El Polizón del tiempo CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

NAYRA

El plan que trazamos alrededor de la mesa del almacén dura, en total, menos de veinte minutos antes de que se rompa en pedazos.

Mi madre es quien recibe la alerta, esta vez, con el mismo dispositivo con el que entró apuntando hace apenas una hora, y la veo palidecer de un modo que ya reconozco, el mismo gesto exacto que tuvo mi padre en la calle de Edimburgo.

—No fui solo yo quien abrió el expediente —dice, con la voz tensa—.

Lo marqué como prioridad baja apenas vi que apuntaba a esta zona, para tener tiempo de investigar por mi cuenta antes de escalarlo.

Pero alguien más en mi unidad debió de revisarlo, y acaba de reclasificarlo como urgente sin consultarme.

—¿Qué significa eso?

—Que hay un equipo de respuesta en camino a este edificio ahora mismo. Formal. Con autorización completa para detener a cualquiera que encuentren aquí sin necesidad de justificarlo después.

El aire entero del almacén cambia de peso.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunta mi padre, ya moviéndose hacia la mesa donde está el Ancla, cerrándola, envolviéndola con la misma manta de siempre con manos que ya no tiemblan de duda sino de urgencia pura.

—Minutos. No más de diez, si tuvieron que autorizar el salto desde protocolo estándar.

Diez minutos. Cuento en mi cabeza todo lo que necesitamos hacer en ese tiempo imposible: borrar cualquier rastro de nuestro paso por aquí, decidir a dónde va cada uno, y sobre todo, decidir qué va a pasar con Torin, la pregunta que llevamos toda la noche rodeando sin terminar de aterrizar del todo.

—Nayra. —Mi padre me agarra por los hombros, con una firmeza que no le sentía desde que era pequeña—.

Escúchame. Tú y Torin tienen que saltar ya.

Ahora mismo, antes de que lleguen. Yo me quedo aquí con tu madre, y entre los dos inventamos una explicación que aguante la primera revisión: un rastreo fallido, una anomalía menor ya contenida, lo que haga falta.

—¿Y Torin?

Mi padre mira a Torin, que ha entendido lo suficiente del tono de urgencia para tener ya el Ancla en las manos, listo, esperando instrucciones que todavía no llegan.

—Lleva más de un mes en esta línea de tiempo sin ningún registro biométrico. No existe para el sistema, Nayra. Eso significa que puede saltar contigo a donde decidan ir los dos, sin que ningún escaneo futuro lo detecte nunca. Es la única ventaja real que tenemos, y vamos a usarla.

—¿A dónde? —Mi voz sale más pequeña de lo que pretendía—.

No puedo llevarlo a 2189. Ahí sí tiene registro en cuanto cruce, en cuanto exista un solo dato biométrico suyo en cualquier sistema de esa época.

Y no puedo quedarme en su tiempo para siempre sin que alguien, algún día, note mi propia ausencia del mismo modo en que un día notaron la tuya.

Mi madre interviene entonces, con una calma repentina que corta a través del pánico de todos como un cuchillo afilado.

—Entonces no eligen ninguno de los dos extremos.

—Se acerca, con esa autoridad de comandante que nunca termina de apagarse del todo, ni siquiera esta noche—.

El Ancla, ahora reparado, puede programarse para una tercera coordenada.

Un punto intermedio, en algún momento donde ninguno de los dos tenga que renunciar del todo a lo que es.

—¿Eso es posible ?

—Es arriesgado. Nunca se ha hecho de forma oficial, porque nadie autorizado tendría ningún motivo legítimo para intentarlo.

Pero es posible. —Mira a mi padre, un segundo, con algo que se parece a una disculpa tardía cruzándoles la mirada a los dos—.

Y es exactamente el tipo de salida que tu padre nunca tuvo, porque nadie estaba dispuesto a arriesgarse por él del modo en que nosotros estamos dispuestos a arriesgarnos por ti ahora mismo.

No hay tiempo para pensarlo con la calma que merece una decisión así. Miro a Torin, que sigue sin entender del todo lo que se está decidiendo pero que lee en mi cara la urgencia completa del momento, y le tiendo la mano.

—Confía en mí una vez más —le digo, en nuestra lengua compartida, la única que nos queda entera en este momento—. Vamos a un sitio nuevo. Ninguno de los dos lo conoce. Pero vamos juntos.

—Siempre confío en ti —dice él, sin dudarlo ni un segundo, cerrando su mano alrededor de la mía con la misma firmeza de la primera noche en el muro en ruinas.

Mi madre teclea coordenadas en el Ancla con una velocidad que solo puede venir de años enteros de entrenamiento, mientras mi padre vigila la puerta del almacén con el objeto que mi madre dejó caer al entrar, ahora en sus propias manos, y en algún punto lejano, más allá de las paredes de metal, empiezo a oír algo que podría ser el principio de motores acercándose.

—Listo —dice mi madre, apartándose del Ancla, con los ojos llenos de lágrimas que no se permite dejar caer todavía—. Cuando estén preparados.

Abrazo a mi madre primero, fuerte, sintiendo en el abrazo todo lo que ninguna de las dos ha tenido tiempo de decirse esta noche, y después a mi padre, que me sostiene un momento de más, memorizando, según parece, la sensación exacta de este abrazo para los años que probablemente van a pasar antes del próximo.

—Vuelve algún día —dice, con la voz rota del todo—. Cuando sea seguro. Prométemelo.

—Lo prometo.

Torin activa el Ancla con la mano libre, la otra todavía firme alrededor de la mía, y en el último instante antes de que el aire empiece a apretarse a nuestro alrededor, veo a mis padres, juntos, mirándonos partir con una expresión que mezcla el terror más puro con algo parecido, por primera vez en toda esta historia, a la esperanza.

El mundo se rompe en presión y en nada, y cuando vuelve a tener forma, ya no estamos en el almacén.