El Polizón del tiempo
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CAPÍTULO 1
NAYRA
—Buenos días, Nayra —dice el cuarto, con esa voz que eligieron mis padres cuando yo tenía cinco años y que nunca actualizaron porque a ellos les sigue pareciendo "reconfortante".
A mí me parece la voz de alguien que me va a explicar, con mucha paciencia, por qué no puedo quedarme diez minutos más en la cama—.
Faltan doce días para tu Umbral. ¿Quieres repasar el itinerario de preparación?
—Quiero dormir cuatro minutos más.
—Registrado. Reduciendo la luz un doce por ciento.
Es lo más parecido a una negociación que voy a tener en todo el día.
Me quedo mirando el techo, que en este momento proyecta un cielo neutro, ese azul de catálogo que ponen por defecto cuando no le has pedido nada distinto.
Antes de dormirme anoche le pedí un cielo de 1690, tormenta sobre un páramo, porque estaba leyendo — otra vez — los registros de la campaña de las Hailands, y quería quedarme dormida con ese cielo encima.
El sistema lo borra automáticamente después de la medianoche.
Contenido histórico no verificado como "relevante para la vocación asignada" no puede permanecer activo más de seis horas.
Es una de esas reglas que nadie recuerda haber votado y que, sin embargo, todo el mundo obedece, porque cuestionarla implica admitir que hay reglas que nadie recuerda haber votado.
Me levanto antes de que el cuarto insista.
—Nayra —dice, ahora con un timbre distinto, el de cuando hay algo de verdad importante—. Tienes una notificación del Instituto del Umbral.
Se me cierra el estómago un poco. Doce días, y ya empiezan a llegar cosas con membrete oficial.
—Léela .
—"Estimada candidata: le recordamos que su ronda final de simulación vocacional ha sido programada.
Basándonos en su perfil, hemos preseleccionado tres trayectorias de alta compatibilidad: Mediación de Recursos Atmosféricos, Ingeniería de Sistemas Comunitarios, y Diseño de Experiencias Educativas Infantiles.
Le deseamos una experiencia de descubrimiento significativa. "
Experiencia de descubrimiento significativa. Tienen un generador de frases para eso, estoy segura. En algún sótano administrativo hay una IA cuyo único trabajo es hacer que "aquí tienes tu futuro, elige entre estas tres opciones que decidimos por ti" suene a aventura personal.
Ni una sola de las tres tiene nada que ver con lo único que quiero hacer con mi vida, que es una cosa que ni siquiera está en su lista, porque técnicamente no es una vocación: es una obsesión con algo que ya no existe.
El pasado.
No la versión curada, filtrada y aprobada por comité que nos enseñan en la escuela —esa donde el siglo XX es sobre todo "avances tecnológicos relevantes" y el resto de la historia humana cabe en dos módulos optativos—.
El pasado de verdad, el que huele a otra cosa, el que tiene barro y errores y gente que no sabía cómo terminaba su propia historia.
Llevo memorizando fechas, mapas de clanes, tratados y hambrunas desde que tenía nueve años, de la misma forma en que otras niñas memorizaban coreografías.
Tengo, guardadas en una partición privada de mi cuarto que técnicamente no debería tener, más de cuatrocientas horas de simulación inmersiva de las Tierras Altas escocesas del siglo XVII.
Las Hailands, les decíamos de niñas, porque "Highlands" nos costaba pronunciarlo bien y el apodo se quedó entre las que compartíamos la manía.
No quiero ser historiadora. Ya lo pensé, hace dos años, cuando todavía creía que podía convertir esto en algo que cupiera en un formulario.
Ser historiadora en 2189 es memorizar lo que ya decidieron que es importante y repetirlo en simulaciones para turistas curriculares.
No quiero ser maestra de historia tampoco, explicarle a una fila de adolescentes aburridos por qué debería importarles algo que a mí me quema por dentro.
Quiero la otra cosa. La que no tiene nombre en ningún catálogo del Instituto.
Quiero haber estado ahí.
Bajo a desayunar y mi madre ya está de pie frente a la ventana, con el uniforme puesto y esa forma suya de estar completamente quieta que aprendí a identificar, desde muy chica, como "mamá está trabajando aunque parezca que solo está mirando la calle".
Elena Duarte no necesita moverse para trabajar.
Comandante de unidad de la Guardia Crono no es un trabajo que se apague al llegar a casa .
—Doce días —dice, sin darse la vuelta.
—Me lo recordó el cuarto. Y el Instituto. Entre los dos ya llevo la cuenta con más precisión que un reloj atómico.
—No seas dramática.
—Soy exactamente el nivel de dramática apropiado para alguien a quien están a punto de decirle qué va a hacer el resto de su vida.
Eso la hace girarse. Mi madre tiene una manera de mirarme que combina preocupación genuina y ganas de que deje de complicarle las cosas — nunca sé bien cuál de las dos gana ese día.
—Nadie te va a decir qué hacer, Nayra. El Umbral te muestra opciones compatibles con quién eres.
—El Umbral me muestra opciones compatibles con quién decidieron que puedo ser, según un test que no incluye una sola casilla para "obsesionada con un periodo histórico que nadie más estudia en serio".
Mi padre entra en ese momento, todavía abrochándose el cuello del uniforme, y por la forma en que baja la vista hacia la mesa sé que ha escuchado el final de la frase y ha decidido, como hace siempre, no meterse hasta que sea absolutamente necesario.
Adrián Duarte tiene esa habilidad rarísima de estar en una habitación entera sin ocupar espacio en la conversación.
Es inspector de campo. Se pasa el día entero persiguiendo gente que hace exactamente lo que yo llevo años queriendo hacer: irse.
Cruzar. Ver con sus propios ojos lo que el resto de nosotros solo tiene permitido leer.
—¿Alguien va a comer o solo vamos a discutir? —dice, sirviéndose café sintético con una calma que a esta hora del día me resulta casi insultante.
—Estamos discutiendo el Umbral —le informo—. Puedes opinar. Es sobre mi vida.
—Tu madre tiene razón.
—Qué sorpresa.
—Nayra. —No levanta la voz. Nunca la levanta, y eso, por algún motivo, es peor que si gritara—.
Sé que las Hailands te parecen... —duda un segundo, atascado en la palabra exacta— más interesantes que tu vida real.
Lo entiendo mejor de lo que crees. Pero el pasado no se visita, Nayra.
Se estudia. Desde aquí. Desde la distancia correcta.
Lo dice con un peso que no le he escuchado nunca en una frase tan corta, un peso que no encaja con lo que está diciendo — es solo una regla, una de tantas, la clase de cosa que dice cualquier agente de la Guardia Crono con los ojos cerrados —, pero por un segundo, medio segundo, hay algo detrás de sus ojos que no es autoridad.
Es otra cosa. No sé nombrarla todavía. Se me queda pegada como una nota discordante en una canción que conozco de memoria.
Mi madre lo mira. Solo un instante, apenas nada, pero lo mira de una forma que no le he visto usar con él en años — algo entre "no empieces" y "¿estás bien?" — y luego vuelve a mirarme a mí, y la puerta que se había abierto un centímetro se cierra otra vez.
—Come algo —dice ella—. Llegas tarde a la simulación de orientación.
No como casi nada. Me voy con la mochila y con esa frase todavía dando vueltas: el pasado no se visita, se estudia .
Hay algo en el modo en que la dijo, un peso que no le conocía, que no termina de encajarme con la idea de que es solo una norma más entre tantas.
Casi como si él mismo no estuviera del todo convencido de creérsela.
Es ridículo pensarlo — mi padre es la persona menos propensa a la fantasía que conozco, un hombre que rellena reportes de incidentes temporales con la misma cara con la que se cepilla los dientes —, y aun así la frase se me queda enganchada en algún sitio del pecho todo el camino hasta el Instituto.
En la simulación de orientación de esta tarde me van a poner, otra vez, en un escritorio virtual gestionando "recursos atmosféricos" para una ciudad que no existe, y voy a hacerlo bien, porque se me da bien hacer las cosas bien, y al terminar el sistema va a decirme, con esa voz tibia de "experiencia de descubrimiento significativa", que mi compatibilidad ha subido dos puntos.
Y esta noche, cuando se apague la luz calibrada y el cuarto crea que ya estoy dormida, voy a volver a poner el páramo de 1690 en el techo, y voy a mirarlo hasta que me duela no poder tocarlo.
Doce días.
Doce días para que decidan, por mí y en mi nombre, quién se supone que soy.
No sé todavía qué voy a hacer con esos doce días. Solo sé que, por primera vez, la idea de dejar que alguien más decida el resto de mi vida se me hace insoportable de una forma nueva, distinta a todas las veces anteriores en que me la tragué sin más.