El Polizón del tiempo CAPÍTULO 7
21%

CAPÍTULO 7

NAYRA

Faltan cuatro días para el Umbral cuando decido que no voy a esperar a que esos días lleguen.

Espero a que mis padres se acuesten. Es un martes, otra vez —esta historia parece tener predilección por los martes—, y la casa a esta hora suena exactamente igual que sonó aquella otra noche: callada, expectante, a la espera de permiso para hacer ruido.

El cajón cede con más facilidad de la que esperaba.

La cerradura es vieja, mecánica, del tipo que se abre con una horquilla y un poco de paciencia si has pasado suficientes tardes de aburrimiento en simulaciones de historia doméstica del siglo veinte aprendiendo cómo funcionan.

El Ancla pesa más de lo que aparenta, fría al tacto, con una superficie rayada que habla de un uso real.

La reconozco enseguida por dentro: llevo media vida estudiando estos dispositivos en las simulaciones del Instituto, los primeros modelos que usó la Guardia Crono antes de que los actuales redujeran el consumo a la mitad.

Sé cómo se enciende. Sé, más o menos, cómo se programa una coordenada.

Lo que no sé es si de verdad voy a tener el valor de hacerlo hasta que ya lo estoy haciendo.

Escribo la fecha de memoria. Las Tierras Altas escocesas, verano, un año que he visitado cientos de veces desde mi cuarto y ninguna con mi propio cuerpo.

La pantalla del Ancla parpadea en un tono ámbar que no había visto en ninguna simulación, y por un segundo, con el dedo suspendido sobre el botón de confirmación, pienso en todo lo que llevo aprendido esta noche: que esto es ilegal, que el primo de Deo recibió una visita de la Guardia Crono solo por pedirlo, que mis propios padres son la Guardia Crono, que si algo sale mal nadie en el universo va a estar mejor posicionado para encontrarme que las dos personas que duermen a quince metros de aquí.

Lo hago de todos modos.

No hay una luz cegadora, ni un sonido dramático, ni nada de lo que prometen las simulaciones baratas para turistas curriculares.

Hay una presión, primero: el aire entero empujando en todas direcciones a la vez, y después nada, un nada tan completo que durante un instante estoy segura de que el Ancla se ha roto y no ha pasado absolutamente nada, y después el nada termina y hay viento.

Viento de verdad. Frío, cargado de un olor que ninguna simulación ha conseguido nunca reproducir del todo — tierra húmeda, humo de leña, algo verde y salvaje que no tiene nombre en mi época porque en mi época no queda nada tan verde ni tan salvaje.

Abro los ojos —no recuerdo haberlos cerrado— y lo primero que pienso, con una claridad que no esperaba en un momento así, es que todas mis simulaciones estaban equivocadas.

No en los datos. En la escala. Las montañas no bajan hacia el valle: se derraman, enormes, ásperas, cubiertas de un tono de verde oscuro que las mejores hologramas del Instituto siempre suavizaban demasiado para que resultara agradable a la vista.

El cielo no es un decorado detrás de las montañas.

Es una cosa viva, gris y en movimiento constante, tan cerca que parece que si estirara la mano podría tocarlo.

Estoy de pie sobre hierba de verdad, en una loma que baja hacia un valle atravesado por un río, y no hay ni una sola cámara mirándome, ni un sistema preguntándome si quiero activar una rutina de calma, ni nadie en el mundo que sepa dónde estoy.

Por primera vez en mi vida, nadie sabe dónde estoy.

Es un pensamiento tan grande que tengo que sentarme un momento en la hierba para dejar que me atraviese entero.

Cuando por fin consigo levantarme, sigo el sonido del río hacia abajo, con el Ancla bien sujeta contra el pecho y la cabeza llena de todas las advertencias que me he dado a mí misma durante semanas: nada de contacto, nada de intervenir, solo mirar desde la distancia correcta, la misma frase que llevo oyendo toda la vida convertida ahora, por fin, en algo que puedo cumplir por elección propia y no por obediencia.

El humo lo veo antes que el poblado: varias columnas finas subiendo desde detrás de una loma, señal inequívoca de fuego, de gente, de vida organizada alrededor de algo.

Me quedo en el límite del bosque, agachada entre unos helechos que me llegan casi al hombro, y desde ahí, por primera vez, veo con mis propios ojos lo que llevo media vida viendo solo a través de una pantalla .

Casas de piedra baja, techos de paja envejecida, un salón más grande que el resto con humo saliendo de un hueco en el tejado.

Gente moviéndose entre las casas con una economía de movimientos que ninguna simulación consigue capturar del todo — nadie camina para una cámara, porque nadie sabe que existen las cámaras, porque aquí no las hay.

Un hombre reparte leña. Dos niños persiguen algo, quizás un perro, quizás el uno al otro.

Una mujer tiende telas al viento con las manos rojas de frío.

Es exactamente lo que estudié, y no se parece en nada a lo que estudié, y no consigo decidir cuál de las dos cosas me sorprende más.

Me quedo ahí más tiempo del que había planeado, mirando, memorizando, dejando que el asombro haga lo que quiera conmigo sin oponer ninguna resistencia, porque después de tantos años imaginando este momento no pensaba desperdiciarlo teniendo cuidado.

El sol empieza a bajar antes de que me dé cuenta de cuánto tiempo llevo aquí, y con la caída de la luz me llega también, por fin, algo de sensatez: tengo que volver antes de que en casa noten mi ausencia, antes de que el Ancla necesite recargarse, antes de que la distancia correcta que tanto he prometido mantener se convierta en una promesa que ya no dependa de mí.

Retrocedo entre los helechos, despacio, sin apartar del todo la vista del poblado, y es ese descuido —mirar hacia atrás en vez de mirar por dónde piso— lo que hace que no vea la raíz hasta que ya estoy en el suelo, con el Ancla resbalando de mis manos y un ruido seco, metálico, que no me gusta nada, viniendo de algún punto entre la hierba.

La recojo enseguida. Por fuera parece intacta. No tengo forma de saber, en ese momento, que no lo está.

Programo el regreso con las manos temblando, más por el frío que por miedo, aunque un poco también por miedo, y cuando el aire vuelve a empujar en todas direcciones a la vez, juraría —solo por un instante, solo por el rabillo del ojo— que algo se mueve entre los helechos detrás de mí.

No tengo tiempo de comprobarlo. Algo —alguien— me sujeta el brazo con una fuerza que no debería estar ahí, y el grito se me escapa antes de que pueda decidir si tiene sentido gritar en un momento así.

Ya estoy en otro lugar.