El Polizón del tiempo CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

TORIN

Diez días, y el glen entero se ha puesto a preparar mi boda con más entusiasmo del que yo mismo consigo reunir.

Telas nuevas tendidas junto al salón grande. Tinte fresco para el tartán de la ceremonia. Una mujer llamada Beitris que lleva dos días midiéndome los hombros con un hilo, frunciendo el ceño, personalmente ofendida por la forma de mis hombros.

—Quieto —me dice, por tercera vez en una hora—. Un hombre no se casa dos veces, Torin. Así que esta vez te va a quedar bien el tartán aunque tenga que coserlo yo misma encima de ti.

—Podrías coserme directamente a la mesa. Ahorraríamos tiempo.

Se ríe, pero no deja de medir. Me quedo ahí, brazos extendidos como un espantapájaros, pensando que hay formas peores de pasar una tarde y que aun así esta se las arregla para sentirse como una de ellas.

Encuentro a Mairead más tarde, cerca de los establos, revisando con su doncella la lista de invitados con la misma seriedad con la que revisaría tropas antes de una batalla.

Ya se ha instalado en la casa grande, ella y su padre, a la espera de los quince días.

En este tiempo hemos aprendido, sin proponérnoslo, una especie de compañerismo raro: no el de dos personas que se aman, sino el de dos que llevan el mismo peso y han decidido, cada una a su manera, no quejarse delante de la otra.

—¿Cómo va el tartán? —pregunta, sin levantar la vista de la lista.

—Beitris cree que le debo algo personal por tener hombros. No sé qué he hecho para merecerlo.

—Yo llevo dos días probándome el mismo vestido siete veces, y todavía no entiendo por qué tiene que quedar perfecto para una boda que ni siquiera elegí.

—Deja la lista, por fin, y me mira con esa franqueza suya que cada vez me sorprende menos—.

¿Sigues sin saber en cuál de los dos hombres te vas a convertir?

Se lo dije la primera noche, en el patio, sin pensarlo demasiado: que no sabía si era de los que el deber y el corazón les caminan juntos, o de los que aprenden a caminar aunque no coincidan. Que se acuerde todavía me sorprende más que la pregunta .

—No —admito—. ¿Y tú?

—Yo decidí hace mucho que prefiero no preguntármelo. Es más fácil.

—¿Y es cierto? ¿Es más fácil?

Se lo piensa de verdad, más tiempo del que la pregunta merece, con la vista fija en algún punto detrás de mí, hacia el camino por el que llegaron los Cameron. Se lo agradezco, en vez de una respuesta rápida solo por quedar bien.

—Algunos días —dice, al final—. Otros no. —Y entonces, con una firmeza que no le conocía hasta hoy, añade—: Pero sea lo que sea lo que sientas, Torin, no dejes que se te note delante de tu padre. Ni delante del mío. Esta alianza necesita cerrarse limpia, sin dudas de ningún lado. Prométemelo.

No es un consejo. Es casi una orden, y me sorprende la urgencia que le pone, como si supiera algo del peso de estos quince días que a mí todavía se me escapa del todo.

No sé qué contestar a eso, así que solo asiento, y ella parece conformarse con el gesto, aunque algo en su cara —un alivio que llega demasiado rápido, demasiado completo para una simple promesa entre dos casi desconocidos— se me queda dando vueltas más tiempo del que le doy importancia esa tarde.

Ella vuelve a su lista, y yo me alejo hacia donde de verdad quería ir desde esta mañana, aunque me haya costado media jornada de mediciones y conversaciones admitírmelo .

El vado queda más lejos de lo que recordaba.

O quizás soy yo el que camina más despacio, sin prisa por llegar a ningún sitio.

La piedra está donde siempre ha estado, medio hundida en la orilla, cubierta de musgo en el lado que nunca ve el sol.

Ninguna marca que yo pueda leer, ninguna talla, nada que la distinga de cualquier otra piedra del glen salvo el nombre que le hemos puesto entre todos durante generaciones.

Me siento en ella de todos modos. Es lo que hago desde niño cuando necesito pensar sin que nadie me interrumpa, y hoy tengo mucho que pensar y muy poca gente dispuesta a dejarme hacerlo en paz.

Diez días. Después de eso, Mairead Cameron será mi esposa.

El nombre de mi padre quedará a salvo. La paz con los Cameron quedará sellada.

Todo el mundo en este glen dormirá un poco mejor sabiendo que los MacKenzie tendrán que pensárselo dos veces antes de mirarnos con hambre.

Es un buen trato. Lo ha sido desde el principio.

El problema, si es que hay uno, no está en el trato.

Está en la parte de mí que sigue esperando, sin ninguna razón sensata, que pase algo que lo cambie todo antes de que se cierre del todo.

No creo en la piedra. Hace años que no. Pero hay algo en sentarme aquí, en este sitio exacto, que todavía me hace sentir más joven de lo que soy: el Torin de ocho años que escuchaba la historia con la boca abierta, convencido de que el mundo guardaba una grieta en alguna parte, un sitio donde lo imposible podía colarse si uno tenía la paciencia de esperarlo.

—Qué tontería —digo en voz alta, solo para oírmelo decir. Solo para comprobar que sueno tan razonable como me gustaría sonar.

El agua del vado sigue corriendo, indiferente, con el mismo sonido de siempre. Más allá de la loma un pájaro contesta algo que no es respuesta a nada.

Me quedo un rato más del que pretendía. Cuando por fin vuelvo hacia el glen, con el sol ya bajando y el frío metiéndoseme por debajo del tartán a medio coser, decido que ya he tenido suficiente autocompasión por un solo día.

Mañana le pido a Beitris que termine de una vez con las medidas.

Y dejo de contar los días que faltan, aunque contarlos no vaya a cambiar el número.

Nueve, me corrijo, sin poder evitarlo, cruzando la puerta del salón grande, el calor del fuego recibiéndome como recibe siempre a todo el que vuelve.

Nueve días.