El Polizón del tiempo CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

NAYRA

Mi padre nos lleva, esa misma tarde, a un almacén cerrado en las afueras de la ciudad, un edificio de metal oxidado que por fuera no parece guardar nada más interesante que maquinaria agrícola abandonada, y que por dentro, detrás de una puerta que solo se abre con un código que él teclea de memoria sin dudar ni un segundo, guarda algo completamente distinto.

—Un depósito de contingencia —explica, mientras enciende las luces de una sala llena de estantes metálicos—.

La Guardia Crono mantiene varios repartidos por líneas de tiempo sensibles, para emergencias de campo que no pueden esperar a que llegue apoyo oficial.

Casi nadie sabe que este existe. Yo lo sé porque ayudé a diseñarlo.

Recorre los estantes con una familiaridad que no había visto en él desde que empezó a contarnos la verdad, buscando entre cajas selladas con etiquetas que no reconozco del todo, hasta que encuentra lo que busca y lo trae hasta la mesa central donde tengo el Ancla abierta, esperando.

Las piezas encajan de un modo que casi me hace llorar de puro alivio: exactamente el modelo, exactamente la generación, componentes que llevo semanas imaginando sin ninguna esperanza real de encontrar en este siglo, y mientras las voy colocando, con las manos firmes por primera vez en días, siento a Torin a mi lado sosteniendo la luz sin que se lo pida, como ha hecho cada noche desde que empezamos con esto.

—¿Cuánto vas a tardar? —pregunta mi padre, revisando algo en un dispositivo que lleva encima, con una tensión nueva en la voz que no tenía hace un momento.

—Unas horas. Si todo va bien.

—Necesito que sean menos.

Levanto la vista, alarmada por el cambio de tono, y encuentro su cara pálida de un modo que no tiene nada que ver con el cansancio de la noche sin dormir.

—¿Qué pasa?

—Acabo de recibir una alerta. —Me enseña la pantalla del dispositivo, con una serie de códigos que reconozco, con el estómago cayéndoseme entero, como una apertura formal de caso—.

Alguien más encontró el mismo patrón que tú, Nayra.

Las caídas de señal, el radio cerrándose.

Se abrió un expediente oficial hace menos de una hora.

—¿Quién lo abrió?

Mi padre duda, solo un instante, pero ese instante me dice todo lo que necesito saber antes de que termine de contestar.

—Tu madre.

El suelo entero parece moverse bajo mis pies un segundo entero.

—¿Elena sabe?

—Sabe que hay una anomalía activa. Todavía no sabe que eres tú.

—Guarda el dispositivo, ya moviéndose hacia la puerta del almacén con una urgencia que contagia el cuarto entero—.

Pero es la mejor analista de campo que tiene la Guardia Crono, Nayra.

Le va a tomar horas, no días, cruzar los mismos datos que tú cruzaste tú misma para llegar hasta aquí.

—¿Y si llega antes de que terminemos?

—Entonces vamos a tener una conversación mucho más difícil que la que tuvimos anoche.

Vuelvo al Ancla con las manos temblando, obligándome a respirar despacio, a concentrarme en cada pieza y a dejar fuera, aunque sea por unos minutos, el mundo entero cerrándose alrededor de este almacén exacto, y Torin, a mi lado, aprieta la luz un poco más firme, sin decir nada, dándome el espacio silencioso que sabe que necesito para trabajar.

—Tu madre no es el enemigo —dice mi padre, después de un rato, con una voz distinta, más suave, mientras revisa el perímetro del almacén por una ventana estrecha—.

Quiero que lo sepas antes de que la veas, si la ves.

Ella no tiene ninguna de las respuestas que yo me guardé.

Va a estar tan sorprendida como tú, y probablemente mucho más asustada, porque para ella esto va a llegar sin ninguna de las semanas de aviso que tuviste tú.

—¿Vas a contarle todo? A ella también.

—Ya no tengo ninguna otra opción, Nayra. Ni ganas de seguir sin tenerla.

Trabajo en silencio un rato más, ajustando la última pieza con una precisión que me exige toda la concentración que me queda, y cuando por fin cierro el Ancla, sintiendo un chasquido distinto a todos los anteriores, más firme, más completo, sé, incluso antes de encenderla para comprobarlo, que esta vez sí ha funcionado.

—Está reparada —digo, con la voz apenas sostenida por el peso de todo lo que eso significa—. Puedo saltar. De verdad, esta vez.

Mi padre se vuelve desde la ventana, con una expresión que mezcla el alivio más puro que le he visto en toda esta noche con algo mucho más complicado debajo.

—Entonces tenemos que decidir, ahora mismo, exactamente qué vamos a hacer con eso.

Miro a Torin, que ha entendido lo suficiente del tono y de mi cara para saber que acabamos de cruzar una línea que no tiene vuelta atrás, y siento, con una claridad que no había tenido en toda esta semana entera de huir sin plan, que la pregunta que llevo evitando desde la azotea por fin tiene que contestarse, aquí, esta noche, antes de que el mundo entero decida por nosotros.

—Vamos a hacerlo bien —digo, al final, mirando a mi padre, mirando a Torin, sintiendo el peso completo de la elección instalándose en el pecho sin aplastarme del todo—.

Vamos a hacer lo que tú nunca pudiste hacer.

Vamos a encontrar la forma de que esto termine sin que nadie tenga que perder a nadie.

Mi padre asiente, despacio, con algo parecido a la esperanza cruzándole la cara por primera vez desde que empezó a contarnos su historia.

—Entonces más vale que empecemos a planear de verdad —dice—. Porque tu madre no tarda en llegar, y cuando lo haga, vamos a necesitar algo mejor que buenas intenciones para explicarle todo esto.