El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 32 — Amy
97%

Capítulo 32 — Amy

El sol caía a plomo y la lancha varó en la arena con el mismo crujido suave de la última vez.

Cash saltó al agua para terminar de arrastrar el bote a pulso y enseguida le tendió los brazos a Amy para ayudar a bajarla.

Ella se dejó rodear por sus fuertes brazos, como siempre.

Esta vez él no la soltó al pisar la orilla, la mantuvo contra su cuerpo un segundo más de lo necesario, con la cara hundida en su pelo, respirando su champú de manzanilla.

Amy podía sentir el latido de Cash contra su pecho y pensó que se había pasado la vida buscando exactamente aquello sin saberlo.

El cayo estaba igual que la primera vez.

Las cuatro palmeras, la arena blanca y virgen, el agua azul tan diáfana que hería la vista…

Pero ellos no eran los mismos, y se notaba en cómo Cash la miraba ahora: sin reservas, sin esa sombra de «esto lleva fecha de caducidad» que le había oscurecido los ojos durante semanas.

La miraba como se mira aquello que te pertenece por derecho y que nadie te puede arrebatar.

Cash había traído una tumbona hinchable, ancha, y la desplegó a la sombra de las palmeras sin mediar palabra. Amy captó el gesto sobre la marcha: la última vez todo se había reducido a la aspereza de la arena, las prisas y las confesiones a medias.

Esta vez, ambos ansiaban tomarse el tiempo para explorarse mutuamente. Deseaban saborearlo sin urgencias. Deseaban hacerlo bien.

—Ven aquí conmigo —mandó él, con la voz firme y ronca.

Amy obedeció de inmediato, incapaz de resistirse.

Entonces Cash la atrajo por la cintura, apretó su trasero con sus grandes manos y la besó, y no fue un beso como los usuales, urgentes y hambrientos, y un tanto desesperados.

Fue un beso pausado, profundo, de esos que no tienen prisa porque ellos sabían que tenían toda la tarde por delante, y todas las tardes que el destino les quisiera regalar después.

La boca experta de Cash hacía que su deseo pulsara con fuerza.

Amy sintió sus manos subiendo por la espalda, despacio, para desatar el nudo del biquini con una paciencia que a Amy le puso la carne de gallina.

Cuando la tela cedió y cayó sobre la arena, Cash se apartó solo lo justo para mirar sus pechos con una seriedad tan sexy que la obligó a tragar saliva.

—Llevo días muriéndome por hacer esto —murmuró, recorriéndola con los ojos de una forma posesiva que quemaba su piel—. Solo tú y yo, nena, en medio de la nada.

Amy le tomó la mano y la presionó contra su pecho, justo encima de su corazón desbocado.

—Solo tú y yo —repitió las palabras gimiendo contra sus labios mientras su mano descendía por el abdomen de Cash, acariciándole cada vez más abajo.

Cash imitó el recorrido y deslizó sus manos por las caderas de ella hasta hundirlas entre sus muslos. En ese instante, Amy entornó los ojos y el mundo exterior dejó de existir.

Él la recostó y comenzó a besarla entera, trazando un sendero con los labios por su garganta, las clavículas y los pechos, demorándose en cada pezón hasta que Amy arqueó la espalda y le clavó las uñas en los hombros.

Luego descendió por su vientre, dejando un rastro de besos ardientes.

Separó sus muslos con sus manos bronceadas y la contempló un segundo desde abajo, con las pupilas oscurecidas por un deseo puramente animal, antes de sepultar la cabeza entre sus piernas para saborearla.

Amy ahogó un gemido y maldijo al cielo abierto.

No había un alma en kilómetros a la redonda que pudiera escucharla, así que se permitió ser ruidosa, vulgar, entregarse por completo sin filtros, enredando los dedos en el pelo de Cash para guiarlo y exigirle más sin un ápice de vergüenza.

Con él, los escrúpulos se habían evaporado para siempre, y no los echaba de menos.

Cash la lamió sin prisa, con una devoción meticulosa, descifrando cada rincón de su anatomía, deteniéndose justo en el umbral del clímax para hacerla suplicar antes de retomar el ritmo, una y otra vez, hasta que Amy le tiró del cabello entre la risa y el llanto.

—Cash, por favor, no seas tan cabrón… Déjame correrme ya.

—Aquí mando yo —la voz le vibró contra la piel, grave, autoritaria, ese tono que solo emergía en la intimidad y que a Amy le deshacía los huesos—. Te vas a aguantar hasta que yo dé la orden.

—¡Que no puedo más!

—Claro que puedes, nena —le sujetó las caderas con firmeza cuando ella intentó buscar fricción—. Quieta ahí. Te corres cuando yo lo autorice. Luego me lo agradecerás.

Y Amy volvió a someterse, incapaz de oponer resistencia, temblando bajo la caricia de su boca, hasta que Cash decretó que ya había sido suficiente tortura y que era hora de verla estallar.

Se entregó a fondo y Amy se corrió contra su lengua con un grito que se fundió con los gruñidos y ruidos cavernícolas que hacía él al comerla.

Aferrada a la tumbona, con las piernas trémulas y el nombre de Cash disolviéndosele entre los labios, volvió a correrse una vez más. Y luego otra.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, Cash trepó por su cuerpo.

Amy buscó su boca de inmediato, saboreándose a sí misma en los labios de él, mientras deslizaba sus manos por su torso y su abdomen hasta cerrar los dedos alrededor de su polla, rígida y caliente.

Apretó y Cash soltó un gruñido ronco contra su cuello que la volvió a encender al instante.

—Te toca aguantar a ti —le susurró Amy al oído con picardía, acariciándole a lo largo, devolviéndole el favor.

—Amy... —Cash gruñó casi como una advertencia.

—¿Qué pasa, comisario? ¿Acaso no mandabas tú?

Cash le clavó los ojos con esa media sonrisa peligrosa, y en un solo movimiento le sujetó las dos muñecas por encima de la cabeza con una mano.

—Sigo mandando yo —sentenció, y se hundió en ella de una sola embestida profunda que les arrancó un gemido unísono del alma.

Sus rostros se volvieron completamente reconcentrados mientras comenzaban a moverse al unísono, despacio al principio, devorándose con la mirada.

Resultaba increíblemente adictivo mirarse fijamente mientras lo hacían, sin que ninguno tuviera que ocultar nada.

Cash le liberó las muñecas para entrelazar sus dedos con los de ella contra la tumbona, y Amy se aferró a esa mano como si fuera su única ancla mientras él entraba y salía con un ritmo constante que le erizaba la carne y la hacía flotar en el aire de tanto placer.

—Mírame —dijo Cash, ronco, cuando Amy cerró los ojos—. No te escondas. Ya no más.

Amy los abrió de par en par.

Y lo contempló. Y leyó en sus ojos todo lo que él era incapaz de formular con palabras. Todo lo que había verbalizado a trompicones en el muelle y que ahora le confesaba en silencio, con cada embestida, con los dedos entrelazados y la frente apoyada contra la suya.

—Te quiero —dijo Amy, y esta vez no le dio miedo decirlo—. Te quiero, Cash.

—Lo sé. Eres mía, Amy. ¿Te enteras? Mía. Y pienso estar a tu lado hasta el puto final.

—Hasta el final —repitió ella.

Cash aceleró el ritmo, perdiendo por fin ese control milimétrico que tanto le gustaba imponer, y Amy sintió cómo él vibraba en su interior. Se dejó arrastrar por la marea, rodeándole las caderas con las piernas para estrecharlo más, para fundirse por completo, borrando cualquier distancia física.

Cuando Cash bramó su nombre contra su boca y se vació dentro de ella, Amy se despeñó justo detrás. Los dos a la vez, aferrados el uno al otro, sosteniéndose la mirada, deshaciéndose juntos bajo las palmeras mientras el sol les abrasaba la piel.

Exhaustos, entrelazados y cubiertos de una capa pegajosa de sal marina y sudor, terminaron por quedarse dormidos. El corazón de Cash servía de almohada contra la mejilla de Amy, mientras él le trazaba círculos perezosos en la espalda con las yemas de los dedos.

Cuando ella volvió a abrir los ojos, el sol ya había dado tregua. Se incorporó levemente, lo justo para recrearse en la visión del auténtico dios griego desnudo que yacía a su lado.

Madre mía, es el hombre perfecto.

En ese preciso instante, Cash entreabrió un ojo y la pilló in fraganti.

—Oye, se te van los ojos ¿o me parece a mí?

Amy se puso roja y se echó a reír.

—¡Pues cúbrete entonces! ¿Es que ya no te queda ni un mínimo de pudor?

Cash sonrió con malicia canalla.

—Lo lamento, de verdad, pero es que juraría que estamos en el jardín del Edén.

Amy se acurrucó de nuevo en sus brazos y apoyó la cabeza contra su pecho.

—Bueno, visto así, puede que tengas razón.

Estiró el cuello y acercó su boca para coserle a besos tiernos esa mandíbula tan jodidamente marcada.

—Pensé que jamás volvería a experimentar algo así —confesó al fin en un susurro, casi para sí misma, con los labios rozando la piel áspera de Cash.

Él la estrechó con más fuerza contra su torso.

—Y yo pensé que te había perdido. Que no querrías cargar con un tipo roto.

Amy le sostuvo la mirada. Cash no esquivó el contacto. Había renunciado por completo a parapetarse tras su fachada de rudo ermitaño. Contemplarse de ese modo, limpios de caretas y vergüenzas, constituía para Amy la cima de la intimidad. Mucho más que el sexo, mucho más que cualquier otra cosa.

—No estabas roto —le corrigió ella, acariciándole la cicatriz de la ceja con la yema del pulgar—. Solo estabas esperando. Exactamente igual que yo.

—¿Y ahora qué nos queda por esperar?

—Nada —Amy se acomodó contra su pecho y cerró los ojos. Por primera vez en su existencia, no sintió la imperiosa necesidad de estar en ningún otro lugar de la Tierra—. Ya no esperamos nada. Ya hemos llegado a casa.

El sol acabó de hundirse en las aguas del Golfo.

El cielo se volvió rosado antes de teñirse de un azul oscuro profundo, abriendo paso a las primeras estrellas.

Y los dos permanecieron allí, ingrávidos sobre la tumbona, sin la más mínima prisa por emprender el regreso: dos almas completas al fin, varadas en una isla sin nombre, amándose en susurros mientras el manto de una noche despejada los cobijaba por completo.