CAPÍTULO 25
NAYRA
Mi padre cruza la calle hacia nosotros sin prisa, con las manos todavía en los bolsillos del abrigo, con el paso de quien lleva toda la mañana esperando este momento exacto y por fin puede permitirse caminar despacio.
—Nayra.
Solo mi nombre. Nada más, al principio, y sin embargo ese nombre solo, dicho con su voz, con el acento exacto que llevo escuchando toda mi vida en la mesa de la cocina, me deshace algo por dentro que llevaba semanas sosteniendo con las dos manos.
—Papá.
Se detiene a unos pasos, lo bastante cerca para hablar sin gritar, lo bastante lejos para no asustarme, y por un segundo entero, antes de que la razón vuelva a imponerse sobre todo lo demás, lo único que siento es el impulso puro y estúpido de correr hacia él como corría de niña cuando volvía tarde del Instituto.
No corro. Torin, a mi lado, se ha puesto tenso de un modo que reconozco enseguida, calculando distancias, calculando peligro, sin entender ni una sola palabra de lo que se acaba de decir pero entendiendo perfectamente, por el lenguaje de mi cuerpo, que esto es exactamente lo que llevamos temiendo desde la azotea.
—Estás bien —dice mi padre, y no es una pregunta, es una comprobación, sus ojos recorriéndome entera con la misma urgencia clínica que le he visto usar en cada informe de campo que alguna vez dejó abierto sobre su escritorio—. Estás bien de verdad.
—Estoy bien.
—Llevo once días buscándote. Solo. Sin decírselo a tu madre, sin abrir un caso oficial, usando cada favor que me quedaba pendiente de veinte años de servicio para conseguir acceso a este punto exacto antes de que alguien más lo consiguiera primero.
—¿Por qué?
La pregunta le sale a él de la cara antes que a mí de la boca: una expresión que no le había visto nunca, ni siquiera en los peores días de su trabajo, algo que se parece demasiado al miedo puro para venir de un hombre que ha pasado media vida enfrentando anomalías temporales sin que se le mueva un músculo.
—Porque si esto se convierte en un caso oficial, Nayra, ya no importa que seas mi hija.
Importa que eres una fuga no autorizada con más de un mes de exposición continuada en una línea de tiempo protegida.
—Su voz baja, apenas, lo justo para que solo yo lo oiga—.
Y no voy a dejar que seas tú la que aparezca en ese expediente. No después de...
Se detiene. La frase se le rompe a medio camino, y por primera vez desde que lo conozco, veo a mi padre tragarse algo entero, algo que claramente ha estado a punto de decir y que en el último instante decide no terminar.
Es entonces cuando su mirada se desvía hacia Torin.
No dice nada. No pregunta quién es, no exige ninguna explicación, y eso, de algún modo, es peor que cualquier pregunta que pudiera hacer, porque veo en su cara —solo un segundo, solo un parpadeo antes de que la máscara profesional vuelva a cerrarse sobre ella— algo que no consigo nombrar del todo.
No es sorpresa. Es más parecido al reconocimiento.
Como si estuviera viendo algo que ya conocía de memoria, algo que llevaba mucho tiempo temiendo volver a ver.
—Nayra —dice, con la voz otra vez controlada, otra vez la de un agente y no la de un padre—, tenemos que irnos. Ahora. Antes de que el equipo oficial complete el rastreo que ya está en curso.
—No voy a irme sin él.
—No es una negociación.
—Entonces no es nada, papá, porque yo tampoco estoy negociando.
—Doy un paso hacia Torin, no lejos de mi padre, sino hacia él, y siento la mano de Torin encontrar la mía sin que ninguno de los dos lo piense—.
Hay algo que encontré en el Ancla. Un salto de hace veintitrés años.
Un código que reconozco. Y antes de subirme a ningún sitio contigo, necesito que me digas la verdad sobre qué es eso.
El color entero desaparece de la cara de mi padre.
Es solo un instante, apenas un segundo, pero en ese segundo veo, con una certeza que se me clava en el pecho, física, tangible, que no me equivoqué.
Que lo que encontré no es ninguna coincidencia, ningún error de registro, ningún préstamo de equipo entre agentes.
Es algo real, algo enterrado, algo que mi padre ha pasado toda mi vida asegurándose de que yo nunca encontrara.
—Aquí no —dice, con la voz reducida a algo que ya no reconozco del todo, mirando alrededor, calculando ángulos con la misma urgencia con la que Torin calcula los suyos—.
No podemos hablar de esto aquí, expuestos, con un rastreo activo cerrándose sobre esta calle en este mismo momento.
Confía en mí una vez más, Nayra. Solo una.
Ven conmigo a un sitio seguro y te lo cuento todo. Te lo prometo.
—¿Y él?
Mi padre mira a Torin otra vez, más largo esta vez, con esa expresión imposible de nombrar todavía instalada en la cara, y por un momento entero pienso que va a negarse, que va a exigir que lo dejemos atrás, tratándolo como un detalle prescindible de todo esto.
—Él también —dice, en cambio, con una resignación que no esperaba—. Los dos. Vengan conmigo antes de que sea demasiado tarde para elegir cómo termina esto.
Miro a Torin. Él me mira a mí, sin entender una sola palabra de lo que se acaba de decir, pero leyendo en mi cara lo suficiente para asentir, despacio, confiando en mi criterio del mismo modo silencioso en que ha confiado en él cada vez que el mundo se nos ha vuelto imposible desde que caímos aquí.
—Está bien —digo, al final, con la voz temblando de un modo que no consigo controlar del todo—. Pero si me mientes en algo, papá, en una sola cosa, no vuelvo a confiar en ti mientras viva.
Mi padre asiente, una sola vez, y por primera vez desde que lo vi cruzar la calle, algo en su cara se rompe del todo, dejando ver, por debajo del agente, por debajo del padre severo que llevo toda la vida creyendo conocer, a un hombre que parece llevar veintitrés años cargando solo un peso que ya no puede sostener ni un segundo más.
—No voy a mentirte —dice—. Ya no. Creo que ya es hora de que alguien deje de hacerlo.