El Polizón del tiempo CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

NAYRA

Se lo cuento esa misma noche, no porque haya reunido de golpe todo el valor que me faltaba, sino porque el silencio se ha vuelto más pesado de cargar que la verdad.

Estamos sentados en el suelo del cuarto, con la única manta que trajimos extendida entre los dos y el Ancla abierta sobre ella, y Torin, que lleva toda la tarde respetando el espacio que le pedí sin hacer ni una sola pregunta más, me mira con esa paciencia suya que a veces me desarma más que cualquier insistencia.

—Hay un historial de saltos —empiezo, sin rodeos, porque he decidido que la única forma de decir esto es diciéndolo entero, de una vez, antes de que el miedo encuentre otra excusa para que lo posponga—.

Dentro del Ancla. Un registro de cada vez que se ha usado.

Lo encontré la mañana después de la azotea, mientras buscaba piezas para la reparación .

—¿Y qué encontraste?

—Un salto. De hace veintitrés años. Antes de que yo naciera.

Se lo cuento todo, entonces: el identificador de operador, el prefijo que coincide con el de mi padre, los números que reconozco sin saber de dónde, la coordenada en un formato antiguo que apunta a algún punto de estas mismas islas.

Se lo cuento despacio, con la voz cada vez más firme a medida que decirlo en voz alta, después de tantos días guardándomelo, empieza a quitarle algo de ese peso imposible que llevaba encima.

Torin escucha entero sin interrumpirme, con la misma quietud absoluta que reserva para las cosas que de verdad le importan, y cuando termino, se queda callado un momento largo, mirando el Ancla con una concentración tan fija que casi parece esperar que le confiese algo más.

—¿Crees que tu padre estuvo aquí? —pregunta, al final—. ¿En mi tiempo, o cerca de él?

—No lo sé. Es lo que más me está volviendo loca.

Podría ser cualquier cosa: un préstamo de equipo entre agentes, un error en el registro, una coincidencia de prefijo que no significa nada en absoluto.

Mi cabeza me da diez explicaciones razonables cada vez que lo pienso, y ninguna de las diez consigue que deje de sentir que hay algo aquí que no encaja .

—¿Por qué no le preguntas, sin más? Cuando todo esto termine. Cuando vuelvas.

—Porque si le pregunto y la respuesta es que sí, que estuvo aquí, que hizo exactamente lo que estoy haciendo yo ahora...

—Se me quiebra la voz a media frase, y tardo un momento en encontrar el resto—.

No sé qué hago con esa respuesta, Torin.

No sé si me hace sentir menos sola en esto o si me rompe algo que ni siquiera sabía que tenía entero.

Torin extiende la mano y la deja abierta entre los dos, esperando, sin exigir nada, hasta que yo decido apoyar la mía encima, y el calor de su palma contra la mía es, en este momento exacto, lo único del mundo entero que consigue sostenerme derecha.

—En mi clan —dice, después de un rato, con la voz más baja de lo habitual—, hay un dicho sobre los padres: que un hijo pasa media vida creyendo que los conoce, y la otra media descubriendo cuánto de lo que creía saber era solo la parte que ellos decidieron dejarle ver.

—Eso no me está ayudando mucho a sentirme mejor.

—No estaba tratando de ayudarte a sentirte mejor. Estaba tratando de decirte que no eres la única persona, en ningún tiempo, que se ha sentado exactamente donde estás sentada tú ahora.

Me río, un poco, a pesar de todo, y apoyo la cabeza contra su hombro, dejando que el peso de las últimas semanas —el hombre del boceto, la huida, el código que se niega a resolverse— se afloje aunque sea un grado, aunque sea por esta noche.

—¿Y si tiene algo que ver con la piedra? —pregunto, de pronto, sin haberlo planeado, siguiendo un hilo que hasta este momento no sabía que estaba tejiendo—. La de tu abuela. La leyenda.

Torin se queda muy quieto.

—¿Por qué preguntas eso?

—No lo sé. Solo... es la clase de coincidencia que mi cabeza no puede dejar de buscar.

Una historia sobre alguien que cruza el tiempo, que sabe cosas que no debería, que cambia un corazón para siempre y se va sin despedida.

Y ahora esto. Un salto de hace veintitrés años, en algún punto cerca de tu propia tierra.

—Es solo un cuento junto al fuego, Nayra. Cada glen tiene uno.

Lo dice con la misma seguridad de siempre, la misma que ha usado cada vez que se lo he oído mencionar, pero por primera vez desde que lo conozco, algo en su voz suena menos convencido de lo que suenan sus palabras: una parte de él, muy al fondo, parece haber empezado a hacerse la misma pregunta que yo, sin saber todavía qué hacer con ella .

Ninguno de los dos dice nada más al respecto. No hace falta. La pregunta se queda ahí, entre los dos, junto al Ancla abierta y la manta compartida, esperando su momento, y por esta noche decidimos, sin necesidad de acordarlo en voz alta, dejarla esperando un poco más.

—Mañana buscamos trabajo —digo, al final, cerrando el Ancla y guardándola otra vez—. Y seguimos adelante. Es lo único que sé hacer con las preguntas que todavía no tienen respuesta: seguir caminando hasta que la respuesta me alcance sola.

—Entonces caminamos juntos —dice Torin, y me atrae contra su pecho con un gesto tan simple y tan firme que por un momento, solo por un momento, consigo creerme del todo que va a ser suficiente.