CAPÍTULO 18
TORIN
Bajamos de la azotea sin hablar, con la ciudad todavía encendida detrás de nosotros, indiferente a lo que acabamos de descubrir, y no es hasta que estamos otra vez dentro del trastero, con la puerta cerrada y la estufa apagada desde la mañana, que Nayra por fin suelta todo lo que ha estado cargando desde la azotea.
—Alguien está peinando esta zona. No de forma aleatoria, no una revisión de rutina.
De forma dirigida, cada vez más cerca de un punto concreto.
—Se sienta en el suelo, con la placa de cristal de Iván todavía en la mano, aunque ya la ha devuelto a su sitio de origen antes de que él note que se la llevamos—.
Y ese punto concreto somos nosotros, Torin. O al menos, la cámara que rompiste.
—Entonces nos vamos. Esta noche, si hace falta.
—No es tan simple. Si nos movemos sin saber cuánto han acotado ya el radio, podríamos caminar directo hacia el centro de la búsqueda en vez de alejarnos de ella.
Me siento frente a ella, las piernas cruzadas sobre el suelo frío, esperando a que termine de pensar en voz alta, cosa que ha aprendido a hacer conmigo sin que yo la interrumpa, porque hace semanas descubrí que interrumpirla a mitad de un pensamiento solo la hace empezar de nuevo desde el principio.
—Necesito el objeto —dice, al final, con una determinación repentina en la mirada—. El que uso para saltar. Necesito revisarlo otra vez, esta noche, con calma.
Va hasta el rincón donde lo guarda, envuelto en la manta vieja que Iván nos dio, y lo trae hasta el centro del cuarto con el mismo cuidado con el que yo llevaría una espada recién forjada, todavía caliente de la fragua.
—Se llama Ancla —dice, sentándose otra vez frente a mí, con el objeto entre los dos—. Nunca te lo había dicho con ese nombre. Es lo que abre el paso entre un tiempo y otro. Sin esto, ninguno de los dos vuelve a ningún sitio.
—Ancla —repito, probando la palabra. Siento el peso raro de nombrar por fin algo que llevo semanas mirando de reojo sin saber cómo llamarlo—. ¿Y está roto ?
—Agrietado. No roto del todo, pero lo bastante como para que la última vez nos escupiera aquí en lugar de llevarnos a donde yo quería ir.
Abre el Ancla con manos seguras, revelando por dentro una maraña de piezas diminutas que no tienen ningún parecido con nada que yo haya visto en mi vida, ni siquiera con el interior más complicado de la cerradura más fina que haya forzado nunca.
Durante un rato largo se limita a mirarlo, girándolo despacio bajo la única luz del cuarto, murmurando cosas en voz baja que no consigo seguir del todo.
—¿Puedo ayudar? —pregunto, al final. Quedarme sentado sin hacer nada mientras ella lucha sola contra esto me resulta casi tan difícil como quedarme quieto lo fue aquella mañana con la cámara.
Levanta la vista, sorprendida, quizás, de que se lo pregunte en vez de simplemente actuar.
—No sé si hay algo que puedas hacer aquí, Torin. Esto no es una caja que cargar ni una cerradura que forzar.
—Entonces pídeme que sostenga la luz. Que aguante el objeto mientras lo miras de más cerca. Dime qué necesitas y yo lo hago, aunque no entienda para qué sirve. Eso también es ayudar.
Se queda mirándome un momento largo, y algo en su cara se suaviza de un modo que ya reconozco, el mismo gesto que tuvo en la azotea justo antes de que la placa de cristal de Iván lo interrumpiera todo.
—Sostenme esto, entonces —dice, tendiéndome una de las piezas diminutas que ha sacado del interior, tan pequeña que casi desaparece entre mis dedos—. Con cuidado. No la aprietes.
Pasamos el resto de la noche así, ella con las manos dentro del Ancla y yo sosteniendo piezas, acercando la luz, alcanzándole cosas que me pide sin levantar la vista.
No entiendo ni la mitad de lo que está haciendo, pero hay algo profundamente correcto en trabajar juntos hacia lo mismo, cada uno aportando lo único que tiene: ella el conocimiento, yo las manos firmes y la paciencia de quien ha aprendido a esperar sin quejarse.
—No va a alcanzar —dice ella, mucho más tarde, con la voz cargada de un cansancio que no tiene nada que ver con la hora—.
Puedo estabilizarlo un poco, ganar algo de tiempo, pero para repararlo de verdad necesito piezas que aquí no existen.
Voy a tener que buscarlas en algún sitio que ni siquiera sé si existe en este siglo.
—¿Y si no las encuentras?
—Entonces seguimos huyendo hasta que se nos acabe la suerte, y espero que eso tarde mucho más de lo que me temo .
Cierra el Ancla con un chasquido suave, la envuelve de nuevo en la manta, y se queda sentada frente a mí con los hombros caídos por el peso entero de la noche, del descubrimiento en la azotea, del trabajo que acabamos de terminar sin resolver de verdad nada.
—Torin —dice, después de un silencio largo—. Antes de que nos interrumpieran. En la azotea.
—Lo recuerdo.
—No he dejado de pensarlo desde entonces, con todo lo demás pasando encima.
—Levanta la vista, y en sus ojos hay una determinación distinta a la de hace un momento, algo que no tiene nada que ver con el Ancla ni con la Guardia Crono ni con ningún plan de huida—.
Y he decidido que no quiero esperar a que las cosas se calmen para terminar lo que empezamos ahí arriba.
Porque a este paso, no sé si las cosas se van a calmar nunca.
—¿Qué estás diciendo?
—Que tenemos miedo los dos. Que el tiempo se nos puede acabar en cualquier momento, mañana, la semana que viene, no lo sé. Y que aun así, o quizás precisamente por eso, no quiero seguir fingiendo que no sé exactamente lo que siento por ti.
Me acerco despacio, con el mismo cuidado de la azotea, dándole otra vez todo el tiempo que necesite para apartarse, aunque esta vez ninguno de los dos parece dispuesto a dejar que nada nos interrumpa.
Cuando por fin la beso, con la manta que envuelve el Ancla todavía entre los dos sobre el suelo y la estufa apagada dejando el aire un poco más frío de lo que debería, no pienso en la Guardia Crono, ni en las piezas que faltan, ni en el radio que se cierra cada día un poco más alrededor de nosotros.
Pienso, únicamente, que de todas las cosas imposibles que me ha traído este tiempo que no es el mío, esta es la primera que no quiero, bajo ninguna circunstancia, que me devuelvan.