CAPÍTULO 24
TORIN
Llevamos cuatro días en Edimburgo, con trabajo nuevo en un mercado cubierto donde nadie pregunta nada mientras uno cargue cajas rápido y sin quejarse, y por primera vez desde que salimos huyendo del pueblo de la cámara, algo en el cuerpo empieza a permitirse creer que quizás hemos encontrado, aunque sea por un rato, un sitio donde el peligro no nos alcanza.
No dura.
Lo noto el jueves por la mañana, cargando cajas de pescado en el muelle de carga del mercado: un hombre parado al otro lado de la calle, con un abrigo oscuro y las manos en los bolsillos, que no hace absolutamente nada sospechoso —no mira hacia mí, no se acerca, no habla con nadie— salvo quedarse exactamente donde está durante más tiempo del que cualquier persona con un motivo real se quedaría en una calle sin nada que ver .
Sigo trabajando. No lo miro directamente, no cambio el ritmo, pero el instinto que llevo entrenando desde niño para cazar en el glen, el mismo que me hizo notar a Nayra entre los helechos antes de que ella notara nada de mí, se enciende entero y no se apaga en toda la mañana.
Por la tarde, el hombre ya no está. Pero hay otro, distinto, con una gorra en vez de abrigo, apostado en la esquina opuesta a la que ocupaba el primero, con la misma quietud sospechosa de quien espera algo sin querer que se note que espera.
Se lo digo a Nayra esa noche, en el cuarto, mientras ella cuenta el poco dinero que ganamos hoy con una concentración que ya reconozco como su forma de no pensar en otra cosa.
—Puede que sea nada —dice, aunque la mano se le detiene un segundo de más sobre los billetes—. Gente parada en una calle no es un patrón. Podría ser cualquier cosa.
—Dos personas distintas, en el mismo sitio, con la misma quietud. Eso ya es un patrón para mí.
Se queda callada, procesando eso con la misma velocidad de siempre, y al final asiente, despacio, guardando el dinero con un cuidado que no tenía hace un minuto.
—Mañana cambiamos de ruta para ir al trabajo. Y si vuelves a ver algo parecido, no esperas a contármelo por la noche. Me avisas en el momento.
Al día siguiente cambiamos de ruta, como dijo, subiendo por callejuelas estrechas de piedra que Nayra llama cerrados, tan angostas que apenas cabemos los dos de lado a lado, con escaleras que suben y bajan entre edificios tan viejos que parecen llevar ahí desde antes de que existiera cualquier reloj capaz de contar cuánto tiempo.
Me gusta este laberinto más de lo que debería.
Se parece, en su desorden antiguo, más a lo que yo conozco que cualquier otra parte de esta ciudad.
Es en uno de esos pasajes, a media mañana, cuando vuelvo a verlo.
El mismo abrigo oscuro de ayer, o uno idéntico, parado en la boca del callejón por el que acabamos de entrar. Sin movernos hacia nosotros todavía. Pero con una atención que ya no intenta disimular del todo.
—Nayra.
No hace falta decir más. Lo ve al mismo tiempo que yo, y su cara pierde todo el color en menos de un segundo entero.
—Por aquí —dice, tirándome de la manga hacia un pasaje lateral tan estrecho que tengo que girar los hombros para pasar, subiendo unas escaleras de piedra desgastada que suben en espiral hacia una calle más alta, y detrás de nosotros, sin prisa aparente pero sin perder terreno tampoco, oigo pasos que empiezan a seguir el mismo camino.
Corremos. No como corrimos aquella primera vez, del pueblo de la cámara, con el pánico puro tirando de cada músculo, sino con algo más entrenado, más coordinado, los dos aprendiendo en tiempo real a moverse como una sola unidad por un terreno que ninguno de los dos conoce del todo bien, ella guiándome por instinto hacia calles cada vez más estrechas, yo cubriéndole la espalda sin que haga falta que me lo pida.
Salimos a una calle ancha, de golpe, con el castillo asomando otra vez en lo alto de su colina, indiferente como siempre a todo lo que pasa a sus pies, y por un momento entero pienso que hemos ganado la distancia suficiente.
Entonces Nayra se queda clavada en el sitio.
No por cansancio. No por ningún obstáculo que yo pueda ver.
Se detiene mirando hacia el otro lado de la calle, hacia un hombre parado entre la multitud que camina a su alrededor sin prisa, sin nada especialmente llamativo en su ropa ni en su postura, un hombre corriente entre cientos de personas corrientes.
Pero la cara de Nayra, al verlo, no es la cara de alguien mirando a un desconocido.
—Nayra, tenemos que seguir moviéndonos .
No contesta. Se ha quedado completamente inmóvil, los ojos fijos en ese hombre al otro lado de la calle, y algo en su expresión —una mezcla que no consigo nombrar del todo, entre el terror puro y algo mucho más antiguo, mucho más profundo que el miedo simple a ser atrapada— me dice, sin que ella tenga que pronunciar una sola palabra, que lo que acaba de reconocer ahí es mucho peor que un desconocido que la busca.
—¿Nayra? ¿Quién es?
Tarda un momento entero en contestar, la voz reducida a un hilo que apenas consigo oír por encima del ruido de la calle.
—Es mi padre.