El Polizón del tiempo CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

NAYRA

Llevamos tres días trabajando para Iván cuando decido que ya es hora de enseñarle a Torin un supermercado, y en cuanto lo pienso en voz alta, me doy cuenta de que suena exactamente igual de ridículo que se siente.

—Es un lugar donde se compra comida —le explico, mientras caminamos hacia el que queda más cerca del trastero, con el poco dinero de la primera paga de Iván doblado dentro de mi bolsillo con el cuidado reservado a un tesoro—.

Mucha comida. Toda junta, en un mismo edificio, esperando a que alguien la elija.

—¿Y quién la caza?

—Nadie la caza, Torin. La cultivan, la empacan, y alguien la pone en una repisa para que tú la agarres y pagues por ella.

Se queda pensando en eso el resto del camino con una expresión que ya reconozco como la suya de estar reorganizando el mundo entero dentro de la cabeza para que le quepa algo nuevo, y cuando por fin cruzamos las puertas automáticas y siente el aire frío del acondicionador cayéndole encima de golpe, da un paso atrás tan brusco que casi choca con una señora que entraba detrás de nosotros.

—El edificio respira —dice, en voz baja, mirando hacia arriba, hacia las rejillas del techo—. ¿Por qué respira?

—No respira. Enfría el aire. Para que la comida no se dañe.

—¿El edificio entero se preocupa por que la comida no se dañe?

—El edificio entero, sí.

Le brillan los ojos de un modo que no consigo interpretar del todo, mezcla de sospecha y de un asombro que ya casi no se molesta en disimular, y lo guío entre los pasillos con una mano en su manga, como se guía a alguien que en cualquier momento podría detenerse en seco frente a algo y bloquear el paso a media tienda.

Lo cual, por supuesto, sucede casi de inmediato, frente al pasillo de los productos congelados.

Se para en seco delante del cristal helado, con la respiración convertida en vapor contra el vidrio, mirando las bolsas de verduras cortadas y los envases apilados con una fascinación que roza el terror.

—Está nevando ahí dentro —dice—. Dentro de una caja de cristal. En pleno verano.

—Es frío artificial. Mantiene la comida congelada para que dure más tiempo sin dañarse.

—¿Cuánto tiempo?

—Meses. A veces años.

Se vuelve hacia mí con una cara que ya he empezado a llamar, en mi cabeza, la cara del fin del mundo, la que pone cada vez que algo de este siglo le confirma que ha caído en un lugar donde ni el tiempo se comporta como debería.

—En mi tierra, si la carne dura una semana sin dañarse, se considera un milagro de la sal y de un invierno generoso. Aquí la meten en una caja y la olvidan un año entero.

—Bienvenido al futuro, Torin. Aquí olvidamos comida todo el tiempo.

Sacudo la cabeza, todavía sonriendo, y seguimos avanzando, aunque cada dos pasillos vuelve a pasar algo parecido: las luces que se encienden solas cuando alguien se acerca a cierta zona, un empleado hablando solo hasta que descubre el diminuto objeto en su oreja y entiende que no está loco, una máquina que emite un pitido agudo cada vez que alguien pasa algo por encima.

Cada cosa nueva le arranca una pregunta, y cada pregunta me obliga a explicar algo que llevo toda la vida dando por hecho, hasta el punto de que empiezo a mirar el supermercado entero con una especie de extrañeza nueva, prestada de él, viéndolo, por primera vez en mi vida, con ojos que no son solo los míos.

Es agotador. También, si soy honesta conmigo misma, es una de las cosas que más me gusta de estos días.

Compramos lo justo —pan, algo de fruta, una lata de algo que Torin insiste en oler antes de dejarme pagarla, convencido de que cualquier comida que no reconoce por el olfato podría estar envenenada— y es él quien la ve primero, camino a las cajas: una cámara clavada justo encima del mostrador, apuntando directamente a la fila de clientes, mucho más cerca de lo que estábamos acostumbrados a tolerar.

Nos detenemos los dos a la vez, sin decirlo, calculando la distancia.

—Esa te vería bien de cerca —dice, en voz baja, con esa lectura suya de peligros que ya no cuestiono nunca—. Mejor voy yo solo.

No discuto. Hemos aprendido, a fuerza de acercarnos demasiado a demasiadas cámaras, que el riesgo no está en cualquier cámara, sino en las que te tienen cerca y quieta el tiempo suficiente para mirar bien.

De lejos, todavía somos dos personas cualquiera, borrosas entre cientos de otras.

De cerca, delante de una caja registradora, con las manos ocupadas y sin poder movernos, soy exactamente el tipo de anomalía que un archivo aburrido podría terminar de encajar algún día.

—Espérame afuera —dice, pasando a su mano el poco dinero que nos queda—. Yo pago. Tú no existes hasta que yo salga por esa puerta.

Le doy un apretón rápido en la mano antes de soltarlo, el mismo gesto silencioso que empezamos en la carretera, y salgo a esperarlo a la calle, con la espalda contra el escaparate y la vista fija en cualquier cosa que no sea la fila de clientes reflejada en el cristal.

Lo veo, minutos después, avanzar hacia la caja, pagar con una torpeza mínima que ya casi no se nota, y salir por la puerta sin que nadie, ni humano ni de cristal, le haya prestado ninguna atención de más.

—Listo —dice, ya afuera, buscando otra vez mi mano apenas estamos uno al lado del otro—. Ni siquiera me miró dos veces.

La cámara se queda atrás, indiferente, sin nada interesante que grabar salvo a un hombre comprando pan solo.

—Lo hiciste bien —le digo, ya en la calle, todavía con su mano en la mía porque ninguno de los dos parece tener prisa por soltarla .

—Solo esperé.

Sonríe, un poco, con esa sonrisa suya que sale más despacio que cualquier otra cosa en él, abriéndose paso a través de años enteros de entrenamiento antes de llegar a la cara, y caminamos así, en silencio, de vuelta hacia el trastero, con las bolsas de comida golpeándonos suavemente las piernas a cada paso.

Esa noche, después de que Torin se queda dormido más rápido de lo habitual, agotado por un día entero de mundo nuevo, saco el Ancla de donde la tengo escondida, envuelta en la manta vieja que Iván nos regaló para el frío, y la examino otra vez bajo la luz débil de la única bombilla del trastero.

La grieta sigue ahí, delgada, corriendo por todo el borde de la carcasa como una cicatriz que no termina de cerrar.

La he abierto tres veces desde que llegamos, buscando algo que reconozca de mis simulaciones, algún componente que se pueda reemplazar con lo que encuentre en este siglo, y las tres veces he terminado cerrándola otra vez sin ninguna respuesta mejor que la que tenía antes.

No soy ingeniera. Nunca quise serlo. Toda mi vida estudiando historia y ni una sola tarde estudiando lo único que ahora mismo de verdad podría salvarnos.

Necesito piezas que aquí no existen todavía, o que existen de una forma tan distinta que no sabría ni por dónde buscarlas, y necesito tiempo del que no tengo demasiado, porque cada día que pasa es un día más en el que alguien de mi época podría revisar un archivo, cruzar un dato, encontrar la anomalía exacta que somos los dos.

Guardo el Ancla otra vez, con cuidado, y me quedo un rato mirando a Torin dormir contra la pared, con la respiración lenta y pareja de alguien que hoy, por primera vez en mucho tiempo, se sintió más curioso que asustado.

No sé cómo vamos a volver. No sé, si encuentro la forma, a qué tiempo voy a volver yo, y a cuál él, y si esa pregunta tiene siquiera una respuesta que no nos rompa a alguno de los dos por la mitad.

Pero esta noche, con el Ancla escondida otra vez bajo la manta y su mano todavía tibia en el recuerdo de la mía, decido que puedo dejar esa pregunta para mañana. Solo por esta noche.