El Polizón del tiempo CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

TORIN

Corremos hasta que el pueblo desaparece detrás de la última loma. Solo entonces Nayra afloja el paso, una mano en el costado, la respiración hecha jirones, y me lanza una mirada que no necesita ninguna palabra encima para que entienda exactamente lo que significa.

—Lo sé —digo, antes de que tenga que decirlo ella—. Fue un error.

—No fue un error, Torin. Fue una piedra. Le tiraste una piedra a una cámara de vigilancia a plena luz del día.

—Te pusiste pálida. Se te apretó la mandíbula igual que se le aprieta a Fergus antes de una pelea. Eso, en mi tierra, significa una sola cosa.

—Aquí significa que estaba haciendo cuentas del riesgo en mi cabeza, no que estuviera a punto de que me atacaran. —Se pasa las manos por la cara. Un gesto que ya empiezo a reconocer como el que hace cuando está intentando no gritarme—. No todo lo que me asusta me está atacando.

Camino a su lado sin saber qué contestar.

En mi mundo esa distinción casi nunca importa: el miedo y el peligro llegan juntos con tanta frecuencia que separarlos parece un lujo que solo se permite quien nunca ha tenido que sobrevivir de verdad a nada.

Pero también sé, aunque me cueste reconocerlo en voz alta, que ella conoce este tiempo mejor que yo el mío, y que la última vez que decidí actuar antes de preguntar terminé sujetando a una desconocida en mitad de un salto que nos rompió el mundo a los dos.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunto, al final. La única pregunta con alguna utilidad.

—Ahora caminamos. Lejos de aquí. Hasta que encontremos algo que no sea un pueblo de cuatro casas donde cualquiera nos va a recordar durante semanas.

El terreno cambia despacio: los helechos dan paso a un pasto más bajo, cortado con una regularidad que ningún rebaño consigue por sí solo.

Al cabo de una hora larga de caminar en un silencio que ya no es del todo incómodo llegamos a algo que Nayra llama carretera.

A mí me parece, sobre todo, un río de piedra gris, demasiado recto para ser obra de ningún proceso natural, cortando el valle en dos mitades exactas.

—Nunca había visto un camino tan derecho —digo, agachándome a tocar la superficie. Sorprendido de lo tibia que está bajo el sol de la mañana.

—Es asfalto. No lo toques mucho, se pega a los zapatos si hace calor.

No me da tiempo a preguntar qué es el asfalto.

En ese momento el ruido llega desde algún punto detrás de la curva —un rugido grave, creciente, el mismo que oí tirado en el suelo la primera noche en este tiempo, cuando pensé que el mundo entero se caía encima de mi cabeza— y un instante después aparece la cosa que lo produce.

Es de metal, del tamaño de una casa pequeña, y se mueve más rápido que ningún caballo que haya visto en mi vida, sin patas, sin nada que empuje contra el suelo que yo pueda identificar, dos luces delanteras encendidas aunque es de día.

Retrocedo un paso entero antes de darme cuenta de que lo estoy haciendo, la mano ya cerrada alrededor del cuchillo por puro reflejo, y Nayra me agarra del brazo y tira de mí hacia la hierba del borde con una urgencia que reconozco enseguida como la de alguien que ha hecho esto antes.

—Es un auto, Torin. No te va a atacar. Solo tienes que no ponerte delante.

La cosa —el auto— pasa a nuestro lado con un desplazamiento de aire que me echa el pelo hacia atrás, y durante medio segundo, a través de un cristal, veo dentro a una persona: sentada, tranquila, una mano sobre algo circular, mirando el camino con la misma expresión de quien conduce un carro de bueyes en un día sin novedades.

El auto desaparece curva abajo tan rápido como llegó.

—¿Alguien va montado dentro de eso?

—Alguien conduce eso desde dentro, sí. Es como...

—Se detiene, busca la comparación con la misma paciencia de siempre, y al final la encuentra—: Piensa en él como un auto que no necesita caballos porque lleva el caballo metido en la propia estructura.

Un caballo que se alimenta de algo que no es hierba.

Es la explicación más rara que me ha dado hasta ahora. Ya llevo la cuenta de cuántas veces me ha dicho una frase así, cada una más extraña que la anterior, y de cuántas veces, sorprendentemente, he terminado entendiéndolas de todos modos.

Ninguna mujer que conozco explica las cosas así, con esa paciencia exacta, sin hacerme sentir menos por no entender.

Mairead, si alguna vez le preguntara algo que no supiera, probablemente se reiría o cambiaría de tema.

Nayra no. Nayra se detiene, busca otra forma de decirlo, y vuelve a intentarlo, como si mi ignorancia no fuera nada vergonzoso sino solo un problema más que resolver juntos .

Seguimos el borde de la carretera durante lo que me parece una legua entera, con Nayra explicándome, entre auto y auto, algunas reglas básicas del camino —no cruzar sin mirar, no acercarse demasiado al borde, no señalar con el dedo a nadie que pase, cosa que aquí se considera de mala educación en vez de una simple advertencia— hasta que llegamos a una estructura pequeña, techada, con un banco de metal debajo y un cartel con símbolos que no reconozco.

—Una parada de autobús —dice, leyéndome la cara antes de que pregunte—. Si tenemos suerte, en algún momento pasa uno que va hacia una ciudad de verdad.

—¿Y si no tenemos suerte?

—Entonces seguimos caminando, y averiguamos si tu abuela tenía razón sobre lo de que las cosas siempre se arreglan si uno persiste lo suficiente.

Me hace gracia que se acuerde de esa frase, que le conté anoche entre bostezos, medio dormida ya contra el muro.

No sé por qué el hecho de que la recuerde con tanta exactitud me deja un peso raro en el pecho, algo que no tiene nada que ver con el miedo ni con el cansancio ni con ninguna de las cosas que debería estar sintiendo un hombre que acaba de destrozar una propiedad ajena y ha puesto en fuga a los dos únicos aliados que tiene en este mundo entero .

Nos sentamos en el banco de metal, que quema un poco al tacto, y por primera vez desde que salimos corriendo del pueblo, ninguno de los dos dice nada durante un rato largo.

El autobús llega media hora después, con un chirrido agudo que araña el aire y me hace dar otro paso atrás por instinto, y cuando las puertas se abren con un siseo de aire escapando, Nayra me agarra de la manga y me guía hacia dentro con la misma seguridad con la que me guio a través de la cremallera esta misma mañana: para ella, dominar lo imposible parece ser solo cuestión de repetición.

Pago no hay ninguno que yo pueda ofrecer, y por un momento entero me preparo para que nos echen del vehículo entre gritos, pero Nayra dice algo rápido, con una voz distinta a la que usa conmigo —más aguda, más ensayada— sobre un pago que se le olvidó en casa y un hermano que la espera enfermo en la ciudad, y el hombre sentado al frente, las manos sobre el aro que gira, un gesto cansado que sugiere que ha oído mentiras mejores y peores en igual medida, nos deja pasar sin cobrarnos nada.

—¿Eso también es robar? —le susurro, mientras avanzamos por el pasillo estrecho hacia dos asientos libres.

—Eso es mentir. Es una categoría completamente distinta del delito, y ahora mismo no tengo energía para explicarte la diferencia .

Nos sentamos, ella junto a la ventana, yo a su lado con las rodillas apretadas contra el asiento de delante porque nadie en este siglo parece haber construido nada pensando en un hombre de mi tamaño, y el autobús arranca con una sacudida que me revuelve el estómago de un modo que ninguna batalla ha conseguido nunca.

Fuera, el paisaje empieza a moverse. No como se mueve cuando uno camina —despacio, ganado paso a paso, cada piedra y cada árbol reconocido antes de dejarlo atrás— sino deslizándose entero, deprisa, el mundo mismo corriendo en nuestro lugar mientras nosotros nos quedamos quietos dentro de esta caja de metal y cristal.

Nayra apoya la cabeza contra la ventana y cierra los ojos, agotada por una noche entera sin dormir de verdad, y yo me quedo mirando su perfil contra la luz que entra, contra el paisaje que corre detrás de ella cada vez más rápido, pensando que de todas las cosas imposibles que he visto desde que crucé ese vado hace lo que a mí me parecen dos días y a este mundo le parecen cuatrocientos años, esta —sentado a su lado, sin nada que hacer más que esperar a que la ciudad aparezca en el horizonte— es, sin ninguna duda, la que menos sé cómo nombrar.

No es miedo. Ya sé reconocer el miedo, lo he sentido suficientes veces esta semana para tener la medida exacta. Es otra cosa, más callada, que se instala en el pecho sin pedir permiso y no muestra ninguna intención de irse.

Cierro los ojos también, sin dormirme del todo, con el hombro de Nayra a un dedo del mío y el rugido constante del motor por debajo de todo, y por primera vez desde que llegamos a este tiempo que no es el mío, dejo que alguien más monte guardia por un rato.