CAPÍTULO 10
TORIN
Caminamos en silencio. No hay mucho que dos personas perdidas en tres siglos distintos puedan decirse mientras caminan, y cada vez que abro la boca me sale vapor, blanco y espeso: hasta mi propio aliento parece una cosa nueva en este mundo.
Reconozco la forma de la colina antes de reconocer nada más.
No debería. Han pasado —¿cuántos?, no me atrevo a preguntárselo a Nayra, no todavía— siglos enteros, y sin embargo la curva de esa loma contra el cielo, el modo exacto en que baja hacia lo que debería ser el río, es algo que llevo grabado en el cuerpo desde antes de tener memoria para guardar nada más.
He subido esa loma mil veces. Persiguiendo a Fergus.
Escapando de mi padre. Sentado en ella con mi abuela cuando era pequeño y el mundo todavía cabía entero en este glen .
—¿Torin? —Nayra se ha dado cuenta de que me he detenido.
—Conozco este sitio.
Lo digo antes de pensarlo. En cuanto lo digo me doy cuenta de lo absurdo que suena, de lo imposible que es, y sin embargo no deja de ser verdad ni un segundo mientras lo digo.
—¿Cómo que lo conoces?
—Es mi glen. —Señalo la loma, el curso oscuro que debe de ser el río, la forma general del valle que se adivina más que se ve bajo la poca luz que queda—. Ha cambiado. No sé cuánto. Pero es mi glen.
No dice nada durante un momento, y cuando por fin habla, lo hace con un cuidado que no le había oído hasta ahora. Pesando cada palabra antes de soltarla.
—Torin, si esto es tu tierra, en tu tiempo... y ahora estamos en el siglo veintiuno... eso significa que han pasado casi cuatrocientos años.
Cuatrocientos años. Intento que el número signifique algo y no consigo que signifique nada.
No hay ninguna parte de mí entrenada para sostener una cifra así.
Cuatrocientos años es más tiempo del que ha existido mi clan entero, según cuenta mi padre cuando recita los nombres de los lairds que vinieron antes que él.
Cuatrocientos años es, probablemente, más tiempo del que se recuerda cualquier cosa.
Seguimos caminando. Ya no hablamos.
Encontramos el refugio poco después: un muro bajo de piedra, medio caído, que en su día debió de cercar algo —un corral, quizás, o los restos de una casa— y que ahora apenas sostiene un techo improvisado de madera podrida sobre una esquina.
Lo bastante intacto para cortar el viento si nos apretamos los dos contra la parte que todavía sigue en pie.
Nayra dice que en su época a esto lo llamarían un refugio de emergencia. A mí me basta con que corte el viento.
Es mientras busco un sitio seco donde sentarme cuando la veo: una piedra, medio hundida en la tierra junto al muro, cubierta de musgo por el lado que nunca ve el sol.
No debería reconocerla. Hay miles de piedras así en este glen, en cualquier glen, piedras que el hielo y el agua han estado moviendo y puliendo desde mucho antes de que existiera ningún clan que les pusiera nombre.
Y sin embargo me arrodillo junto a ella, sin decidirlo del todo, y paso la mano por el musgo hasta encontrar, debajo, una superficie que reconozco con la misma certeza absurda con la que reconocí la forma de la loma.
—¿Qué pasa? —pregunta Nayra, arrodillándose a mi lado.
—Esta piedra. —No sé cómo explicárselo sin sonar como un niño asustado del fuego—. Hay una historia en mi clan. Una vieja, de las que se cuentan junto al fuego, sobre una piedra en el vado que habla de alguien que viene de un tiempo que no existe todavía. Mi abuela me la contaba de pequeño.
Se queda muy quieta.
—¿Y crees que es esta piedra?
—No lo sé. —Y es verdad, no lo sé, aunque algo en el pecho se me ha apretado de un modo que no consigo controlar del todo—. Dejé de creer en esa historia hace años. Es un cuento. Todos los glenes tienen uno parecido.
—¿Y ahora?
No le contesto enseguida. No tengo una respuesta que no me suene ridícula, sentado aquí, en un mundo que no debería existir, al lado de una mujer que habla mi lengua con acento de fantasma y que salió de la nada hace apenas unas horas.
—Ahora no sé qué pensar de nada —digo, al final, que es lo más honesto que puedo ofrecerle—. Empezando por esta piedra y terminando por ti.
Se ríe, un poco, sin mucha fuerza detrás. El sonido es tan inesperado en medio de todo esto que casi me hace reír a mí también.
—Bienvenido al club —dice—. Yo tampoco sé qué pensar de nada. Y eso que se supone que soy yo la que estudió esto toda su vida .
Nos sentamos con la espalda contra el muro, lo bastante cerca para compartir el poco calor que ninguno de los dos tiene de sobra.
Por primera vez desde que la vi entre los helechos, con esa cara de hambre que no he olvidado, no siento el impulso de decir nada más.
Hay demasiado que no entiendo. Demasiado que no puedo cambiar esta noche por mucho que le dé vueltas.
Hay algo, sin embargo, que sí noto, aunque no sepa todavía qué hacer con ello: no finge estar más tranquila de lo que está.
No se endereza la espalda para parecer entera delante de mí, como me han enseñado que debe hacer cualquier mujer de rango delante de un hombre.
Tiene miedo y lo deja estar ahí, sin adornarlo, y por algún motivo eso me tranquiliza más de lo que cualquier valentía fingida podría hacerlo.
—Mañana —dice ella, al cabo de un rato, con la voz ya pesada de sueño—buscamos un pueblo. Necesito entender dónde estamos exactamente. Y necesitas ropa que no te delate a la primera mirada.
—¿Qué tiene de malo mi ropa?
—Torin. Pareces salido de una representación teatral sobre tu propia época.
No sé qué es una representación teatral. Decido no preguntar esta noche.
Su respiración se vuelve lenta y regular a mi lado. La mía no.
Llevo toda la vida siendo el hombre que cumple lo que promete.
Es lo primero que aprende un segundo al mando, antes incluso que a sostener una espada: la palabra dada vale tanto como la sangre, y un MacRae no rompe ninguna de las dos sin pagar por ello.
Y sin embargo aquí estoy, a cuatrocientos años de distancia de cualquiera a quien le deba algo, sin poder cumplir ni una sola de las promesas que llevaba encima cuando salí a cazar esta mañana.
Mairead va a despertarse sin ningún mensaje mío que le explique por qué no estoy donde debería.
Mi padre va a mandar hombres al bosque a buscarme, y no van a encontrar ni rastro, porque no hay ningún rastro que encontrar en el tiempo donde estoy.
La alianza con los Cameron, la paz que tanto costó cerrar, puede que se rompa entera por mi ausencia, y no va a haber ninguna explicación que darles, porque no existe ninguna que ellos puedan entender.
No sé cómo se repara algo así. No sé si se puede reparar.
Así que hago lo único que sé hacer cuando no puedo arreglar lo que ya está roto: monto guardia.
Me siento más erguido contra el muro, la mano cerca del cuchillo —eso al menos sigue conmigo, esta tierra nueva no me lo ha quitado—, y dejo que los ojos se acostumbren del todo a la oscuridad.
No sé qué clase de peligro nos puede esperar aquí.
No sé si el peligro de este tiempo llega con dientes o con luces que barren la carretera.
Pero sé vigilar. Es lo único de mí que sigue intacto, lo único que no ha cambiado entre un siglo y otro, y esta noche, con todo lo demás roto a mi alrededor, me aferro a eso con más fuerza de la que nunca me hizo falta.
Cuatrocientos años, pienso, mientras el cielo empieza, muy despacio, a perder un poco de su negrura. Sigo sin saber en cuál de los dos hombres me he convertido. Pero al menos esta noche sé en cuál de los dos puedo seguir siendo útil.