CAPÍTULO 19
NAYRA
Me despierto antes que Torin, cosa rara en los últimos días, con su brazo todavía cruzado sobre mi cintura y una sensación en el pecho que tardo un momento entero en identificar como felicidad pura, sin ninguna condición pegada encima.
Dura, calculo, unos cuatro segundos completos.
Después me acuerdo de la azotea, del teléfono de Iván, del radio que se cierra cada día un poco más alrededor de nosotros, y la felicidad se queda, pero ahora tiene compañía.
Me escurro de debajo de su brazo sin despertarlo —duerme profundo desde anoche, con la clase de agotamiento que deja un trabajo bien hecho— y saco el Ancla de su escondite, decidida a intentar algo que anoche no se me ocurrió por puro cansancio: en vez de mirar solo las piezas físicas, revisar la memoria interna del dispositivo.
Todo Ancla, incluso los modelos viejos como este, guarda un registro de mantenimiento.
Es una función pensada para técnicos, no para fugitivas improvisando reparaciones en un trastero, pero si hay algo ahí que me diga qué piezas exactas necesito reemplazar, me ahorraría semanas enteras de conjeturas.
Encuentro el panel de diagnóstico después de veinte minutos de rodeos, escondido detrás de tres capas de menús que ningún civil debería tener motivos para abrir nunca, y cuando por fin logro que la pantalla diminuta muestre algo legible, lo primero que aparece no es lo que estaba buscando.
Es un historial de saltos.
Cada Ancla registra sus activaciones —fecha, coordenada aproximada, un identificador de operador que se supone que solo tiene sentido dentro de los archivos internos de la Guardia Crono— y el mío, que yo creía un simple prototipo olvidado en un cajón, tiene un historial que empieza mucho antes de la noche en que lo robé.
La entrada más reciente antes de la mía es de hace veintitrés años.
Me quedo mirando la fecha tanto rato que la pantalla, pensada para ahorrar energía, empieza a atenuarse sola, y tengo que tocarla otra vez para que no se apague del todo.
Veintitrés años. Antes de que yo naciera.
Antes, calculo con un vértigo creciente, de que mis padres se conocieran siquiera, según la versión de la historia que siempre me han contado .
El identificador de operador es un código, no un nombre —así funcionan los registros internos de la Guardia, nunca nombres completos, solo una combinación de letras y números que un civil no sabría descifrar ni con toda la vida por delante— pero yo no soy un civil cualquiera.
Crecí en una casa donde ese tipo de código aparecía de fondo en conversaciones de sobremesa, en informes que mi madre dejaba abiertos sin darse cuenta, en formularios que alguna vez tuve que firmar para justificar el uso de equipos del Instituto.
Y este código, esta combinación exacta de letras y números, lo he visto antes. En algún sitio. Reciente, no de la infancia, sino de hace poco, en algo que ni siquiera recuerdo con claridad, solo la certeza incómoda de reconocerlo sin poder ubicarlo del todo.
No es el código de mi madre. Eso lo sé con seguridad absoluta, porque el suyo empieza siempre con las mismas dos letras, un prefijo de rango que llevo memorizado desde niña de tanto verlo en la puerta de su despacho.
Empieza con las mismas dos letras que el de mi padre.
No puedo estar completamente segura sin confirmarlo —los prefijos de departamento no son exclusivos de una sola persona, hay cientos de agentes que comparten esas dos letras iniciales según su división— pero el resto de la combinación, los números que siguen, me suenan de un modo que no consigo explicar del todo: los he visto escritos en algún papel dejado sobre una mesa, quizás, o los he oído mencionados de pasada en una conversación que en su momento no me pareció importante.
Cierro el panel, con las manos menos firmes de lo que me gustaría, y me quedo sentada en el suelo del trastero mirando el Ancla, esperando, contra toda lógica, una respuesta que sé perfectamente que no va a darme.
Hay una explicación sencilla. Tiene que haberla.
Quizás el Ancla pasó por manos de mi padre en algún momento de su trabajo, en alguna operación de rutina, sin que eso signifique absolutamente nada más allá de la coincidencia lógica de que ambos trabajan para la misma organización que fabrica y controla estos dispositivos.
Quizás lo que reconozco del código es solo eso: familiaridad de haber crecido rodeada de números parecidos, no una memoria concreta y específica que se niega a terminar de aflorar.
Pero hay algo en la fecha —veintitrés años, un salto registrado, una coordenada que el panel muestra en un formato antiguo que no consigo descifrar del todo pero que reconozco, por la estructura, como perteneciente a algún punto de las islas británicas— que se me queda atravesado en el pecho de un modo que ninguna explicación sencilla logra disolver del todo .
—¿Nayra?
Torin se ha despertado, apoyado en un codo, con el pelo revuelto y una preocupación instantánea en la cara al verme sentada así, inmóvil, con el Ancla abierta entre las manos.
—¿Encontraste algo?
Dudo. Por un instante entero considero contárselo todo, el historial, el código, la fecha que no debería significar nada y que sin embargo no consigo dejar de mirar, pero algo me detiene —no desconfianza, nunca desconfianza de él, sino el miedo puro y simple a que decirlo en voz alta lo convierta en algo más real de lo que estoy lista para sostener esta mañana, apenas unas horas después de la mejor noche que hemos tenido desde que caímos aquí.
—Nada útil —digo, cerrando el panel, guardándome el peso entero de la mentira en un sitio del pecho que espero no tener que abrir todavía—. Sigo sin encontrar las piezas que necesito.
Me mira un momento de más, con esa atención suya que nunca falla del todo, y por un segundo pienso que va a insistir, que va a notar la grieta en mi voz igual que noto yo la grieta en el Ancla.
Pero solo asiente, despacio, y estira el brazo hacia mí, invitándome a volver a la manta, al calor, a la mañana que todavía podría ser normal si decido, aunque sea por unas horas más, no mirar de frente lo que acabo de encontrar .
Vuelvo a su lado. Guardo el Ancla. Dejo que el día empiece sin que nada de esto se le note por fuera.
Pero el código se queda conmigo todo el día, clavado en algún lugar detrás de los ojos, esperando el momento en que por fin voy a tener que reconocer de dónde lo conozco de verdad.