El Polizón del tiempo CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

TORIN

Iván nos consigue algo mejor que su propio trabajo, aunque a él eso no se lo digo en voz alta por no ofenderlo: un conocido suyo, dueño de un local donde guardan muebles viejos y objetos que la gente ya no quiere pero tampoco se atreve a tirar, necesita a alguien fuerte para cargar y ordenar durante un par de semanas, y paga mejor que cualquier caja que yo haya cargado hasta ahora.

—Solo tienen que hablar con él un momento —dice Iván, mientras caminamos hacia allí—. Nada complicado. Le cae bien la gente que no se anda con rodeos.

—Yo no me ando con rodeos.

—Ya lo sé, chico. Por eso mismo me preocupa un poco.

Nayra no puede entrar conmigo —el dueño solo quiere hablar con quien va a hacer el trabajo, no con toda su comitiva, según sus propias palabras— pero antes de dejarme en la puerta me pone en la oreja un objeto diminuto, curvado, que se ajusta con una precisión que solo podría venir de haber sido tallado a la medida exacta de mi oído.

—Esto es un auricular —dice, con la seriedad de quien entrega un arma antes de la batalla, cosa que empiezo a notar que hace bastante gente en este siglo—.

Yo voy a estar afuera, cerca, escuchando todo lo que digas.

Si algo se complica, te digo qué contestar, y tú lo repites exactamente como te lo diga. Exactamente, Torin. No lo adornes.

—¿Y si me pregunta algo que tú no sepas cómo contestar?

—Entonces improvisa, pero improvisa poco.

Suena razonable, hasta que estoy sentado frente al hombre —Duncan, dice llamarse, aunque no tiene ni una gota de aire de las Highlands en él, solo el nombre— en una silla que cruje bajo mi peso, rodeado de muebles apilados hasta el techo y un olor a madera vieja que, por primera vez desde que llegué, me recuerda un poco a casa.

—Iván dice que eres fuerte y que no hablas de más. —Duncan me estudia con la misma mirada evaluadora con la que yo estudiaría un caballo antes de comprarlo—. ¿De dónde eres? No te reconozco el acento .

Un silencio se me instala en la garganta. En mi oreja, la voz de Nayra llega tan baja que tengo que concentrarme para separarla del ruido de la calle.

—Di que del norte. De un pueblo pequeño, cerca de la frontera con las tierras altas.

—Del norte —repito, palabra por palabra, como me lo ordenó—. Un pueblo pequeño. Cerca de las tierras altas.

—¿Cuál pueblo?

Silencio otra vez. Esta vez la voz de Nayra tarda un segundo entero de más en llegar, y ese segundo, para un hombre que espera respuesta, es una eternidad completa.

—Uno que nadie conoce —digo, sin esperar la línea. El silencio pesa más que el riesgo de hablar por mí mismo—. Pequeño de verdad. De esos que ni en los mapas aparecen.

Duncan se ríe, un sonido corto, sorprendido.

—Eso me lo creo. Media Escocia es así. —Se inclina hacia delante, con los codos sobre las rodillas—. ¿Alguna vez has cargado algo más pesado que una caja?

—He cargado hombres heridos cuesta arriba durante una legua entera sin parar a descansar.

Lo digo antes de que Nayra tenga tiempo de decirme nada. Es verdad, y no encuentro ninguna razón para no decir una verdad que no me delata en absoluto, y por el rabillo del ojo, aunque no puedo verla desde aquí, casi puedo sentir su tensión aflojarse un poco al otro lado del objeto en mi oreja.

—¿Ejército? —pregunta Duncan, con un interés nuevo.

—Algo parecido.

—No hablas mucho de tu pasado.

—No.

—Me gusta eso. —Se pone de pie, sin más preguntas, y me tiende la mano de un modo que ya reconozco como costumbre de este siglo—. Empiezas mañana. Ocho de la mañana, ni un minuto tarde, y si rompes algo, lo pagas de tu bolsillo.

—No voy a romper nada.

—Eso dicen todos.

Le doy la mano, con la fuerza justa que Nayra me ha enseñado a usar para que no parezca que estoy a punto de partirle los dedos, y salgo del local con el corazón todavía latiendo más rápido de lo que debería para algo tan sencillo como una conversación.

Nayra me espera a la vuelta de la esquina, apoyada contra la pared, con una expresión a medio camino entre el alivio y el reproche.

—Casi me matas del susto con lo del pueblo. Improvisar poco, te dije.

—Dije la verdad. Nadie conoce mi pueblo. Eso no es mentira, es la única parte de toda la conversación que no tuve que inventar.

Se queda mirándome un momento, y algo en su cara se ablanda de golpe: acaba de entender algo que no esperaba entender esta tarde en concreto.

—Eso es exactamente lo que te hace tan malo mintiendo y tan bueno en todo lo demás, Torin. No sabes decir una cosa que no sea cierta ni cuando te conviene.

—¿Es eso un problema?

—No. —Se quita el objeto de su propia oreja, el que combina con el mío, y se lo guarda en el bolsillo con un cuidado que le he visto usar con pocas cosas—. Es lo que más confío de ti, en realidad.

Caminamos de vuelta al trastero por el camino largo, el que bordea un pequeño río encajonado entre edificios, porque ninguno de los dos tiene prisa por volver todavía y el sol de la tarde, hoy, se toma su tiempo antes de bajar del todo.

Le cuento el resto de la conversación con Duncan, ella se ríe con ganas cuando le repito lo de "algo parecido" al ejército, y por un rato entero caminamos así, sin nada urgente que resolver, dos personas que simplemente disfrutan de la compañía de la otra, cosa que en mi vida entera, entre entrenamientos y deberes y alianzas que no elegí, no recuerdo haber sentido con nadie de esta forma tan simple.

—¿Sabes qué es raro? —dice ella, en algún momento, mirando el agua correr entre las piedras—.

Llevo toda mi vida estudiando a la gente de tu época igual que se estudian las piezas de un museo.

Costumbres, ropa, formas de hablar, todo catalogado, todo a distancia segura.

Y ahora estoy aquí, caminando al lado de alguien real, y ni la mitad de lo que estudié me sirve para entenderte a ti.

—¿Y qué te sirve?

Se lo piensa, con esa seriedad suya que reserva para las pocas cosas que de verdad le importan.

—Esto —dice, al final, sin más explicación, señalando con un gesto pequeño el espacio entre los dos, el río, la tarde entera—. Solo esto.

No sé qué contestar a eso. No contesto con palabras.

Me limito a caminar un poco más cerca de ella de lo que caminaba antes, lo bastante cerca para que nuestros brazos se rocen a cada paso, y ella no se aparta, y yo tampoco, y así seguimos el resto del camino, sin decir nada más, dejando que el silencio cargue con todo lo que ninguno de los dos parece listo todavía para decir en voz alta.

Cuando llegamos al trastero, ya de noche, Iván nos espera sentado en un cajón volteado frente a la puerta, con una sonrisa que no me gusta nada de entrada.

—¿Y bien? ¿Cómo les fue con Duncan?

—Empiezo mañana.

—Sabía que le ibas a caer bien. —Se pone de pie, se sacude el pantalón, y antes de irse nos mira a los dos, a mí y a Nayra, con una atención que dura un segundo de más—.

Miren, no es asunto mío, pero llevo dos semanas viéndolos caminar con la calma de quien cree que tiene todo el tiempo del mundo para decirse las cosas.

En mi experiencia, ese tiempo nunca es tanto como uno cree.

Se va antes de que ninguno de los dos encuentre nada que contestar, dejándonos parados en la puerta del trastero con esa frase colgando entre los dos, sin que ninguno se atreva todavía a recogerla.

Esa noche, sentado contra la pared con la estufa zumbando bajo y Nayra dormida a mi lado, pienso en lo que dijo Iván más de lo que debería, y en lo poco que sé, en realidad, del tiempo que de verdad tenemos.