El Polizón del tiempo CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

TORIN

La puerta del almacén se abre de golpe, sin ningún código esta vez, y lo primero que registro no es el objeto que la mujer lleva levantado con las dos manos.

Es la respiración: entrecortada, de alguien que lleva corriendo más de lo que el cuerpo debería aguantar.

Tiene la cara de quien ya sabe lo que va a encontrar del otro lado de esa puerta y aun así no se atreve a creérselo del todo.

—¡Adrián!

La voz le sale dura, con una autoridad que no admite discusión. Pero se le rompe entera en el instante en que sus ojos encuentran a Nayra, parada junto a la mesa con el Ancla todavía abierta entre las manos.

—Nayra.

El objeto que sostenía cae al suelo con un ruido metálico que a nadie parece importarle ya, y la mujer —su madre, entiendo, sin que nadie tenga que decírmelo, por el modo exacto en que las dos se quedan mirándose, por el temblor idéntico que les cruza la barbilla a las dos al mismo tiempo— cruza el cuarto entero en tres pasos y la abraza con una fuerza que hace tambalear a Nayra hacia atrás.

Llevo semanas aprendiendo a leer esta lengua sin entenderla del todo, y aunque todavía se me escapan palabras enteras, algo ha ido cambiando despacio, sin que yo lo notara del todo, en las últimas semanas de oírla cada día: entiendo más de lo que entendía en aquel cuarto pequeño donde el padre de Nayra confesó por primera vez.

No todo. Pero suficiente para seguir, con esfuerzo, los fragmentos que van llegando entre el llanto y las preguntas atropelladas.

—¿Dónde has estado? ¿Sabes cuánto tiempo hemos...? —La madre de Nayra se aparta, solo lo suficiente para mirarla entera, revisándola con la misma urgencia clínica que le vi hacer a su padre en la calle de Edimburgo—. ¿Estás herida? ¿Te ha hecho daño alguien?

Sus ojos se posan en mí, entonces, por primera vez, y todo lo que había de alivio en su cara se convierte, en un instante, en algo mucho más afilado.

—¿Quién es él?

Nayra se pone delante de mí, un gesto pequeño pero completo, y contesta algo que no consigo seguir del todo, demasiado rápido, demasiado cargado de palabras que todavía no he aprendido, pero cuyo sentido general —una defensa, una explicación, mi nombre repetido dos veces con un peso distinto al de cualquier otra palabra de la frase— consigo captar de todos modos.

El padre de Nayra interviene entonces, con una mano levantada, pidiendo calma, y empieza a hablar despacio, con el mismo tono que usó aquella noche en el cuarto sobre la tienda cerrada, y veo en la cara de su madre, a medida que él avanza en el relato, el mismo derrumbe lento y completo que vi en Nayra aquella noche.

Reconozco palabras sueltas. Vado. Veintitrés.

La misma palabra para "leyenda" que ya conozco entera.

Y en algún momento, el nombre de una mujer que nunca llegó a tener nombre en la historia que me contaron a mí, dicho por primera vez en voz alta frente a la persona a la que más daño le ha hecho guardarlo en secreto.

La madre de Nayra no dice nada durante un rato larguísimo.

Se queda de pie, completamente inmóvil, con una mano todavía apoyada en el hombro de Nayra, lo único que parece mantenerla derecha, mirando a su marido con una expresión que no necesita ninguna traducción para que yo la entienda entera: la misma que tiene un hombre al que acaban de decirle que la tierra que pisaba desde hace veinte años nunca fue del todo sólida .

Cuando por fin habla, su voz sale distinta. Más baja. Más rota.

Nayra me traduce, en voz baja, sin que nadie se lo pida, sabiendo que necesito entender esto entero aunque me cueste el doble de tiempo que a ellos.

—Dice que veinte años casada con él y nunca lo sospechó. Ni una sola vez. —La voz de Nayra tiembla al traducir, cargada del mismo peso que carga la de su madre—. Dice que se siente estúpida. Y traicionada. Y que aun así entiende, de algún modo horrible, exactamente por qué lo hizo.

La madre de Nayra se vuelve hacia mí entonces, con los ojos todavía húmedos pero ya con algo distinto instalándose detrás de ellos, algo que reconozco porque lo he visto antes, en la cara del padre de Nayra la noche que decidió ayudarnos.

Dice algo, despacio esta vez, con cuidado, mirándome directamente mientras lo dice, y aunque solo entiendo la mitad exacta de las palabras, entiendo el resto por el tono, por el modo en que la mano se le suaviza sobre el hombro de su hija.

—Dice que lamenta lo del hombre del boceto —traduce Nayra—. Que fue ella quien autorizó esa primera búsqueda discreta, antes de saber que era yo, y que si lo hubiera sabido antes, nunca habría dejado que las cosas llegaran tan cerca de asustarnos como llegaron .

—Dile que no hace falta que se disculpe conmigo.

Nayra traduce, y su madre me mira un momento más, con una atención que ya no tiene nada de hostil, solo el peso agotado de una mujer que acaba de aprender, en menos de una hora, que casi todo lo que creía saber sobre su propia vida tenía una segunda mitad que nadie le había contado.

—Necesitamos un plan —dice ella, al final, con la voz recuperando algo de la firmeza de comandante que traía al entrar por esa puerta—.

Uno real. Porque en cuanto vuelva a mi unidad, aunque intente cubrirlos todo lo que pueda, alguien más va a seguir el mismo rastro que yo seguí, y la próxima vez puede que no llegue sola.

El padre de Nayra asiente, y por primera vez desde que empezó esta noche entera, veo a los dos —marido y mujer, agentes los dos de la misma organización que ahora tienen que engañar juntos— mirarse con algo parecido a un equipo reformándose sobre las ruinas de todo lo que creían tener seguro.

—Entonces sentémonos —dice el padre de Nayra— y planeemos de verdad cómo va a terminar esto.