CAPÍTULO 28
TORIN
Nadie duerme esa noche, aunque los tres lo intentamos, cada uno a su manera, en las horas que siguen a que el padre de Nayra terminara de contarlo todo.
Yo me quedo sentado contra la pared del cuarto pequeño, con Nayra dormida a medias sobre mi hombro, despertándose cada poco tiempo con los ojos ya abiertos antes de que yo note que ha dejado de dormir del todo, y su padre en la otra esquina, despierto sin disimularlo, con la taza que nunca llegó a beberse todavía entre las manos.
Pienso en mi abuela. En la mujer que fue antes de ser mi abuela: alguien que amó a un hombre venido de un tiempo que no existía todavía, que lo vio irse, que se quedó con un corazón roto por una decisión que no fue suya.
Pienso en cuánto tiempo pasó esperando, sin saber si esperar tenía algún sentido, hasta que dejó de esperar del todo y se conformó con guardar la historia entera dentro de un cuento, para que no se perdiera con ella, sin que yo, escuchándola de niño junto al fuego, tuviera nunca la menor idea de que me estaba contando su propia vida.
No quiero ese final. Ni para Nayra ni para mí.
—¿Estás despierto? —susurra Nayra, en algún momento antes del amanecer, con la voz todavía pastosa de sueño interrumpido.
—Sí.
—¿En qué piensas?
—En mi abuela —digo, y la palabra me sale distinta esta noche, más pesada de lo que pesaba ayer—.
Toda mi vida creí conocerla entera, y resulta que llevaba dentro una vida completa que nunca me contó de verdad, solo disfrazada de cuento.
En que tuvo que aprender a vivir el resto de la suya con un final que nadie eligió por ella.
Nayra se incorpora un poco, apoyándose en el codo, con la cara todavía marcada por las horas sin dormir pero con algo firme instalado detrás de los ojos que no tenía anoche.
—No va a ser igual, Torin.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tu decisión no fue un accidente que decidiste corregir después. Y la mía tampoco. Mi padre eligió el deber antes de saber, del todo, cuánto le iba a costar. Nosotros ya sabemos lo que cuesta, y seguimos aquí de todos modos.
Es su padre quien habla a continuación, con la voz ronca de toda la noche en silencio, y por primera vez desde que empezó a contarnos la historia, hay algo distinto en su tono: menos culpa, más determinación.
—Yo cerré el caso solo. Sin ayuda, sin recursos, con veintitrés años y ningún poder real dentro de la organización para hacer nada distinto a lo que hice. —Deja la taza, por fin, sobre la mesa—. Tú no estás sola, Nayra. Y ya no tienes que estarlo.
—¿Qué estás diciendo?
—Que llevo veintitrés años con acceso a información, a contactos, a recursos que entonces no tenía.
Sé exactamente qué piezas necesita un Ancla dañada de este modelo, porque ayudé a diseñar el protocolo de reparación de campo hace quince años, cuando ya nadie recordaba que la razón por la que insistí tanto en que existiera era la mía propia.
—Algo parecido a una sonrisa amarga le cruza la cara—.
Puedo conseguirte lo que necesitas. No de forma oficial, obviamente. Pero puedo.
Siento a Nayra tensarse a mi lado, la esperanza y la desconfianza peleando en igual medida por el mismo espacio en su cara.
—¿Y a cambio de qué ?
—A cambio de nada, Nayra. —La voz de su padre se quiebra, apenas, en el nombre—.
O si necesitas que sea algo más concreto que "nada": a cambio de que no cometas el mismo error que yo.
A cambio de que, cuando llegue el momento de elegir, elijas de verdad, con toda la información que yo no tuve, en lugar de que alguien más elija por ti disfrazando la elección de deber.
El cuarto se queda en silencio un momento largo, con la luz de la mañana empezando a colarse tímida por la única ventana, y siento, por primera vez desde que empezó esta noche entera de revelaciones, algo parecido a la esperanza asentándose despacio en un sitio del pecho que llevaba horas ocupado solo por el miedo.
—Va a haber riesgo —dice el padre de Nayra, más serio ahora—.
Real. Si me descubren ayudándote, mi carrera termina, quizás algo peor.
Y si la Guardia Crono oficial llega antes de que terminemos de reparar el Ancla, ninguno de mis contactos va a poder protegerlos de un arresto formal.
Necesito que entiendan eso antes de decidir seguir con esto.
—Lo entendemos —digo, antes de que Nayra tenga tiempo de contestar, porque esta es una decisión que me toca tomar tanto como a ella—. Ya hemos arriesgado todo lo que teníamos para llegar hasta aquí. No vamos a detenernos justo cuando por fin hay alguien dispuesto a ayudar de verdad .
El padre de Nayra me mira entonces, largo, con esa misma expresión de reconocimiento que tuvo la primera vez que me vio cruzar la calle, y por primera vez desde que empezamos esta conversación, dice algo directamente a mí, despacio, dándole a Nayra tiempo de sobra para traducirlo entero.
—Ella me dijo que no eras capaz de mentir —dice, y Nayra traduce con la voz todavía temblorosa—. Ojalá yo hubiera tenido esa misma incapacidad, a tu edad. Me habría ahorrado veintitrés años cargando una mentira que terminó pesando más que cualquier verdad que hubiera podido decir en su lugar.
No sé qué contestar a eso, así que hago lo único que me parece suficiente: le tiendo la mano, del mismo modo en que aprendí a hacerlo en este siglo, y él la estrecha con una firmeza que no esperaba de un hombre tan deshecho por dentro.
—Entonces empecemos —dice, soltándome la mano, ya con la voz recuperando algo de la autoridad tranquila con la que cruzó aquella calle por primera vez—. Tenemos mucho que hacer, y cada vez menos tiempo para hacerlo con cuidado.