El Polizón del tiempo CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

TORIN

El cielo amanece color de acero recién afilado. Motivo suficiente para levantarse sin quejarse. Un cielo así no dura. Aquí nada dura: ni el buen tiempo, ni la paz con los Cameron, ni la paciencia de mi padre.

Y hoy llego tarde al entrenamiento.

—El segundo al mando del clan —dice Fergus, apoyado en su hacha, con la sonrisa que lleva quince años sacándome de quicio— durmiendo hasta que el sol le hace sombra en la cara. Buen día para las canciones que van a escribir sobre ti, Torin.

—Escribe tú una, Fergus. Rima "tarde" con "cállate" y ya tienes media estrofa.

Ríen los hombres. Basta con eso para que el entrenamiento empiece de verdad.

Espadas de madera primero, para no perder dedos antes del desayuno.

Después el acero, hasta que los nudillos se abren y el sudor se enfría más rápido de lo que el cuerpo lo nota.

Llevo una espada en la mano desde niño. Tanto tiempo que casi olvido que hubo un antes: un Torin sin callos, sin la cicatriz que un Cameron mal entrenado me dejó hace tres veranos.

Mi padre dice que un hombre que no sangra por su clan no puede llamarse hombre del clan.

Yo he sangrado más de una vez. No sé si eso me hace más hombre. Sé que me hace más cansado.

Terminamos con el sol ya alto y los brazos pesándome como troncos. Ahí me llama mi padre aparte. Nunca augura nada bueno. Solo me llama aparte para dos cosas: reprenderme, o recordarme el deber. Hoy es lo segundo. Algunos días eso me parece peor.

—La boda se hará antes de la primera nieve —dice, sin rodeos. Mi padre no conoce los rodeos ni por curiosidad—. Los Cameron ya lo acordaron. Mairead viene con su padre dentro de dos lunas, a cerrar los términos.

—Lo sé, padre.

—Lo sabes. Pero cada vez que lo digo pones cara de que te anuncio una muerte.

No es una muerte. Es una alianza. Paz entre dos clanes que llevan más generaciones peleando que recordando por qué empezaron, sellada con mi nombre y el de una mujer a la que he visto tres veces y de la que solo recuerdo que ríe con la boca cerrada, casi a escondidas.

No la conozco. Tampoco la odio —no siento por ella nada tan fuerte como para merecer palabra—, y esa nada es justo lo que me pesa en el pecho cada vez que mi padre dice su nombre en la mesa, con ese tono de tratado que reserva para estas cosas.

—Es un buen matrimonio —digo. Porque se espera de mí. Y porque es cierto.

—Lo es. —Me mira un momento de más. No dice nada más. En este clan no se gastan palabras en lo que ya se entiende, y yo sé leer sus silencios tan bien como sus órdenes: este dice que a él tampoco le sobra el entusiasmo, y que no piensa admitirlo dos veces.

Se marcha antes de que yo pueda decir nada. Me quedo con la espada todavía caliente en la mano y una palabra atragantada —deber— que sabe a hierro, como todo lo que sostengo con esta mano.

Por la tarde, cuando el trabajo está hecho, voy a ver a mi abuela. Como todas las tardes desde que tengo memoria. Está donde siempre, junto al fuego, las manos ocupadas en un tejido que nunca termina.

—Vienes con esa cara —dice, sin levantar la vista—. La de "mi padre me habló de la boda otra vez".

—¿Tan evidente es?

—Llevas esa cara desde los doce años, desde que entendiste lo que significaba "alianza". Siéntate. Vas a quedarte ahí de pie hasta que se te olvide a qué viniste .

Me siento. Chisporrotea el fuego. Un rato largo, ninguno de los dos dice nada. Es la forma en que mejor nos entendemos.

—Cuéntame otra vez la de la piedra del vado —pido, al final. Como cientos de veces desde niño.

No es que crea en ella. Hace años que no.

De niño me parecía lo más cerca de la magia que iba a conocer nunca —la única grieta en un mundo hecho de deber, entrenamiento y frío—.

Pero un hombre no vive esperando que una piedra cumpla nada.

Sé lo que es esta historia: un cuento que cada glen cuenta con otro nombre, que cambia cada vez que pasa de boca en boca, que ha durado tanto porque nadie puede probarlo ni desmentirlo.

La pido igual. No por lo que cuenta. La pido por cómo la cuenta ella.

—Dice la piedra —empieza, con la voz que guarda solo para esto— que de tanto en tanto, nadie sabe cada cuánto ni por qué, el vado deja pasar a alguien que no es de aquí.

Que habla raro. Que no sabe lo que cualquier niño de este glen sabe sin que se lo enseñen.

Y que, sin embargo, sabe cosas que todavía no deberían saberse.

—¿Y qué hace, cuando llega?

—Cambia un corazón para siempre. No el clima. No la guerra con los Cameron. Un corazón. Y se va. Sin despedida, sin aviso. Como vino.

—¿Y termina ahí ?

—Termina como terminan todas —dice, y sonríe. Esa sonrisa que reconozco más como final de la función que como confesión—. Quien la vea pasar, que no se pare a pensarlo.

Asiento. Dejo que se note lo poco que me lo creo. Ella deja que se note que no le importa. Es el pacto de siempre: yo pido, ella cuenta, ninguno finge que es otra cosa que un cuento junto al fuego.

Esa noche me duermo pensando menos en la piedra que en la cifra que de verdad pesa: dos lunas.

Mi padre tiene razón en algo, aunque nunca se lo vaya a decir: hay hombres a los que el deber y el corazón caminan por el mismo sendero, y hombres que aprenden a caminar aunque no coincidan.

Todavía no sé cuál de los dos voy a ser.

Solo sé que dos lunas no alcanza para averiguarlo.