CAPÍTULO 13
NAYRA
La ciudad nos recibe con un ruido que ninguna simulación consiguió nunca reproducir del todo bien, y eso que pasé media adolescencia convencida de que ya la conocía.
Bajamos del autobús en una terminal cubierta de cristal y metal, con gente moviéndose en todas direcciones a la vez, cada uno con la vista clavada en un teléfono o en un punto fijo delante de sí mismo, ese gesto tan particular de las multitudes urbanas de fingir que las demás mil personas alrededor simplemente no existen.
Torin se queda parado en la puerta, con los hombros encogidos hacia dentro, todo el cuerpo apostando a que hacerse lo bastante pequeño evitará que el edificio entero le caiga encima, y tardo un momento en darme cuenta de que no es solo el tamaño del lugar lo que lo tiene así.
—Son demasiados —dice, en voz baja, en nuestro idioma, con los ojos moviéndose de una persona a otra sin poder decidir en cuál fijarse—. En mi poblado entero no viven tantas personas como las que acabo de contar en este lugar.
—Bienvenido a una ciudad de verdad. Y esto ni siquiera es de las grandes.
Le agarro la manga, ya con reflejo de toda la mañana, y lo guío hacia la salida esquivando maletas y niños y un carrito de bebé que casi nos atropella sin que su dueña levante la vista del teléfono ni un segundo.
Fuera, la calle es peor: más cámaras de las que puedo contar sin ponerme a llorar de puro cansancio, colgadas de cada esquina, cada semáforo, cada fachada de tienda con esa mirada fija y ciega que ya he aprendido a odiar.
Cuento nueve solo en la manzana que tenemos delante. En el pueblo había una.
El problema, que llevo rumiando desde que subimos al autobús, tiene una forma muy simple: no tenemos dinero, no tenemos identificación, y aquí, a diferencia del campo, no podemos simplemente evitar a la gente hasta que se nos ocurra algo.
Necesitamos las dos cosas antes de que se nos acabe el día, y las dos cosas cuestan exactamente lo que no tenemos.
—¿Cuál es el plan? —pregunta Torin, todavía pegado a mi hombro, todavía calculando ángulos de cámaras con la misma atención con la que ayer calculaba rutas de caza .
—El plan es que busquemos algo que se pueda vender o cambiar, sin que eso implique otra pedrada.
Lo digo con más filo del que pretendía, y él lo acepta sin protestar, cosa que de algún modo me hace sentir peor que si hubiera protestado.
Pasamos la primera hora caminando en círculos amplios por el centro, yo con la cabeza baja y el gorro robado calado hasta las cejas, tratando de leer la ciudad como se lee un problema de historia: qué se compra, qué se vende, dónde hay un mercado de segunda mano que no pregunte demasiado.
Es Torin quien lo encuentra, en realidad, no yo —se detiene frente al escaparate de una tienda de artículos usados con una fijeza que me hace pensar que ha visto un peligro, hasta que sigo su mirada y entiendo que lo que ha visto es una vitrina entera de cuchillos, dagas y réplicas de espadas colgadas como decoración.
—Esas hojas están mal templadas —dice, con la seriedad absoluta de quien acaba de descubrir un insulto personal—. Cualquiera de las mías les gana en un golpe.
—Las tuyas no las podemos vender, Torin. Un cuchillo de acero de clan de hace cuatrocientos años en una tienda de antigüedades de un pueblo escocés es exactamente el tipo de cosa que alguien podría notar demasiado .
Se queda callado, procesando eso con la cara de quien acaba de descubrir que hasta sus posesiones más queridas son, aquí, una especie de amenaza andante, y entonces lo veo mirarse el propio brazo, donde lleva un brazalete de cuero trenzado, sencillo, sin ningún adorno reconocible más allá del trabajo cuidadoso de la trenza.
—¿Y esto?
—Eso... —Lo estudio un momento. Cuero, sin metal, sin nada que lo fije a ninguna época en concreto para un ojo que no sepa exactamente qué está mirando—. Eso podría funcionar.
—Me lo hizo mi abuela.
Lo dice sin drama, casi como un dato más, pero algo en cómo lo dice me hace dudar de golpe, y por un segundo entero estoy a punto de decirle que busquemos otra cosa, cualquier otra cosa, antes que pedirle que se desprenda de algo así.
Pero él ya se lo está quitando de la muñeca, con un gesto rápido, decidido, antes de que pueda ofrecerle la salida.
—Es cuero y tiempo, Nayra. Nada más. Mi abuela me diría que sirve de más aquí, en tu mano, que en la mía colgando de una pared sin usarse para nada.
No sé qué contestar a eso, así que no contesto nada, y me limito a guardarme el brazalete en el bolsillo con un cuidado que probablemente sea excesivo para un simple trozo de cuero trenzado.
Llevo diecinueve años imaginando cómo serían los hombres de las Hailands, construyéndolos enteros a partir de simulaciones y crónicas y leyendas de sobremesa, y ninguna versión que inventé se parece a esto: a alguien capaz de desprenderse de lo único que le queda de su abuela sin necesitar que nadie le aplauda el gesto.
Empiezo a sospechar que llevo toda la vida enamorada de una idea, y que la idea nunca fue tan interesante como la persona real que tengo al lado.
La tienda de segunda mano nos da menos de lo que esperaba —el dueño lo mira apenas un segundo, murmura algo sobre que no es su tipo de mercancía, y al final ofrece una cifra que Torin ni siquiera puede calcular pero que a mí me suena a insulto disfrazado de generosidad—, y soy yo, esta vez, la que dice que no.
Lo digo antes de pensarlo del todo, con el brazalete todavía en la mano y una firmeza que me sorprende a mí misma tanto como a Torin.
—Por eso no —le digo al dueño, guardándomelo en el bolsillo antes de que pueda insistir—. Por eso, no.
Salimos de la tienda sin nada, con el mismo problema de esta mañana intacto y ni un solo café que comprar entre los dos, calculando en susurros cuántas horas de caminata nos separan todavía de un plan que de verdad funcione.
Es entonces, doblando una esquina hacia lo que parece un callejón de carga detrás de una fila de tiendas, cuando lo vemos: un hombre de unos cuarenta años, con un chaleco reflectante y una carretilla cargada de cajas, parado frente a una puerta trasera, mirando fijamente el teléfono en su mano con una concentración que no tiene nada que ver con lo que sea que está entregando.
—Esto no me gusta nada —dice, más para sí mismo que para nosotros, sin levantar la vista—. Otra vez cortada la señal en la misma manzana. Tercera semana seguida.
Nos ve entonces, a los dos, parados a la entrada del callejón con toda la pinta de quien no tiene ni idea de qué hacer a continuación, y en vez de la desconfianza que esperaba, lo que aparece en su cara es una especie de interés inmediato, casi entusiasta.
—¿Ustedes también lo notaron? La señal. Se corta siempre en el mismo tramo, siempre a la misma hora, con una puntualidad que no tiene nada de casualidad —se detiene, mira alrededor con una teatralidad que no logra decidir si es en serio o si es broma—. Vigilada. Eso es lo que parece.
—No... no sé de qué habla —digo, con todo el cuidado del mundo, calculando ya cuánto tiempo tenemos antes de que este hombre decida que somos sospechosos por alguna razón mucho más simple que la que él se está imaginando.
—Iván. —Deja la carretilla y se limpia la mano en el chaleco antes de tendérmela, sin ninguna sospecha visible más allá de la que ya trae puesta hacia el mundo entero—.
Reparto para media zona norte. Y le digo una cosa: llevo dos años anotando estas caídas de señal, y nadie en esta ciudad quiere escucharme, así que perdóneme si me emociono un poco cuando alguien más lo nota.
Le doy la mano, todavía sin saber muy bien qué terreno estoy pisando, y a mi lado Torin observa el intercambio con la fascinación seria de quien está catalogando un ritual social nuevo para usarlo después.
—Necesitamos trabajo —digo, al final, porque no se me ocurre ninguna mentira lo bastante buena y porque algo en la cara de este hombre, esa mezcla de sospecha hacia todo el sistema y calidez inmediata hacia cualquiera dispuesto a compartir esa sospecha, me hace pensar que quizás, por una vez, la verdad a medias funcione mejor que cualquier historia inventada—.
Los dos. Lo que sea. Solo un par de días.
Iván nos mira un momento, a mí y después a Torin, algo en su expresión se reorganiza despacio: la pregunta que estaba a punto de hacer se le apaga en la cara antes de llegar a la boca.
—Mira —dice, bajando la voz, aunque no hay nadie más en el callejón que pueda oírlo—, no sé qué historia traen ustedes dos, y honestamente prefiero no saberla, porque cuantas menos cosas sepa uno en esta ciudad, menos cosas puede uno terminar contándole a la gente equivocada.
Pero necesito manos extra esta semana, cargando y descargando, y pago en efectivo, sin preguntas.
—¿Por qué sin preguntas? —pregunta Torin, con esa franqueza suya que todavía no ha aprendido a disimular.
—Porque yo tampoco quiero que nadie me haga preguntas a mí, amigo. —Iván sonríe, por primera vez, con un gesto cansado y sincero a la vez—. En esta ciudad, cuantos menos formularios firme uno, mejor duerme.
Nos da una dirección, una hora, y una advertencia poco clara sobre no comentarle a nadie del edificio que nos vio hablando con él en este callejón, y se va empujando la carretilla con el mismo aire de quien ha resuelto, sin saberlo del todo, un problema que llevábamos toda la mañana sin poder resolver nosotros solos.
Caminamos un rato en silencio después de que se pierde de vista, y es Torin quien lo rompe primero.
—Ese hombre cree que hay algo vigilándolo. Algo que nadie más puede ver.
—Sí. Bastante.
—Y tiene razón.
Me detengo en seco, porque tiene razón de una forma que él no puede imaginar del todo y que yo tampoco puedo explicarle aquí, en mitad de una calle con nueve cámaras a la vista, así que me limito a asentir, despacio, dejando que la ironía completa de la situación se me asiente en el pecho sin decir nada más al respecto.
—Bienvenido a mi época, Torin. Aquí casi todo el mundo tiene razón sobre algo, y casi nadie sabe sobre qué exactamente.
Seguimos caminando hacia donde sea que estemos durmiendo esta noche, con un plan de trabajo por primera vez desde que caímos aquí, con el brazalete de su abuela guardado contra mi cadera como una promesa de la que todavía no sé el precio completo, y con la sensación, nueva y extraña, de que quizás no vamos a tener que hacer todo esto completamente solos.