CAPÍTULO 9
NAYRA
Lo primero que pienso, todavía tirada en el suelo con el corazón intentando salírseme por la garganta, es que el Ancla ha fallado. Lo segundo es que no tengo ni idea de en qué se ha convertido en su lugar.
Tampoco son las Hailands. Eso al menos lo tengo claro por el suelo bajo mis pies: asfalto, agrietado en los bordes, con una línea pintada que ya casi no se distingue.
—¿Dónde…? —empieza a decir el hombre que me acaba de seguir hasta aquí, y se detiene, porque no hay ninguna forma de terminar esa pregunta que no suene ridícula en voz alta.
Lo miro de verdad por primera vez, ahora que la luz de las farolas nos alcanza a los dos.
Es alto, más de lo que parecía entre los helechos, con el pelo oscuro pegado a la frente por algo que podría ser sudor o podría ser el susto, y lleva puesta una tela a cuadros gruesa, atada de una forma que no había visto nunca fuera de una simulación, con las piernas desnudas por debajo hasta unas botas de cuero que parecen hechas a mano porque lo están.
Tiene un cuchillo al cinto. Tiene, sobre todo, una expresión que reconozco perfectamente porque es idéntica a la que debo de tener yo: la de alguien a quien le acaban de arrancar el suelo de debajo sin previo aviso.
—No sé dónde estamos —le digo, y lo digo en su lengua, la de las Hailands, la que llevo media vida robándole a simulaciones y grabaciones y textos que a nadie más le importó conservar.
Me sale más torpe de lo que me gustaría, con un acento que seguro suena raro a sus oídos, pero funciona: veo cómo se le bajan los hombros un poco, aliviado de que exista al menos una sola cosa esta noche que tenga algo de sentido.
—Hablas como los ancianos de mi abuela —dice, sin disimular la sorpresa—. Raro. Antiguo. Pero te entiendo.
—Llevo años aprendiéndolo. —No le digo que lo aprendí para un futuro que imaginé mil veces distinto a este: uno donde yo llegaba de visita, con permiso, no huyendo por una carretera que a ninguno de los dos nos pertenece—. Nunca pensé que lo iba a necesitar así.
Levanto el Ancla, que sigue echando chispas por un borde con una luz roja que no había visto nunca y que no me gusta nada.
No debería hacer muchas de las cosas que está haciendo.
Le doy la vuelta entre las manos y encuentro, en el lado que se golpeó contra la raíz, una grieta fina que recorre media carcasa, con un brillo apagado saliendo de dentro que se parece demasiado a algo roto y no se parece nada a algo que yo sepa arreglar.
—¿Puedes usarlo? —pregunta él—. ¿Para volver?
—No lo sé.
Es la respuesta más honesta que le voy a dar en toda la noche, y también la que más miedo me da decir en voz alta, porque decirla la convierte en real.
Un ruido nos interrumpe antes de que ninguno de los dos pueda añadir nada más: un motor, lejano todavía, pero acercándose por lo que ahora identifico como una carretera, estrecha, de dos carriles, bordeada de setos altos que en la oscuridad parecen un muro.
Las luces del vehículo barren el aire un segundo antes de que el vehículo mismo aparezca, y algo en mí, algo entrenado por diecinueve años de vivir bajo vigilancia constante, reacciona antes de que termine de pensarlo.
—Al suelo. Ahora.
Lo agarro del brazo y tiro, y para mi sorpresa no opone ninguna resistencia, se deja caer conmigo detrás del seto con una obediencia que no esperaba de alguien que hace un momento llevaba un cuchillo al cinto con la misma naturalidad que lleva un brazo.
El auto pasa de largo sin aminorar, las luces se pierden carretera abajo, y me quedo ahí, agachada, con el corazón todavía a toda velocidad, pensando en lo que acabo de ver.
Un auto. De los antiguos, de los que usan combustible y necesitan que alguien los conduzca con las manos, de los que llevan sin fabricarse en mi época desde antes de que yo naciera.
Los reconozco de las simulaciones de historia doméstica del siglo veintiuno, la misma categoría aburrida que estudié para aprender a forzar cerraduras mecánicas.
Siglo veintiuno. No mi siglo. No el siglo de Torin —porque en algún momento entre el susto y el seto ha dicho su nombre, Torin, sin que yo se lo preguntara, quizás porque también él necesitaba algo sólido a lo que agarrarse—.
Un tercer tiempo, uno que ninguno de los dos planeaba visitar, en el que aparentemente los dos estamos completamente solos.
—Esto no es tu época —dice él, no como pregunta.
—No.
—¿Y tampoco la mía?
—No.
Se queda callado un momento, procesando eso con una calma que me sorprende más que cualquier otra cosa que haya hecho hasta ahora.
—Entonces estamos igual de perdidos los dos.
Hay algo en cómo lo dice —sin pánico, casi con un alivio extraño— que me hace mirarlo otra vez, más despacio esta vez: la mandíbula tensa pero no la voz, los hombros listos para lo que sea sin que le tiemble nada.
Y darme cuenta de que no tengo ni idea de qué voy a hacer con él.
No puedo devolverlo a su tiempo sin el Ancla reparada.
No puedo llevarlo al mío sin que salte cada alarma que la Guardia Crono ha instalado en los últimos cien años.
Y no puedo, sencillamente, dejarlo aquí, en una carretera del siglo veintiuno, vestido como un guerrero de clan, para que se las arregle solo con un mundo que no tiene ni idea de cómo funciona.
—Bien —digo, más para mí que para él—. Bien. Necesitamos un plan .
—¿Qué clase de plan?
—Uno donde tú no hables con nadie, no toques nada raro, y hagas exactamente lo que yo te diga, en el orden que yo te lo diga.
Se lo piensa un segundo, mirándome con una expresión que no consigo del todo descifrar —algo entre la diversión y el orgullo herido—, y al final asiente, despacio, sin estar del todo convencido pero sin ninguna alternativa mejor que ofrecer.
—Muy bien. —Una pausa—. ¿Y tú cómo te llamas?
Me doy cuenta, con una punzada absurda de vergüenza dado todo lo demás que está pasando esta noche, de que en medio del pánico se me olvidó presentarme.
—Nayra.
—Nayra —repite, probando el nombre en su boca despacio, casi con cuidado—. Bien. Nayra. ¿Ahora qué?
Miro carretera abajo, hacia donde las luces del auto han desaparecido, y más allá, donde una claridad tenue en el cielo sugiere que hay algo parecido a un pueblo no muy lejos.
No tengo ningún plan de verdad. Solo tengo la certeza de que quedarnos en una cuneta hasta que amanezca es la peor de todas las opciones disponibles.
—Ahora caminamos —digo—. Y rezamos para que nadie más tenga motivos para conducir por aquí esta noche.