pie, lo que veo me deja sin palabras durante un rato largo.

Un acantilado bajo, con el mar rompiendo contra rocas oscuras más abajo.

Un puñado de casas de piedra, con techos de paja envejecida, agrupadas alrededor de una bahía pequeña donde varios botes de pesca descansan varados por la marea baja.

Humo subiendo de dos o tres chimeneas contra un cielo que empieza a teñirse del naranja apagado del atardecer.

Ropa tendida al viento, gente moviéndose entre las casas con la economía de gestos de quien no sabe que alguna vez existirá una cámara capaz de mirarlo.

No es mi glen. Reconozco eso enseguida, con una certeza tranquila que no esperaba sentir: la forma de la costa es distinta, las casas están dispuestas de otro modo, y el idioma que alcanzo a oír de lejos, cuando un hombre llama a un niño hacia una de las casas, tiene un acento que no es el mío, aunque se le parece lo suficiente para que el corazón me dé un vuelco de todos modos.

—¿Dónde estamos? —pregunto, aunque una parte de mí ya empieza a sospechar la respuesta.

Nayra se pone de pie a mi lado, mirando el mismo paisaje con una atención distinta a la mía, calculando, catalogando, con esa mente suya entrenada durante toda una vida para leer exactamente este tipo de detalles.

—Costa este, creo. Más al norte de donde caímos la primera vez.

—Señala las casas, el estilo de los botes, un detalle en la forma de un tejado que a mí me pasa completamente desapercibido—.

Y por la ropa, por la forma de esas embarcaciones...

unas décadas después de donde empezaste tú. Quizás treinta años. Puede que más.

Treinta años. Dejo que el número se asiente, esperando que me pese del modo en que me pesó "cuatrocientos" la primera vez que lo oí, pero lo que siento, en cambio, es algo más parecido al alivio: no es mi tierra, no es mi gente, nadie aquí va a reconocerme ni a esperar de mí ninguna promesa rota.

Es un lugar nuevo, en un tiempo lo bastante cercano al mío para que mis manos sepan qué hacer con él, y lo bastante lejano para que nadie me pida cuentas de una vida que dejé atrás sin despedirme.

—Tu madre eligió bien —digo, al final, sorprendido de lo firme que me sale la voz.

—Eligió el único sitio que se le ocurrió donde ninguno de los dos tuviera que renunciar del todo.

—Nayra se envuelve un poco más en la chaqueta robada, mirando hacia las casas con una mezcla de miedo y de fascinación que reconozco porque es la misma que yo sentí, hace lo que ahora me parecen siglos enteros, mirando el metro de su época—.

Un mundo sin Vigilancia Retroactiva, porque no hay ninguna cámara aquí que algún día pueda escanearse.

Ningún registro digital que me delate. Solo esto.

Nosotros dos, y un mundo entero que aprender de cero .

Me río, un sonido corto que me sorprende a mí mismo, y ella me mira, sorprendida también, con una pregunta entera en la cara.

—¿Qué te hace gracia?

—Que por primera vez desde que caímos en tu tiempo, el mundo nuevo es el mío, no el tuyo.

—Le tiendo la mano, con una calma que no sentía desde antes de todo esto, desde antes del metro, de las cámaras, de los coches y las cajas y las cremalleras—.

Vas a necesitar que alguien te enseñe cómo encender un fuego sin electricidad, cómo hablar con la gente de un puerto de pescadores sin que sospechen que vienes de ningún sitio raro, cómo sobrevivir a un invierno de verdad. Y esta vez, esa persona soy yo.

Nayra se queda mirándome un momento largo, con algo brillándole en los ojos que no tiene nada que ver con el miedo, y por fin toma mi mano, entrelazando los dedos con los míos del mismo modo exacto en que lo hizo la primera vez que la guie a través de una calle llena de coches.

—Entonces enséñame —dice—. Empezando por cómo se presenta uno en un sitio como este sin que lo corran a pedradas.

—Eso —digo, empezando a caminar hacia las luces de las casas, hacia el humo, hacia lo que sea que nos espere ahí abajo— resulta que es exactamente lo único de este mundo entero que sé hacer bien .

Caminamos juntos hacia la bahía, con el sol terminando de bajar detrás de nosotros y el frío del atardecer empezando a metérsenos por la ropa, sin saber todavía qué nombre le vamos a dar a este lugar, ni qué historia vamos a inventar para explicar de dónde venimos, ni cuánto tiempo va a pasar antes de que este mundo nuevo empiece a sentirse, de verdad, como un hogar compartido en vez de un refugio prestado.

Pero caminamos juntos. Y por primera vez desde que crucé aquel vado, eso me basta enteramente para no tener miedo de lo que venga después.