El Polizón del tiempo CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

TORIN

El hombre llega al local de Duncan pasado el mediodía, con un traje demasiado limpio para alguien que dice estar solo "haciendo preguntas de rutina".

Lo primero que noto de él, antes incluso de oírlo hablar, es que no mira los muebles apilados ni el polvo ni ninguna de las cosas que normalmente mira la gente que entra aquí. Me mira a mí.

Sigo cargando lo que estaba cargando, cabeza baja, manos ocupadas.

Hace semanas que Nayra me enseñó que la mejor forma de no llamar la atención es parecer completamente absorto en algo aburrido, y ahora mismo no hay nada más aburrido en el mundo entero que un hombre moviendo sillas viejas de un rincón a otro.

—Duncan, ¿tienes un momento?

Duncan sale de la trastienda limpiándose las manos en el pantalón, con esa cordialidad suya que reparte igual a clientes que a inspectores, y los dos se apartan hacia la puerta.

Lo bastante cerca para que yo siga oyendo cada palabra si me concentro.

Lo bastante lejos para que ellos crean que no puedo.

—Estamos revisando negocios de la zona. Nada que deba preocuparte.

—El hombre saca algo pequeño, plano, con una insignia metálica incrustada, y se lo enseña a Duncan el tiempo justo para que lo vea sin poder leerlo del todo—.

¿Has notado algo raro últimamente? ¿Gente nueva por el barrio, comportamiento fuera de lo normal?

—Aquí todo el mundo se comporta raro, amigo. Es el negocio de los muebles viejos.

El hombre no se ríe. Saca un papel doblado del bolsillo interior de la chaqueta y lo despliega frente a Duncan, y aunque no puedo ver bien lo que hay dibujado en él desde donde estoy, algo en la forma en que Duncan entrecierra los ojos, en cómo su cuerpo entero se pone un grado más rígido, me dice que no es un papel cualquiera.

—Buscamos a alguien que puede haber pasado por esta zona hace unas semanas. Una mujer joven, viajando sola o con un acompañante. Nada oficial todavía, solo preguntas.

Se me hiela algo en el pecho que no tiene nada que ver con el frío de la calle.

Hago un esfuerzo consciente, deliberado, para que las manos sigan moviendo la silla que estaba moviendo.

Para que la respiración no cambie de ritmo.

Para ser, en todo lo que un cuerpo puede controlar, exactamente el mismo hombre aburrido que era hace un minuto.

Un segundo. Le prometí a Nayra un segundo antes de actuar, y ahora entiendo, de una forma que no había entendido del todo hasta este momento exacto, lo difícil que es cumplir esa promesa cuando lo que está en juego no es una cámara sino ella misma.

—No he visto a nadie así —dice Duncan, y por la firmeza tranquila con la que lo dice, algo en mí se afloja un grado, aunque no del todo—. Pero le voy a decir a mis muchachos que estén atentos.

—Se lo agradezco. —El hombre guarda el papel, mira una vez más alrededor del local, y por un instante entero su mirada pasa sobre mí sin detenerse, sin ningún reconocimiento visible, y el alivio que siento es tan grande que me obliga a apoyarme un momento contra la silla que sostengo—. Cualquier cosa, aquí está mi contacto.

Le deja algo a Duncan —otro papel, más pequeño— y se va con el mismo paso ni apurado ni lento con el que llegó, sin mirar atrás ni una sola vez.

En cuanto la puerta se cierra detrás de él, Duncan se vuelve hacia mí con una ceja levantada.

—¿Tú sabes algo de eso?

—No —digo, y por primera vez en semanas, mentir me sale con una facilidad que no me gusta nada sentir en la boca—. No conozco a nadie así.

Duncan me estudia un momento más de lo que me gustaría, pero al final se encoge de hombros y vuelve a la trastienda, murmurando algo sobre que la ciudad entera se ha vuelto rara desde hace un mes.

En cuanto queda claro que no va a preguntar nada más, salgo del local con una excusa mal construida sobre necesitar aire, y corro.

No corro como corría en mi glen, con la ligereza de quien conoce cada piedra del camino.

Corro como corre un hombre que no sabe qué tan cerca está el peligro de la persona que más le importa en dos siglos distintos, esquivando gente que no aparta la vista de sus placas de cristal el tiempo suficiente para notar que casi los atropello, con el pecho ardiendo antes de llegar siquiera a la mitad del camino hacia donde Iván nos tiene trabajando hoy.

La encuentro cargando cajas en la parte trasera de uno de los carros, el pelo recogido, las mangas subidas, completamente ajena a lo que acaba de pasar a diez calles de aquí, y en cuanto me ve la cara, suelta la caja que tiene en las manos sin ni siquiera comprobar dónde cae.

—¿Qué pasó?

—Un hombre. En el local de Duncan. Preguntando por una mujer joven, viajando sola o acompañada, hace unas semanas. Tenía un papel con algo dibujado que no pude ver bien, y una insignia que Duncan no llegó a leer del todo.

Nayra se queda tan quieta que por un momento parece que ha dejado de respirar del todo.

—¿Te vio a ti?

—Me miró. No pareció reconocer nada.

—Porque no hay nada tuyo que reconocer. No existes para ellos, Torin, ese es exactamente el problema.

—Se pasa las manos por la cara, calculando, con esa velocidad suya que reconozco de cada vez que el mundo se le complica de golpe—.

Pero yo sí existo. Y si tienen un boceto, si están preguntando puerta por puerta con una descripción...

—Entonces ya no basta con evitar cámaras.

—No. Ya no basta con nada de lo que hemos estado haciendo.

Se queda mirando hacia la calle, hacia la ciudad entera que hace apenas dos noches nos pareció hermosa desde una azotea y que ahora, de golpe, se siente como una trampa con demasiadas salidas vigiladas.

Siento en el pecho, con una claridad que no había tenido hasta este momento, el peso completo de todo lo que dejé atrás por elegir quedarme a su lado: un clan, una promesa, un padre que probablemente ya me da por muerto.

No me arrepiento de nada de eso. Pero por primera vez desde que decidí quedarme, entiendo de verdad lo que puede costar .

—Vamos a tener que escondernos mejor —digo, al final, porque alguien tiene que decir algo y ella parece atrapada en sus propios cálculos—. O vamos a tener que irnos de esta ciudad antes de que ese hombre vuelva con algo más que un boceto.

Nayra asiente, despacio, con una determinación que reconozco porque es la misma que tuvo la noche que abrió el Ancla frente a mí y decidió que no iba a hacerlo sola.

—Dame esta noche —dice—. Necesito pensar, y necesito hacerlo rápido.

Recojo la caja que se le cayó, la coloco donde debería estar, y me quedo a su lado el resto de la tarde, más cerca de lo estrictamente necesario para el trabajo, montando la única guardia que sé montar bien, mientras en algún punto de esta ciudad un hombre con una insignia y un boceto sigue preguntando puerta por puerta, cada vez más cerca de encontrar exactamente lo que busca.