El Polizón del tiempo CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

TORIN

—Se llama tren —dice Nayra, mientras esperamos en un andén cubierto, voz baja, los ojos recorriendo cada rincón de la estación con la misma vigilancia que yo aprendí a usar cazando en el glen—. Es como el autobús, pero más largo, más rápido, y va sobre dos líneas de metal en vez de sobre asfalto.

—¿Y por qué necesita líneas si el autobús no las necesita?

—Porque el autobús comparte el camino con todo lo demás. El tren tiene el suyo propio.

Me parece, cuando por fin llega, una serpiente de metal más larga que cualquier animal que haya visto nunca, deslizándose hacia nosotros con un chillido agudo que araña el aire de un modo parecido al del autobús pero multiplicado varias veces.

Ya he aprendido a no dar el paso atrás instintivo que me delataría frente a cualquiera que estuviera mirando.

Algo en mí sigue queriendo darlo de todos modos .

Subimos, encontramos dos asientos frente a frente junto a una ventana, y en cuanto el tren empieza a moverse —despacio al principio, después con una velocidad que me aprieta el estómago igual que me lo apretó el primer auto que vimos en la carretera— me quedo mirando el paisaje correr al otro lado del cristal.

La misma fascinación de siempre, aunque ya empiezo a notar que cada vez me sorprende un poco menos que la anterior.

Nayra, frente a mí, tiene la vista perdida hacia afuera también, pero no en el paisaje. En algo más lejano que eso. Algo que lleva cargando desde que salimos del trastero esta mañana y que no ha terminado de soltar, aunque yo no sepa exactamente qué es.

—¿Estás bien? —le pregunto, a media hora de viaje, cuando ya no aguanto más verla así de callada.

—Cansada. Nada más.

No le creo del todo. Pero también he aprendido, estas últimas semanas, que hay silencios que no se rompen a la fuerza, que a veces lo único que se puede hacer es dejar la puerta abierta y esperar a que alguien decida cruzarla cuando esté lista.

Dejo pasar la respuesta sin insistir, aunque me quedo la sensación de que hay algo más ahí, algo que ella todavía no confía lo suficiente en decirme, o quizás algo que ni siquiera confía lo suficiente en sí misma .

Edimburgo aparece, cuando por fin aparece, de un modo que no se parece en nada a como apareció la ciudad anterior.

Aquella era grande. Esta parece un mundo entero.

Bajamos del tren a una estación tan alta y tan llena de gente que por un momento me quedo parado en medio del andén, incapaz de decidir hacia dónde moverme, hasta que Nayra me agarra de la manga con el mismo gesto de siempre y me guía hacia una salida entre cientos de personas que caminan todas en direcciones distintas con una seguridad que a mí me sigue pareciendo, después de todo este tiempo, un pequeño milagro cotidiano.

Fuera, la ciudad se levanta en piedra oscura hacia un cielo cargado de nubes bajas, con un castillo antiguo asomando sobre una colina en el centro mismo de todo, tan fuera de lugar entre los edificios modernos y tan al mismo tiempo perfectamente parte de ellos que me quedo mirándolo más tiempo del que debería, con una punzada extraña en el pecho que tarda un momento en convertirse en palabras.

—Eso sí se parece a algo de mi tiempo —digo, señalando la fortaleza con la barbilla—. Lo demás no se parece a nada que yo conozca. Pero eso sí.

—Es más viejo que tu época, en realidad. Bastante más viejo .

—Entonces ha durado más que yo mismo alguna vez voy a durar.

Nayra me mira de un modo raro al oír eso, algo entre la ternura y una preocupación que no consigo identificar del todo.

Por un instante pienso que va a decir algo, que por fin va a cruzar esa puerta que dejó entreabierta en el tren, pero el momento pasa, y en cambio me pregunta si tengo hambre, y yo digo que sí, porque siempre tengo hambre en este siglo, y seguimos caminando.

Encontramos, después de recorrer varias calles empinadas con el dinero de Iván pesando cada vez menos en el bolsillo de Nayra, un cuarto pequeño encima de una tienda cerrada, que una mujer mayor alquila sin pedir ningún papel que demuestre quiénes somos, solo dinero por adelantado y la promesa de no traer problemas.

El cuarto tiene una cama, una ventana que da a un callejón estrecho, y un frío que se mete por las rendijas de un modo que ninguna estufa vieja como la de Iván podría arreglar del todo, pero es techo, y es nuestro, al menos por los próximos días que el dinero alcance a cubrir.

—Vamos a necesitar trabajo otra vez —digo, sentándome en el borde de la cama mientras Nayra revisa el cuarto entero con la misma atención metódica de siempre, comprobando ventanas, comprobando la puerta, comprobando ángulos que yo ni siquiera había pensado en comprobar—.

Y esta vez sin ningún Iván que nos consiga uno.

—Lo sé.

—Nayra.

Se detiene, a medio camino de revisar el marco de la ventana, y me mira por fin con toda su atención puesta en mí en vez de en el cuarto.

—Llevas todo el día con algo guardado. Desde el tren, o antes. No te voy a obligar a decírmelo si todavía no estás lista. Pero quiero que sepas que lo he notado, y que cuando quieras contarlo, voy a estar aquí para escucharlo, sea lo que sea.

Se queda mirándome largo rato, con una expresión que se le rompe un poco por los bordes, y por un momento entero pienso que por fin va a hablar.

Pero en cambio cruza el cuarto, se sienta a mi lado en el borde de la cama, y apoya la cabeza contra mi hombro con un cansancio que parece pesarle mucho más que el de un solo día de viaje.

—Pronto —dice, en voz muy baja—. Te lo prometo. Solo dame un poco más de tiempo.

—Tienes todo el tiempo que necesites.

No es del todo cierto —los dos sabemos, después de lo de Duncan, que el tiempo es exactamente lo que menos tenemos ahora mismo—, pero se lo digo de todos modos.

Hay mentiras que se dicen por miedo y hay mentiras que se dicen por amor, y esta, con su cabeza apoyada en mi hombro y el frío de Edimburgo metiéndose por las rendijas de la ventana, es enteramente de las segundas.