El Polizón del tiempo CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

TORIN

Salgo a cazar solo. Mi padre lo desaprobaría si lo supiera, porque un segundo al mando no sale solo a ningún sitio a nueve días de su boda.

Pero llevo toda la mañana entre telas y listas de invitados, y hay un límite que un hombre puede soportar antes de necesitar, aunque sea una hora, un bosque y ningún testigo.

No encuentro ningún ciervo. Encuentro otra cosa.

La veo desde lejos, entre los helechos que bajan hacia el vado.

El primer pensamiento —el que tendría cualquier hombre de este glen— es que se trata de un espía.

Quizás de los MacKenzie. Quizás de algún clan más al norte que ha oído hablar de la boda y quiere medir nuestras defensas antes de que la alianza se cierre del todo. Me quedo quieto. Observo.

No se mueve como un espía. Se mueve como alguien que no tiene ni idea de que se le puede ver, mirando el poblado desde el límite del bosque con una atención tan completa que ni siquiera nota que estoy a menos de treinta pasos, oculto entre los mismos helechos que a ella la ocultan.

Y no viste como nadie que conozca.

La tela no tiene el peso ni la caída de nada que haya tocado en mi vida.

Ajustada al cuerpo de una forma que ningún tejedor de este glen sabría reproducir.

En la muñeca lleva algo que no es joya ni herramienta, algo que de vez en cuando emite una luz tenue, ámbar, sin que ella haga nada para provocarlo.

Habla, en algún momento, sola, en voz muy baja, en una lengua que no reconozco y que, sin embargo, no me suena a extranjera del todo.

Me suena a algo más raro que eso. Me suena a algo que todavía no debería existir.

Debería volver al poblado y dar la alarma.

Lo sé mientras no lo hago. Hay algo en cómo mira ese lugar —mi lugar, el único que he conocido en mi vida— con una expresión que no consigo llamar de otra forma que hambre, un asombro tan puro que roza el dolor, que me deja clavado donde estoy.

Incapaz de moverme. Incapaz de apartar la vista.

No he visto nunca a una mujer mirar nada así.

Ni a Mairead, ni a ninguna otra del glen: todas aprenden pronto a llevar la cara compuesta, a no dejar que nada se les note demasiado.

Esta no sabe, o no le importa, esconder lo que siente.

Es solo un detalle. Lo guardo de todos modos, sin saber muy bien para qué.

Se queda así mucho tiempo. Tanto que el sol empieza a bajar y las sombras de los helechos se alargan sobre la hierba. En algún momento, sin decidir acercarme, me doy cuenta de que he reducido la distancia entre los dos a la mitad.

Es entonces cuando retrocede.

Lo hace deprisa, sin mirar por dónde pisa, los ojos todavía puestos en el poblado, y el pie se le enreda en una raíz que cualquiera que conozca este bosque sabría esquivar sin pensarlo.

Cae de lado, con un ruido metálico que no me gusta nada, y suelta algo de la mano —el objeto de la muñeca, no, otro, más grande, que resbala por la hierba antes de que ella lo recupere con un movimiento demasiado rápido para venir del miedo solo.

Doy un paso hacia ella sin decidirlo. El mismo reflejo, supongo, que me lleva a sujetar a un hombre que resbala en el hielo antes de pensar si merece que lo sujete.

Toca algo en el objeto de la muñeca con dedos que ya no tiemblan nada.

El aire alrededor de ella empieza a cambiar.

No sé cómo describirlo. Cambia, se aprieta, el espacio entero empujando hacia un mismo punto invisible, y ella, en el centro, empieza a desdibujarse por los bordes de una forma que ningún ojo humano debería aceptar sin gritar.

No grito. Hago algo mucho más estúpido.

La sujeto.

No sé por qué. No hay ninguna razón en ello, ninguna que pudiera explicarle a mi padre, a Fergus, a mi propia abuela si me preguntaran esta noche por qué crucé esos últimos pasos y cerré la mano alrededor de su brazo en vez de dejar que lo que fuera que estaba pasando se la llevara sin mí.

Quizás llevo toda la vida esperando que algo, cualquier cosa, me eligiera a mí antes de que yo tuviera tiempo de decidir si quería que me eligiera.

Quizás no hay ninguna razón buena y solo fue esto: la vi a punto de desaparecer y algo en mí, más rápido que el pensamiento, decidió que no iba a dejarlo pasar sin averiguar qué era.

Ella grita algo —una palabra, quizás dos, en su lengua imposible— y después el mundo entero deja de tener forma.

No hay dolor, al menos no al principio. Hay presión, en todas direcciones a la vez: el aire convertido en agua, y el agua apretando.

Después no hay nada. Un nada tan completo que durante un instante estoy seguro de haber muerto, de que esto es lo que le espera a un hombre que comete la insensatez de sujetarse a lo que no debe sujetarse.

Entonces el nada se rompe de golpe y hay ruido, tanto ruido de una vez que me duelen los oídos antes de entender siquiera una sola cosa de lo que estoy oyendo.

Caigo. Piedra dura bajo las manos, gris, lisa de una forma que ninguna piedra debería ser lisa.

Sobre mi cabeza, luces —no antorchas, no el sol, algo blanco y fijo y sin parpadeo, colgado de postes tan rectos que parecen tallados por una mano que nunca ha temblado.

El aire huele a metal caliente y a algo dulzón que no consigo nombrar.

Y hay sonidos, docenas superpuestos, ninguno reconocible: un rugido grave y constante, voces distantes, un chillido agudo que se acerca y se aleja demasiado rápido para ser de ningún animal.

Ella está a mi lado, en el suelo también, con el objeto de la muñeca echando chispas y un corte de luz cruzándole la cara.

—No —la oigo decir, y esta vez sí entiendo la palabra, aunque no sé cómo, aunque un segundo antes hablaba en una lengua que no era la mía—. No, no, no, esto no puede... tú no deberías...

No termina la frase. Se queda mirándome con una expresión que ya no tiene nada de la determinación fría de antes. Solo horror, puro y sin adornos, del tipo que reconozco porque probablemente sea el mismo que tengo yo pintado en la cara ahora mismo.

Me pongo de pie despacio, las piernas todavía sin fiarse del todo de sostenerme, y miro alrededor por primera vez con algo parecido a la atención.

No hay glen. No hay montañas, no hay vado, no hay una sola cosa reconocible en ninguna dirección salvo el cielo, y ni siquiera el cielo es del todo el mismo, teñido de un naranja sucio que no había visto nunca sobre ningún horizonte.

Y en algún rincón de mi cabeza, contra toda la razón que me queda, contra veinte años enteros de haberme dicho a mí mismo que no era más que un cuento junto al fuego, oigo la voz de mi abuela tan clara que podría estar de pie a mi lado.

Se sujeta uno fuerte, y no se suelta.

Lo he hecho. Y no tengo ni idea de en qué me he convertido por hacerlo.