CAPÍTULO 17
NAYRA
Iván nos da la noche libre sin que se la pidamos, cosa tan rara en él que por un momento sospecho que está a punto de despedirnos.
—Llevan dos semanas sin parar —dice, encogiéndose de hombros, apoyado en la puerta del trastero con una taza humeante entre las manos—. Hasta yo necesito una noche sin cajas de vez en cuando. Vayan a hacer algo que no sea trabajar, aunque sea por una vez.
Torin me mira, y yo lo miro a él, y ninguno de los dos sabe muy bien qué hacer con un regalo tan simple como una noche entera sin nada urgente que resolver.
Terminamos en la azotea del edificio, un sitio al que Iván sube a veces a fumar y que nos enseñó la primera semana, con el aire de compartir un secreto: una extensión plana de grava y tubos de ventilación, con una vista completa de la ciudad extendiéndose hacia abajo en todas direcciones, luces amarillas y blancas encendiéndose de a poco a medida que el cielo se oscurece.
—En mi época nadie mira las ciudades desde arriba —le digo, sentándome con la espalda contra uno de los tubos, todavía tibio del sol del día—.
Casi todo el mundo vive en estructuras verticales, así que mirar hacia abajo es solo mirar más edificios.
Esto —hago un gesto hacia las luces, hacia el horizonte entero— es distinto.
Es más honesto, de algún modo. Se ve todo de una vez.
Torin se sienta a mi lado, más cerca de lo que se sentaba hace un mes, cosa que ninguno de los dos comenta ya en voz alta porque hace tiempo dejó de necesitar comentario.
—En mi glen se ve todo de una vez también —dice, mirando las luces con una fascinación que no ha perdido ni una pizca desde el primer día—.
Solo que ahí lo que se ve es oscuridad, y unas pocas hogueras.
Esto parece que alguien hubiera derramado estrellas por error y se hubieran quedado pegadas al suelo.
—Eso es lo más poético que te he oído decir en todo el tiempo que llevamos aquí.
—No te acostumbres. Fue un accidente.
Me río, y él sonríe con esa sonrisa suya que cada vez tarda menos en aparecer, y por un rato largo nos quedamos así, sin hablar de nada importante, comentando las luces, inventando historias absurdas sobre las ventanas encendidas de los edificios más cercanos —esa de ahí es una fiesta que lleva tres días sin terminar, esa otra es alguien que se durmió sin apagar nada, en esa de más allá vive un hombre que le tiene miedo a la oscuridad desde niño y nunca lo ha superado— hasta que se nos acaban las ventanas y nos quedamos solo con el silencio y el ruido lejano de la ciudad respirando debajo de nosotros.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice él, en algún momento, sin mirarme, con la vista todavía fija en el horizonte.
—Siempre puedes.
—Cuando todo esto termine. Cuando encuentres la forma de arreglar el objeto y decidas a dónde vas a volver.
—Se detiene, busca las palabras con el cuidado de quien sabe que solo va a tener una oportunidad de decirlas bien—.
¿Vas a pensar en mí como el hombre que te ayudó a sobrevivir un tiempo raro, o vas a pensar en mí distinto, más cerca de lo que esa frase alcanza a decir?
El corazón me da un vuelco tan fuerte que por un segundo entero pienso que se me va a notar en la voz.
—Torin.. .
—No hace falta que contestes ahora. —Se vuelve hacia mí, por fin, con una vulnerabilidad en la cara que nunca le había visto tan a la vista, ni siquiera aquella primera noche en el muro en ruinas—. Solo necesitaba preguntarlo antes de perder el valor de hacerlo.
Nos quedamos mirándonos, con la ciudad entera encendida debajo de nosotros y el aire de la noche empezando a enfriarse contra la piel, y siento la distancia entre los dos reducirse sin que ninguno de los dos decida moverse conscientemente, del mismo modo casi imperceptible en que él se acercó a mí entre los helechos aquella tarde que ahora me parece de otra vida entera.
—Creo que ya sé la respuesta —susurro, y no sé si lo digo para él o solo para convencerme a mí misma de que es verdad—. Solo tengo miedo de decirla en voz alta y que eso la vuelva más real de lo que puedo manejar todavía.
—Yo también tengo miedo —dice él, y la honestidad de esa frase, viniendo de un hombre que lleva toda su vida entrenado para no admitir miedo de nada, me deshace por completo—. Pero prefiero tener miedo contigo que seguridad sin ti.
Se acerca despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme si quiero, y yo no me aparto, y cuando su mano sube a rozarme la mejilla con un cuidado que contradice por completo la fuerza que sé que tiene, cierro los ojos y dejo que pase lo que tenga que pasar.
Estamos a un suspiro de distancia, tan cerca que siento su respiración mezclarse con la mía, cuando el teléfono de Iván, que dejó olvidado sobre un cajón junto a la puerta de la azotea antes de bajar a dormir, empieza a vibrar con una insistencia que ninguno de los dos puede seguir ignorando.
Torin se aparta primero, con una disculpa muda en los ojos, y yo, con el pulso todavía descontrolado y una mezcla de alivio y frustración que no sé bien cómo nombrar, cruzo la azotea a recogerlo antes de que caiga al vacío.
La pantalla está llena de mensajes de un grupo que Iván tiene con otros repartidores de la zona, todos hablando encima de todos, y lo que leo me deja sin aire de un modo que no tiene nada que ver con el frío de la noche.
otra vez cortada la señal, tercera cuadra esta semana
yo también, justo entre la calle del río y la del mercado
empezó hace como tres semanas, coincidencia???
Tres semanas. Cuento hacia atrás sin poder evitarlo, con una precisión que me sale sola, entrenada durante años de estudiar exactamente este tipo de patrón en las simulaciones del Instituto: tres semanas atrás es, casi al día, la fecha en la que Torin destrozó aquella cámara en el pueblo .
No es una coincidencia. Las caídas de señal que Iván lleva registrando obsesivamente, las que lo tienen convencido de que algo lo vigila sin saber él mismo cuánta razón tiene, coinciden en tiempo y en zona con exactamente el radio en el que nos hemos estado moviendo desde que llegamos a la ciudad.
Es el patrón que cualquier agente de la Guardia Crono reconocería enseguida si alguna vez llegara a cruzar estos datos: micro-interferencias, breves, repetidas, concentradas en un área que se va cerrando poco a poco alrededor de un mismo punto.
Alguien está escaneando esta zona. Y lo está haciendo cada vez más cerca de donde estamos nosotros.
—¿Qué pasa? —pregunta Torin, ya a mi lado, leyéndome la cara con esa atención suya que nunca falla.
Levanto la vista del teléfono, con la ciudad entera todavía encendida debajo de nosotros, hermosa e indiferente a lo que acabo de entender, y siento que el momento de hace un segundo —su mano en mi mejilla, la respiración compartida, la pregunta que ninguno de los dos había terminado de contestar— se aleja de golpe, empujado por algo mucho más urgente y mucho más frío.
—Tenemos menos tiempo del que pensaba —digo, al final, con la voz más firme de lo que me siento—. Mucho menos.