CAPÍTULO 11
NAYRA
Amanece gris, con esa clase de luz que no decide del todo si va a llover, y lo primero que pienso al abrir los ojos, todavía envuelta en el frío que se me ha metido en los huesos durante la noche, es que Torin no ha dormido nada.
Está exactamente donde lo dejé anoche, sentado contra el muro, con la mano cerca del cuchillo y la mirada fija en algún punto de la oscuridad que ya empieza a disolverse en niebla.
—¿No has dormido?
—He vigilado.
Para él, por lo visto, vigilar y no colapsar de agotamiento son la misma cosa, y no tengo energía todavía para discutírselo, así que me limito a asentir y a ponerme en pie con un crujido en la espalda que no sabía que un cuerpo de diecinueve años podía hacer .
El problema, según lo veo apenas me incorporo del todo, tiene tres partes.
La primera es que no tenemos nada de dinero, ni de esta época ni de ninguna otra, porque el dinero de mi tiempo no es más que datos en un sistema que aquí no existe.
La segunda es que Torin sigue vestido con la ropa exacta de su clan, cosa que en dos minutos de caminar por cualquier pueblo real va a convertirse en el tipo de detalle que la gente recuerda, comenta, y eventualmente fotografía.
Y la tercera, la peor de las tres, es que cualquier fotografía de esas puede terminar, dentro de ciento y pico años, en el archivo que algún analista aburrido de la Guardia Crono decida escanear en busca de anomalías.
—Necesitas ropa —le digo—. Antes de que nadie más te vea.
—¿Qué tiene de malo mi ropa?
—Todo, Torin. Todo tiene de malo tu ropa.
Encontramos la solución antes de lo que esperaba, a un cuarto de hora de camino, en el patio trasero de una granja que todavía no ha despertado: un tendedero cargado de ropa dejada fuera toda la noche, ya casi seca, meciéndose despacio con el viento de la mañana.
Camisas. Un pantalón grueso. Algo que parece una chaqueta de lana.
Me quedo mirando el tendedero más tiempo del que debería, calculando .
—¿Qué hacemos? —pregunta Torin, en voz baja, agachado a mi lado detrás de un muro de piedra bajo.
—Vamos a robar ropa tendida.
Lo digo así, sin adornos, porque no encuentro ninguna forma de suavizarlo que no sea simplemente mentirme a mí misma, y una parte de mí —la parte que ha pasado diecinueve años siguiendo cada norma que el Instituto le ha puesto delante, la parte que se escandalizó cuando escuché lo del primo de Deo— se revuelve contra la idea con una intensidad que casi me hace gracia, dado todo lo demás que he hecho esta semana.
—¿Es grave? —pregunta él—. Lo de robar, en tu época.
—En mi época casi nadie roba nada, porque casi nadie necesita robar nada.
—Me asomo un poco más por encima del muro, calculando el tiempo que necesito—.
Pero sí. Es grave. Solo que ahora mismo es mucho menos grave que todo lo demás que ya hemos hecho, así que vamos a hacerlo de todos modos y ya sentiré la culpa después, cuando tengamos tiempo de sobra para sentir cosas.
Cruzo el patio agachada, descuelgo lo que parece razonable —una camisa gruesa, un pantalón, algo con capucha que espero que sirva para ocultarle la mitad de la cara si hace falta— y vuelvo corriendo antes de que ningún perro decida que somos su problema esta mañana.
Vestir a Torin resulta ser su propio género de desastre.
Se pone el pantalón al revés la primera vez, con la parte trasera hacia delante de una forma tan convincente que durante un segundo entero no me doy cuenta de qué está mal exactamente, solo de que algo lo está.
La camisa le queda ajustada en los hombros de una manera que no va a ayudarnos nada a pasar desapercibidos, y cuando llega a la cremallera de la chaqueta se queda mirándola con una desconfianza tan profunda que por un momento pienso que va a sacar el cuchillo para resolver el problema por la fuerza.
—Es una cremallera —le explico, agarrándole la mano para guiarla—. Se sube. Así.
—¿Y para qué sirve el metal? ¿Es defensa?
—Sirve para cerrar la chaqueta, Torin. Solo para eso.
—Parece un desperdicio de metal.
No sé si reírme o si sentarme en el suelo y llorar de puro cansancio, así que hago un poco de las dos cosas al mismo tiempo, y él me mira con esa mezcla de desconcierto y algo parecido a la diversión que empiezo a reconocer como su expresión por defecto ante cualquier cosa que yo haga sin explicación aparente.
Me sorprende, un poco, lo fácil que le resulta dejarse vestir por mí sin que se le note ni una pizca de orgullo herido.
En mi época los pocos hombres que conozco necesitan sentir que llevan el control de cualquier cosa, aunque sea ridícula, aunque sea solo el orden en que se ponen una chaqueta.
Torin no. Torin deja que lo gire, que le suba una cremallera, que le diga qué hacer con las manos, y no parece que le cueste nada del mundo.
Es un detalle pequeño. No sé todavía por qué se me queda pegado tanto rato.
Cuando por fin consigo que la ropa le quede razonablemente bien —el pelo sigue siendo un problema, demasiado largo para pasar sin comentarios, pero eso tendrá que esperar—, nos ponemos en marcha hacia donde vimos anoche la claridad que sugería un pueblo.
No tarda en aparecer: un puñado de casas de piedra alrededor de una calle principal, una tienda con el cartel todavía apagado, y al final de la calle, sujeta a un poste con un ángulo que no deja ninguna duda sobre qué es ni para qué sirve, una cámara.
El cuerpo entero se me queda quieto, un paso antes de terminar de darlo.
—¿Qué pasa? —pregunta Torin.
—Eso. —Señalo con la barbilla, sin levantar demasiado la mano, sin llamar la atención de nadie que pudiera estar mirando desde alguna ventana—. Una cámara .
—¿Y qué hace una cámara?
—Graba todo lo que ve. Y lo guarda. Para siempre, o casi.
Se queda mirando el pequeño objeto negro en lo alto del poste con una desconfianza todavía mayor que la que le dedicó a la cremallera, intentando decidir si es un arma, un animal, o algo peor que las dos cosas juntas.
—¿Y a ti te puede ver?
—A mí me puede ver cualquiera. El problema es lo que pasa después de que me vea.
—Calculo la distancia con los ojos, por instinto, algo que llevo haciendo sin darme cuenta desde que llegamos—.
De lejos, como estamos ahora, no hay nada que temer todavía: ninguna máquina de este siglo cruza millones de caras borrosas en tiempo real, eso todavía va a tardar más de un siglo en inventarse.
El peligro empieza de cerca. Cuando algo así puede verme bien, quieta, el tiempo suficiente para grabar algo que después valga la pena mirar dos veces.
No le explico el resto —la Vigilancia Retroactiva, los archivos que algún día alguien va a escanear buscando anomalías, el hecho de que cada segundo que paso frente a un objetivo como ese es un segundo que podría, en algún futuro que todavía no ha llegado, delatarme frente a mis propios padres—, porque no hay tiempo, y porque explicarlo en voz alta lo hace más real de lo que puedo soportar tan temprano por la mañana.
Me quedo mirando la cámara más tiempo del necesario, con las manos apretadas sin darme cuenta, y debo de tener en la cara algo que no consigo disimular, porque cuando vuelvo a mirar a Torin lo encuentro observándome a mí, no a la cámara, con una atención completamente distinta.
No me da tiempo a preguntarle qué mira.
Se agacha, coge del suelo una piedra del tamaño de su puño, y antes de que pueda entender lo que está pasando, la lanza.
No falla. Lleva toda la vida entrenando el brazo para no fallar, y la piedra golpea la cámara de lleno, con un chasquido seco que suena escandalosamente fuerte en la calle vacía. El pequeño objeto negro se queda colgando torcido de su soporte, con algo dentro definitivamente roto.
—¡Torin!
—Te amenazaba —dice, sin ninguna duda en la voz, ya buscando con la mirada si hay algo más que eliminar—. Ya no puede hacerte nada.
—No es un animal, no la puedes matar de una pedrada, es una máquina conectada a...
—Me detengo, porque no hay tiempo de explicarle lo que es una red, ni un servidor, ni nada de lo que tendría que entender para saber por qué lo que acaba de hacer es mucho peor que dejar la cámara encendida—.
Alguien va a venir a revisar por qué dejó de grabar.
Puede que ya lo esté haciendo. Tenemos que irnos. Ahora.
Lo veo procesar la contradicción entera de haber actuado para protegerme y haber empeorado exactamente lo que intentaba evitar, y por un segundo parece más perdido que en cualquier momento desde que aterrizamos aquí.
—Lo siento —dice, y lo dice de verdad, sin ninguna excusa detrás—. En mi tiempo, cuando algo te amenaza, se destruye. No sabía que aquí funcionara distinto.
—Aquí casi nada funciona como debería, Torin. Eso ya deberías haberlo notado.
No hay tiempo para más. Le agarro la manga de la chaqueta robada y tiro hacia el camino por el que vinimos, lejos de la tienda, lejos del pueblo entero si hace falta, mientras calculo, con el corazón otra vez a toda velocidad, cuánto tiempo tenemos antes de que alguien note que una cámara rural se quedó ciega de la nada un martes por la mañana, y decida que vale la pena mandar a alguien a averiguar por qué.