El Polizón del tiempo CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

NAYRA

Encuentro el programa un martes, a las once de la noche, buscando algo completamente distinto.

Se llama Registro de Observación Histórica Autorizada, y está enterrado en la sección de normativa del Instituto, en un apartado tan aburrido que estoy segura de que lo escribieron precisamente para que nadie llegara hasta él por accidente.

Permite que un ciudadano sin vocación de historiador participe, bajo supervisión directa, en una misión de observación temporal — siempre que un agente activo de la Guardia Crono figure como responsable y garante.

Nada de intervenir. Nada de tocar nada. Solo mirar, desde la distancia correcta, exactamente como dijo mi padre, solo que esta vez con un permiso de verdad detrás.

Lo leo tres veces para asegurarme de que no me lo estoy inventando .

Es legal. Es aburrido, burocrático y completamente legal, y lo único que necesita es la firma de un patrocinador con rango suficiente dentro de la Guardia. Tengo dos en casa.

Lo plantearé hoy, decido, con la solicitud ya redactada en mi tablet y la seguridad que llevo días ensayando frente al espejo. Elijo la cena, un momento en que los dos están sentados, sin uniforme, sin ninguna llamada pendiente, porque si voy a hacer esto, lo voy a hacer bien.

—Hay un programa de observación histórica autorizada —empiezo—. Legal, supervisado, dentro de las normas de la Guardia. Necesita el patrocinio de un agente activo. Quiero pedírselo a los dos.

—No —dice mi padre, sin levantar la voz, con la misma calma de siempre, la que a veces me saca más de quicio que cualquier grito—. Y antes de que preguntes por qué: llevo catorce años viendo qué pasa cuando algo sale mal en un salto autorizado y supervisado. No es tan raro como te gustaría creer.

—Es un programa oficial, papá. Con protocolo, con historiadores acreditados usándolo cada semana.

—Historiadores acreditados con años de entrenamiento en protocolo de contingencia. Tú tienes diecinueve simulaciones de orientación vocacional y una obsesión. No es lo mismo.

—Podría entrenarme. Podría hacer el curso, sacarme la acreditación básica, lo que haga falta.

—Podrías. —Mi madre lo dice con suavidad, pero sin ceder ni un centímetro—.

Y aun así seguiríamos diciendo que no, Nayra, porque no se trata de si estás capacitada.

Se trata de que cada salto, autorizado o no, lleva un riesgo que tu padre y yo llevamos toda la vida gestionando de cerca.

No es una norma arbitraria. Es lo que sabemos, de primera mano, que puede pasar.

—Entonces nunca va a ser suficiente. Ningún curso, ninguna acreditación, nada.

—Puede que no —dice mi padre, y lo dice sin ninguna crueldad, casi con pena, lo que de algún modo es peor—. Hay trabajos que se ven distintos cuando los haces tú a cuando los ves hacer desde fuera. El nuestro es de esos.

—Entonces me estás diciendo que da igual lo que yo haga. Que la respuesta siempre va a ser no.

—Te estoy diciendo que hay cosas que un padre no puede autorizar solo porque su hija las quiera mucho.

Es una frase razonable. Es, probablemente, exactamente lo que diría cualquier padre con su trabajo, y esa es la parte que más me duele: que no puedo ni siquiera enfadarme del todo, porque no está siendo injusto, solo está siendo inamovible, y contra eso no sé cómo pelear .

—Lo puede patrocinar otro historiador. No tiene que ser ustedes.

—Nayra. —Mi madre niega con la cabeza, ya sin paciencia para explicarlo otra vez—.

Ningún agente de la Guardia va a firmar el patrocinio de la hija de dos compañeros sin que nosotros lo sepamos primero.

Así no funciona esto. Y aunque funcionara así, tampoco lo firmaríamos.

Es un no, cariño. Uno solo, pero de los dos.

Me quedo mirándolos a los dos, sentados uno al lado del otro con esa unidad que solo tienen cuando se trata de mí, y sé, con la certeza de quien ya ha perdido esta discusión antes de empezarla, que no hay ningún argumento que me quede por probar.

No hay grieta. No hay puerta entreabierta.

Solo dos personas que me quieren, que creen de verdad que me están protegiendo, y que jamás — nunca, bajo ninguna versión de este plan — me van a dejar ir.

—Vale —digo, y me sorprende lo tranquila que me sale la voz, porque por dentro no tengo nada de tranquila—. Ya lo entendí.

Subo a mi cuarto sin dar un portazo, sin decir nada más, porque he decidido, en algún punto de esa última frase, que no vale la pena gastar ni una palabra más discutiendo algo que ya sé que no va a cambiar por mucho que discuta.

—Nayra —dice el cuarto, con esa voz de siempre—. Detecto elevación en tus indicadores de estrés. ¿ Quieres que active una rutina de calma?

—No.

—Registrado.

Me recuesto en la cama y pienso, no en mis padres, que en el fondo solo hicieron lo que llevan haciendo toda mi vida, sino en la palabra que ha usado mi padre: inamovible.

Llevo diecinueve años intentando encontrar la versión de mi vida que quepa dentro de sus reglas, probando cada puerta legal que se me ha ocurrido, y todas, sin excepción, terminan en el mismo sitio.

Si de verdad no hay ninguna manera de que digan que sí — ninguna acreditación, ningún curso, ningún argumento que valga —, entonces llevo toda mi vida jugando un juego que estaba amañado desde el principio.

Y a un juego amañado, empiezo a pensar esa noche, no se le deben las reglas.