El Polizón del tiempo CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

NAYRA

Paso la noche entera despierta, con Torin dormido a mi lado y un mapa robado del trabajo extendido sobre las piernas, trazando y descartando rutas hasta que las líneas dejan de tener sentido y solo son tinta cansada sobre papel.

El razonamiento, cuando por fin consigo ordenarlo, es simple: un hombre preguntando puerta por puerta con un boceto no es todavía la Guardia Crono desplegada en pleno, con todo lo que eso implicaría de recursos y de urgencia.

Es, más probablemente, alguien trabajando solo, con autorización limitada, siguiendo un rastro que empezó con una cámara rota y una anomalía de señal que nadie más ha sabido interpretar todavía como lo que realmente es.

Eso nos da algo de tiempo. No mucho. Pero algo.

Y ese algo de tiempo solo sirve si dejamos de estar exactamente donde ese hombre ya sabe que hay que buscar.

Edimburgo, decido, hacia el amanecer, con los ojos ardiendo de cansancio y el mapa ya inútil desplegado sobre mis rodillas.

Más grande, más gente, más cámaras también, pero eso, paradójicamente, juega a nuestro favor: en una ciudad de este tamaño, un boceto genérico de una mujer joven se pierde entre miles de mujeres jóvenes, mientras que aquí, en un radio pequeño donde todo el mundo conoce a todo el mundo, cada pregunta tiene una probabilidad mucho más alta de encontrar exactamente lo que busca.

Se lo explico a Torin apenas se despierta, con el café malo de máquina de Iván todavía humeando entre los dos, y él escucha entero el razonamiento sin interrumpirme ni una sola vez, cosa que ya sé reconocer como su forma particular de decirme que confía en mi criterio incluso cuando no entiende del todo cada pieza de él.

—¿Cuándo? —pregunta, al final, que es exactamente la pregunta correcta.

—Hoy. Esta tarde, si podemos.

Lo más difícil no es hacer las maletas —no tenemos casi nada que empacar, apenas la ropa que llevamos puesta y el Ancla envuelta en su manta— sino decírselo a Iván.

Lo encontramos cargando su carro para la ronda de la mañana, y en cuanto ve nuestras caras, deja la caja que tiene en las manos sobre el suelo con un cuidado que sugiere que ya sabe, antes de que digamos una sola palabra, exactamente de qué se trata esta conversación.

—Se van.

—Tenemos que irnos —digo, sin rodeos, porque Iván se merece por lo menos eso—. Hoy. No puedo explicarte del todo por qué, y lo siento, porque sé que eso no es justo después de todo lo que has hecho por nosotros.

Se queda callado un momento largo, apoyado contra la camioneta, mirándonos con una expresión que no consigo leer del todo, mezcla de tristeza y de algo que se parece mucho a la resignación de alguien que ya ha vivido antes exactamente esta misma despedida.

—No hace falta que me expliques nada —dice, al final—. Ya te dije el primer día que prefiero no saber. Sigo prefiriéndolo.

—Gracias. Por todo. El trastero, el trabajo, el...

—No me des las gracias todavía. —Levanta una mano, cortándome a media frase, y se mete la otra en el bolsillo del pantalón, de donde saca un puñado arrugado de billetes que cuenta rápido, sin ceremonia, y me pone en la mano antes de que pueda protestar—.

Esto es lo que les debo. Ni un billete más ni uno menos.

—Iván, no podemos...

—Pueden y van a hacerlo. —Su voz se endurece, apenas, lo justo para dejar claro que no está pidiendo permiso—.

Miren. Estas dos semanas cargaron el doble de lo que le pido a cualquiera que contrato de verdad, sin quejarse una sola vez, y Torin encima me cubrió turnos que ni siquiera le tocaban cuando el chico de la mañana no apareció dos días seguidos.

Eso vale lo que les estoy poniendo en la mano.

—Se le quiebra algo en la voz, apenas, un segundo, antes de que la voluntad se lo recomponga—.

No es un regalo, y no es lástima. Es lo que se le debe a alguien que hizo bien un trabajo, y que además, sin que se lo pidiera, me hizo compañía en un momento en que me hacía falta.

Tómenlo así, y déjenme quedar tranquilo con la cuenta saldada.

No sé qué decir a eso, así que hago lo único que me parece suficiente: lo abrazo, fuerte, con todo el peso de dos semanas de deberle más de lo que voy a poder pagarle nunca, y siento su mano pesada y torpe darme unas palmadas en la espalda, con la torpeza de alguien que no está acostumbrado a que lo abracen pero tampoco quiere que se le note la incomodidad.

Torin le da la mano después, con esa seriedad suya que reserva para los pocos gestos que de verdad le importan, y le dice algo en voz baja que no llego a oír del todo, pero que hace que Iván se ría, un sonido corto y roto, y le devuelva una palmada en el hombro que casi lo hace tambalear.

—Cuídense el uno al otro —nos dice, ya cuando nos vamos, con la voz otra vez firme, otra vez la de siempre—. Y si alguna vez la señal vuelve a cortarse rara en esta zona, sabré que fueron ustedes causando problemas en otro lado.

Caminamos hacia la estación de trenes con el dinero de Iván guardado junto al Ancla, contra mi pecho, pesando más de lo que debería pesar un puñado de billetes, y durante todo el camino, con Torin a mi lado en un silencio que ya no necesita llenarse de nada, no consigo dejar de pensar en el código que sigo sin haberle contado, en el veintitrés que se me repite en la cabeza como un número que se niega a resolverse en ninguna ecuación que yo sepa plantear.

Se lo voy a contar. Lo sé, con la misma certeza con la que sé que hoy vamos a subir a un tren hacia una ciudad más grande.

Solo no hoy, con la despedida de Iván todavía fresca y el peligro todavía respirándonos en la nuca.

Hoy necesito que los dos sigamos concentrados en la única cosa que de verdad importa: llegar a algún sitio donde el hombre del boceto no sepa ni por dónde empezar a buscar.

El resto, me prometo, puede esperar un poco más.