El Polizón del tiempo CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

NAYRA

Catorce minutos. Es lo que tardo en resolver la crisis de humedad del sector residencial doce, antes de que los cultivos verticales simulados empiecen a pudrirse. La media, según me informa la voz tibia del sistema, es de veintidós.

—Excelente desempeño, candidata Duarte —dice esa misma voz que en algún momento decidió que "candidata" suena más motivador que "Nayra"—. Su compatibilidad con la trayectoria de Mediación de Recursos Atmosféricos ha aumentado tres puntos. ¿Desea continuar con el siguiente escenario?

—¿Tengo elección?

—Siempre tiene elección, candidata Duarte.

No la tengo, en realidad, porque "elegir no continuar" cuenta como negativa a completar el proceso de orientación, y eso genera una nota en mi expediente que después alguien en el Instituto tiene que explicar, y esa persona suele ser mi madre, que ya tiene suficiente con explicar mis cosas delante de gente con uniforme.

Así que continúo. Resuelvo una segunda crisis, de distribución energética, y una tercera, de mediación vecinal entre dos bloques que se disputan un jardín comunitario, y en las tres soy, según el sistema, notablemente eficiente, y en las tres siento exactamente lo mismo que sentiría resolviendo un crucigrama que no me interesa: nada.

Salgo del Instituto cuando ya ha oscurecido y encuentro a Iris sentada en las escaleras, comiéndose algo que huele a fruta sintética de mango y que probablemente no sea ni fruta ni mango.

—¿Cómo te fue con los atmosféricos? —pregunta, sin levantar la vista del envase.

—Catorce minutos. Le gané a la media por ocho.

—Qué asco de talento tienes para cosas que odias.

Iris tuvo su Umbral hace ocho meses. Le tocó —"le tocó" es la palabra que usa siempre, aunque no fue ninguna lotería: fue un sistema diseñado específicamente para parecerlo— Gestión de Bienestar Comunitario, que en la práctica consiste en organizar actividades para que la gente de su sector se sienta menos sola, y que a ella, para mi sorpresa constante, le encanta de verdad.

Es la única persona que conozco a la que el sistema le acertó, y por eso mismo es la única persona que se permite decirme, sin que suene cruel, que quizás a mí también podría acertarme si dejara de pelearme con él antes de darle la oportunidad.

—No es que odie los atmosféricos —le digo—. Es que me da igual. Y me da igual la de sistemas comunitarios. Y me daría igual la tercera si me la pusieran.

—Eso es porque las tres son iguales, Nayra. Solo cambia el nombre.

—Exacto. Ese es el problema.

Camina a mi lado un rato sin decir nada, cosa rara en Iris, que normalmente llena cualquier silencio antes de que este tenga tiempo de sentirse incómodo. Cuando por fin habla, lo hace con ese tono que reserva para las cosas que de verdad le preocupan, muy distinto al que usa para todo lo demás.

—¿Sabes lo que le pasó al primo de Deo?

—¿El que se obsesionó con Roma?

—Ese. Se pasó tres años simulando el Imperio, hablando en latín en las cenas familiares, todo el numerito. Y cuando llegó su Umbral y el sistema no le ofreció nada relacionado, entró en pánico y presentó una apelación pidiendo que le crearan una vocación nueva. Historiador Vivencial, la llamó él.

—¿Y qué pasó?

—Que no existe esa categoría, porque estudiar el pasado desde una simulación aprobada es una cosa y querer vivirlo es directamente ilegal, y la apelación terminó con una visita de la Guardia Crono a su casa para asegurarse de que "vivirlo" era una forma de hablar y no un plan concreto.

Se me hiela algo en el pecho que no tiene nada que ver con la temperatura de la calle.

—¿Le pasó algo?

—No, nada, lo dejaron con una advertencia y una nota en el expediente que probablemente le va a perseguir toda la vida.

Pero te lo cuento porque sé cómo hablas de las Hailands, Nayra, y no es la manera en que la gente habla de una simulación que le gusta.

Es la manera en que la gente habla de un sitio al que quiere ir.

No le contesto enseguida, porque no tengo una respuesta que no sea básicamente "tienes razón y no sé qué hacer con eso", y esa no es una respuesta que me apetezca decir en voz alta a las siete de la tarde en una calle con más cámaras que farolas.

—Mis padres son la Guardia Crono, Iris. No van a mandarme una advertencia. Me van a mandar directamente a la cena.

Se ríe, aunque no del todo, y me abraza fuerte al despedirse, un abrazo que dice "cuídate" mejor que cualquier palabra, y yo me quedo pensando en el primo de Deo todo el camino a casa, y en la palabra " ilegal" aplicada a algo que a mí, hasta ahora, siempre me había parecido solo triste. Un límite. No un delito.

En casa no hay nadie. Mis padres tienen turno hasta tarde —hay algo de eso en el mensaje que me dejó mi madre, "reunión de unidad, cenad sin nosotros"— y la casa, sin ellos, suena distinta: más callada, expectante, a la espera de permiso para hacer ruido.

El despacho de mi padre no es territorio prohibido.

Hago los deberes ahí casi tan seguido como en mi cuarto, porque tiene la mejor luz de toda la casa y porque a él, cuando está, le gusta tenerme cerca aunque los dos estemos concentrados en cosas distintas.

En esta familia no hay puertas que no se puedan abrir, solo cosas que cada uno prefiere guardarse para sí — que es, sospecho, la forma en que funciona la libertad en cualquier casa donde dos de los tres habitantes trabajan para la Guardia Crono.

Lo único de verdad cerrado es el cajón inferior del archivador.

Tiene una cerradura de las de verdad, mecánica, del tipo que ya casi nadie usa porque casi nadie necesita guardar nada que un sistema no pueda proteger mejor.

Nunca le he dado más vueltas de las que le doy esta noche, cuando paso por delante camino a mi cuarto y veo que está entreabierto apenas un dedo — cerrado deprisa, a medias, sin terminar del todo .

Me detengo. No sé si es la conversación con Iris, o la palabra "ilegal" todavía dando vueltas, o solo la curiosidad de siempre, esa incapacidad mía de dejar una puerta entornada sin mirar qué hay detrás.

Tiro del cajón. Cede el dedo que ya estaba abierto y no más, pero es suficiente para ver, en la oscuridad de dentro, el brillo apagado de metal viejo.

Una forma que reconozco de las simulaciones de historia de mi propia época, de los primeros años de la Guardia Crono, cuando los Anclas todavía se fabricaban a mano y pesaban el doble de lo que pesan ahora.

Un Ancla.

Se me acelera algo en el pecho que no es miedo. Es la otra cosa, la que se parece más a una puerta abriéndose que a una cerrándose.

—¿Buscabas algo? —Mi padre está en el marco de la puerta, todavía con la chaqueta puesta, y no hay ninguna alerta en su voz, solo la sorpresa tranquila de encontrarme donde no esperaba.

—Vi el cajón abierto. Nunca lo había visto abierto.

—Ah, eso. —Se acerca, lo cierra sin ceremonia, casi sin mirarlo, con el mismo desinterés con el que apartaría un plato ya frío—. Cosas de cuando entré a la Guardia. Debería haberlo tirado hace años, la verdad. Ni me acordaba de que seguía ahí.

Lo dice con tan poco peso que casi le creo del todo. Casi.

—¿Y por qué lo cierras con llave, si es basura?

Se ríe, un poco cansado, y se sienta en el borde del escritorio, cerca de mí.

—Costumbre, supongo. Uno guarda ciertas cosas bajo llave no porque valgan algo, sino porque no sabe qué hacer con ellas. —Me mira un momento, y por primera vez en todo el día parece, de verdad, solo mi padre y no un inspector de la Guardia Crono—. ¿Cómo te fue hoy?

—Catorce minutos en atmosféricos. Le gané a la media.

—Esa es mi hija. —Sonríe, y me revuelve el pelo con el mismo gesto de cuando tenía ocho años, y por un segundo me dejo, aunque ya no los tenga—. Ven. Cenamos algo, aunque sea sin tu madre.

Bajamos juntos, y no vuelve a mencionar el cajón, y yo tampoco, pero durante toda la cena sigo notando su peso en algún sitio detrás del esternón, como una moneda que me hubiera tragado sin querer.

Faltan nueve días para el Umbral.

Y por primera vez desde que tengo memoria, tengo algo parecido a un plan — imposible, ridículo — dando vueltas en la cabeza, y no pienso contárselo a nadie hasta que sepa si de verdad se sostiene.