El Polizón del tiempo CAPÍTULO 4
12%

CAPÍTULO 4

TORIN

Los Cameron llegan nueve días antes de lo acordado. En este glen, donde hasta el clima parece consultar antes de cambiar, nueve días de adelanto no son un descuido. Son un mensaje.

Los veo desde la colina antes de que lleguen a las puertas: una veintena de jinetes. Más de los que hacen falta para escoltar a una hija y a su padre a cerrar un compromiso. Eso solo, contado en número de hombres armados, ya dice más de lo que va a decir ninguno de ellos con palabras.

—Guerra en el norte —dice Fergus, a mi lado, con una seriedad rara en él, y por eso mismo la escucho de verdad—. Los MacKenzie han estado moviéndose cerca de sus tierras. Si la alianza con nosotros no está cerrada antes de que eso avance, los Cameron se quedan solos entre dos fuegos.

—Así que adelantan la boda .

—Así que adelantan la boda.

Lo dice sin alzar la voz. Sin urgencia. Me pregunto cómo hace Fergus para que las cosas que a mí me aplastan el pecho a él le resbalen como agua sobre piedra. O quizás no le resbalan. Quizás solo ha aprendido, mejor que yo, a no dejar que se le note.

Mi padre recibe al padre de Mairead en el salón grande con toda la ceremonia que exige la ocasión: whisky, pan, la mesa larga vestida de celebración.

Todos en la sala sabemos que es una negociación con espadas escondidas bajo la cortesía.

Yo estoy donde se supone que debo estar, al lado de mi padre, espalda recta, la cara que pongo desde niño cuando toca parecer más hombre de lo que me siento.

Mairead está sentada frente a mí, las manos quietas sobre la falda, esa risa de boca cerrada que es, todavía, casi todo lo que sé de ella. No parece más contenta que yo con el adelanto. Eso, al menos, lo tenemos en común.

—Quince días —dice el padre de Mairead, sin adornar la cifra con ninguna disculpa—. La boda se hará en quince días, con la luna llena. Con eso zanjamos toda duda de que MacRae y Cameron son un solo clan a ojos de quien quiera medir fuerzas contra nosotros.

Quince días. La cifra cae con un peso distinto al de "dos lunas", que sonaba lejano, casi teórico, algo que podía seguir posponiendo en la cabeza sin mentirme del todo. Quince días es una fecha. Un límite con bordes.

—Es un buen plazo —dice mi padre, y hay un asomo casi imperceptible en su voz. La primera vez que sospecho que a él también le cuesta fingir naturalidad.

Firman lo que hay que firmar, brindan lo que hay que brindar, y en cuanto la formalidad se afloja lo suficiente para que la gente empiece a levantarse de la mesa, salgo al patio a buscar aire que no huela a humo ni a whisky ni a promesas que no son mías.

Mairead me encuentra ahí. No lo esperaba. Los dos nos quedamos un momento sin saber qué hacer con la sorpresa de estar de verdad a solas por primera vez.

—No pareces un hombre feliz con su suerte —dice, sin rodeos. La franqueza me cae mejor que cualquier otra cosa que le haya oído decir hasta ahora.

—¿Y tú pareces una mujer feliz con la suya?

Se ríe, esta vez con la boca abierta, y por un instante deja de ser la Mairead de la risa cerrada. Se convierte en alguien que, en otra vida, en otra alianza, quizás me hubiera caído bien.

—No especialmente. Pero mi padre necesita esto, y yo no soy de las que se rompen la vida por llevarle la contraria a algo que de todos modos va a pasar.

— Me mira de arriba abajo, sin nada romántico en la mirada, más bien con la actitud de quien evalúa a un compañero de trabajo que le acaban de asignar sin consultarle—. ¿Tú sí eres de esos?

No sé qué contestarle. Hace un mes le habría dicho que no, con la misma naturalidad con la que le dije a mi padre que era un buen matrimonio. Esta noche, con quince días cayendo encima como una losa, no estoy tan seguro.

—No lo sé —le digo. La honestidad me sorprende a mí mismo—. Creo que nunca me lo habían preguntado así de claro.

Mairead asiente, despacio. Algo en su gesto dice que mi respuesta reveló más de lo que yo quería.

—Bueno. Entonces quedan quince días para averiguarlo.

Se va antes de que pueda contestar. Me deja en el patio, con el frío de la noche entrándome por debajo de la manta, y esa sensación cada vez menos rara, cada vez más constante: mi vida entera se decide en reuniones a las que asisto pero de las que nunca formo parte de verdad.

Encuentro a mi abuela despierta todavía. Poco común a esta hora. Sentada junto a las brasas que ya casi no dan luz.

—Quince días —le digo. No hace falta explicarle de qué hablo. Las noticias en este glen viajan más rápido que la gente.

—Lo he oído.

—¿Tienes algún otro dicho de la piedra para esto? —Lo digo medio en broma. Medio no. Una parte de mí, patética quizás, espera de verdad que tenga algo.

Me mira largo rato antes de contestar. Sé, por cómo lo hace, que sabe más de lo que va a decirme.

—La piedra no habla de bodas, Torin. Habla de otras cosas. —Se queda callada un momento. Después añade, más bajo, casi para sí misma—: Pero quince días es tiempo de sobra para que cambie algo. A veces basta con una tarde.

No sé, esa noche, cuánta razón tiene. No tengo forma de saberlo todavía. Solo sé que me voy a dormir con la cifra quince clavada en el pecho, junto a todo lo demás que nunca he sabido cargar del todo bien.