CAPÍTULO 14
TORIN
Iván nos espera en el mismo callejón, a la hora exacta que prometió, con dos prendas finas de un color demasiado vivo para ser natural dobladas sobre el brazo, y una cara que todavía no ha terminado de decidir si nos hizo un favor ayer o un problema.
—Nada de preguntas raras, nada de hablar con los otros repartidores más de lo necesario, y si alguien pregunta, ustedes son primos míos de visita. —Nos entrega las prendas con la misma seriedad con la que entregaría un arma antes de la batalla—. ¿Entendido?
—Entendido —dice Nayra, poniéndose la suya con un movimiento tan seguro que por un instante dudo si ya conocía esta prenda de antes, aunque sé que no puede ser cierto.
La mía me queda ajustada en los hombros de un modo que ya empiezo a reconocer como el destino natural de toda la ropa de este siglo, hecha, según parece, para cuerpos que nunca han tenido que cargar nada más pesado que esas placas planas y brillantes que la gente de este tiempo no suelta nunca de la mano.
—Cajas —dice Iván, dándole una palmada a la primera de una torre entera apilada junto a la puerta trasera de su camioneta grande, con la parte de atrás vacía como un vientre—.
Se cargan con las dos manos, no se lanzan, y si algo suena raro adentro, me avisan antes de apilarla.
Eso es todo lo que necesitan saber por hoy.
El trabajo, al menos, no me resulta ningún misterio en sí mismo.
Cajas que cargar de un lugar a otro, pesos que calcular, equilibrio que mantener mientras subo y bajo una plancha de metal inclinada que se dobla bajo mis botas de un modo que no me gusta nada al principio y que aprendo a ignorar antes de la tercera vez.
Es el primer trabajo desde que llegué a este tiempo que no me hace sentir como un niño aprendiendo a caminar de nuevo.
Hay algo en el peso concreto de una caja contra el pecho, en el esfuerzo limpio y sin ambigüedad de un músculo haciendo exactamente lo que se le pide, que me devuelve, aunque sea por una hora, algo parecido a mí mismo.
—Tienes buen brazo —dice Iván, observándome cargar tres cajas de una vez cuando él ha estado cargando de una en una—. ¿Levantas pesas o qué?
—Levanto lo que haga falta levantar.
Se ríe, un sonido corto y genuino, y algo en ese sonido me confirma lo que ya sospechaba desde el callejón: este hombre, con toda su desconfianza hacia cámaras y señales cortadas y papeles que nadie debería firmar, tiene menos maldad en el cuerpo que cualquier otra persona que he conocido en este siglo entero.
Trabajamos toda la mañana entre las camionetas de Iván y un cuarto largo y estrecho que huele a un material seco y áspero que no sé nombrar, mezclado con algo dulzón que Nayra llama "café malo de máquina".
En algún momento, entre caja y caja, empiezo a notar que ella también ha encontrado su propio ritmo aquí: apunta nombres en una lista con una letra rápida y ordenada, toca líneas que se mueven solas en esa tablilla de cristal que Iván lleva siempre encendida, y cuando otro de los hombres que reparte cajas como nosotros no logra encontrar el lugar exacto que busca entre sus calles y números, ella se lo explica con una paciencia que no le he visto usar conmigo ni una sola vez desde que caímos aquí.
Me hace gracia, un poco. También me hace algo que no es exactamente gracia.
Al mediodía, Iván nos manda a sentarnos en la parte trasera de su camioneta con dos paquetes de pan aplastado, algo dentro que no reconozco, envueltos en un papel fino que compró sin que se lo pidiéramos, y mientras come el suyo apoyado contra la puerta abierta, nos mira con la cabeza ladeada, evaluándonos otra vez, todavía decidiendo, por lo visto, qué hacer con nosotros.
—¿Dónde están durmiendo? —pregunta, al final, con la boca todavía medio llena.
Nayra y yo nos miramos, y en esa mirada pasa toda la conversación que no hemos tenido en voz alta desde ayer: que no lo sabemos, que llevamos dos noches sin dormir bajo un techo real, que la primera vez fue un muro en ruinas y la segunda apenas un rincón de la terminal de autobuses hasta que un guardia nos pidió que siguiéramos caminando.
—Todavía no lo hemos resuelto —dice ella, con más honestidad de la que esperaba.
Iván asiente despacio, la respuesta confirmándole algo que ya sospechaba, y se limpia las manos en el pantalón antes de hablar de nuevo.
—Tengo un trastero. Detrás del garaje de mi edificio, chico, nada elegante, pero tiene techo y una estufa vieja que todavía funciona si le das dos golpes en el lado izquierdo.
—Se encoge de hombros, restándole importancia a lo que está ofreciendo—.
No es gratis. Ayudan con las entregas de la semana y estamos a mano .
—¿Por qué haces esto? —le pregunto. En mi tierra nadie ofrece techo sin esperar algo más grande a cambio, y necesito entender qué espera de nosotros antes de aceptar nada.
Iván se queda callado un momento largo, mirando hacia la calle, hacia las camionetas que pasan y las cámaras que cuelgan de cada poste con esa mirada fija que ya odio con toda el alma.
—Porque hace un tiempo alguien me ayudó a mí cuando nadie más quiso hacerlo, y todavía no he encontrado la forma de devolverlo.
—Se vuelve hacia nosotros, y por primera vez desde que lo conocemos, la broma se le borra completamente de la cara—.
Y porque ustedes dos tienen la misma pinta que tenía yo entonces.
La de quien está huyendo de algo más grande de lo que puede explicar.
No contesto nada. No hay ninguna forma de contestar a eso sin mentir del todo o decir demasiado, y Nayra, a mi lado, tampoco dice nada, pero le veo la mandíbula apretarse un segundo antes de relajarse otra vez.
—Gracias —es lo único que consigo decir, al final. Lo digo en serio, con el peso completo que la palabra tiene en mi lengua, no la versión ligera que la gente de aquí parece usar para todo.
El trastero resulta ser mejor de lo que Iván lo hizo sonar: un cuarto pequeño detrás del garaje, con paredes grises, una ventana diminuta cerca del techo, y contra la pared del fondo, una caja de metal oscura con una rejilla al frente que debe de ser la estufa de la que habló Iván.
Le doy los dos golpes exactos que prometió, en el lado izquierdo, y responde con un zumbido bajo que empieza a calentar el aire en minutos.
Hay una manta doblada sobre una caja, y Nayra la extiende en el suelo con una eficiencia que sugiere que ya ha decidido no perder tiempo discutiendo quién duerme dónde.
—Toma tú la manta —le digo—. Yo he dormido en peores sitios que un suelo de piedra.
—No voy a dejarte dormir en el suelo mientras yo tengo manta, Torin.
—Y yo no voy a dejarte a ti dormir en el suelo mientras yo tengo espalda para aguantarlo mejor que la tuya.
Terminamos, como casi siempre que discutimos algo así, compartiéndola: los dos sentados contra la pared más cercana a la estufa, la manta extendida sobre las piernas de ambos, lo bastante cerca para que su hombro toque el mío sin que ninguno de los dos lo mencione en voz alta.
Afuera, la ciudad sigue haciendo ese ruido constante que todavía no he aprendido a ignorar del todo —motores, voces, algo metálico que golpea contra algo más en algún punto lejano— pero aquí dentro, con la estufa zumbando bajo y la luz de la única ventana ya casi completamente apagada, hay una quietud que no había sentido desde antes de todo esto.
—¿Piensas en volver? —le pregunto. Llevo días con la pregunta atragantada y esta noche, por algún motivo, parece el momento de dejarla salir—. A tu tiempo. A tu gente.
Se queda callada tanto rato que pienso que no va a contestar.
—Todos los días —dice, al final—. Y también todos los días pienso en lo mucho que no quiero que ese pensamiento se me note en la cara, porque en cuanto lo piensas de verdad, empiezas a sentir que estás traicionando esto.
—Hace un gesto pequeño entre los dos, entre el cuarto entero—. Y no quiero sentir eso. No todavía.
—¿Y yo? —No sé por qué lo pregunto, o quizás sí lo sé y solo no quiero reconocerlo—. ¿Piensas en mí como parte de lo que estás traicionando, o como parte de lo que te haría quedarte?
Gira la cabeza para mirarme, con una expresión que no consigo leer del todo, mezcla de algo que se parece a la ternura y algo que se parece al miedo, y por un momento entero ninguno de los dos dice nada, con la estufa zumbando bajo y su hombro todavía apoyado contra el mío bajo la manta compartida.
—No lo sé, Torin —dice, al final, en voz tan baja que casi se pierde bajo el ruido de la estufa—. Y eso me asusta más que cualquier cámara que hayamos visto hasta ahora.
No contesto. No hay nada que pueda contestar que no rompa lo frágil que se siente este momento, así que me limito a quedarme quieto, con su hombro contra el mío, dejando que el silencio haga el trabajo que ninguna palabra mía sabría hacer mejor, mientras afuera la ciudad entera sigue su ruido y aquí dentro, por primera vez en días, no siento la necesidad urgente de vigilar nada.
Me duermo así, sentado, con la espalda contra la pared fría y su peso liviano apoyado contra el mío, pensando que de todas las promesas que llevaba encima cuando salí a cazar aquella mañana que ya me parece de otra vida, esta —quedarme quieto, no huir, no proteger de más— es la más difícil que he tenido que aprender a cumplir.