Epílogo
Cuatro meses después
El cartel lo había pintado Jenny, la hija de Mari.
Con solo catorce años, la muchacha poseía un talento innato para el diseño de letras que ya habrían querido para sí muchos profesionales.
A Amy todavía se le hacía un nudo en la garganta cada vez que lo contemplaba allí arriba, colgado con firmeza sobre la puerta principal.
Mil novecientos sesenta y ocho: el año en que Arturo y Dolores inauguraron el negocio original algunas calles más arriba, en aquel edificio que hoy no era más que un solar descapotado, aguardando a transformarse en lo que fuera que los inversores hoteleros quisieran construir.
A Amy ya no le escocía recordarlo. Las cuatro paredes nunca habían constituido la verdadera esencia de la tienda.
El negocio era esto: las vitrinas que había recuperado con sus propias manos una a una, los relojes del abuelo marcando las horas cada uno a su compás, los tomos de colección ordenados en la flamante biblioteca y las cartas náuticas de Holloway luciendo enmarcados en la pared del fondo.
A buen recaudo. En casa. Allí donde todo el mundo podía contemplarlos y revivirlos.
Tras meses de duro trabajo, hoy por fin abrían las puertas al público.
—¿Estás nerviosa? —Mari apareció a su lado sosteniendo una bandeja de canapés recién salidos de las cocinas de El Pelícano. Se había empeñado tozudamente en asumir el catering, por mucho que Amy le hubiera repetido por activa y por pasiva que no era necesario.
—Aterrada, no te lo imaginas. ¿Y si no asoma ni un alma?
Mari soltó una carcajada franca.
—Cariño, haz el favor de dejar de frotar esa vitrina por enésima vez y asómate a la calle un segundo.
Amy la observó entornando los ojos. Cuando Mari exhibía ese semblante pícaro, es que tramaba algo gordo.
Al cruzar el umbral y desviar la vista hacia la esquina, se detuvo en seco.
El corazón le dio un vuelco de alegría. Una marea humana descendía por la calle.
Gloria y Ramón Medina con Danny, Rose luciendo un vestido de gala digno de las grandes ocasiones, Noah, Sheila, la plantilla de la comisaría al completo e incluso los empleados de la farmacia.
Figueroa, fiel a su estilo, ya andaría propagando el bulo de que a la inauguración asistirían varios miembros del Gobierno.
Y capitaneando la comitiva en primera línea, Celeste, enfundada en su mejor vestido de flores y con un pañuelo bien aferrado en el puño por si las moscas, que últimamente le daba por llorar con cualquier minucia.
—Madre del amor hermoso... —Amy se llevó las manos a la boca—. Ni con todos los bocadillos de Mari lograríamos alimentar a semejante regimiento.
—Venga, quita el cerrojo de una vez, que parecen una estampida de elefantes.
En el mismo instante en que Amy abrió de par en par las puertas, se vio sepultada bajo un torrente de abrazos, felicitaciones y buenos augurios.
Cerca de un centenar de vecinos abarrotaron el local dispuestos a arroparla, fisgonear los nuevos rincones, sobar reliquias que explícitamente no debían tocar y tasar precios que jamás tendrían la menor intención de pagar.
Buena parte de ellos guardaron riguroso turno para relatarle con nostalgia de dónde recordaban este o aquel mueble, el misterio que envolvía a una cubertería o de qué casa del pueblo había salido cada pieza y en qué año.
Amy se movía entre ellos repartiendo canapés y atendiendo a cada consulta.
Fue en ese trajín cuando cobró conciencia de una verdad que le inundó el pecho de calidez: había dejado de ser de forma definitiva la forastera del norte.
Se sabía sus nombres de memoria, recordaba qué familias andaban a la gresca, quién suspiraba en secreto por quién y las cuitas de cada vecino.
Pertenecía a ese lugar.
Jolín, esto es maravilloso.
—El precio de este reloj es un atraco a mano armada —le recriminó Pete, levantando un reloj de bolsillo en su mano con gesto de profunda indignación—. Se lo coloqué a tu abuelo en el setenta y dos por cuatro duros míseros.
—Pues ya ves cómo se ha cotizado con los años, Pete. Igual que tú.
—A mí no me cotiza nadie, muchacha. Yo voy a la baja desde los años ochenta.
—No te quites méritos, que me consta que se te rifan las viudas en el muelle.
Pete soltó una risa de cascarrabias encantado y se fue a por más canapés.
Celeste pilló a Amy junto a la biblioteca, le acunó las mejillas con las dos manos arrugadas, y la miró con lágrimas de alegría en los ojos.
—Dolores estaría tan orgullosa de ti —dijo—. Sumamente orgullosa. Lo has hecho.
—Lo hemos hecho, Celeste. —Amy le apretó las manos—. Sin ti no habría nada de esto.
—Qué exagerada eres, por Dios —Celeste se dio un sutil toque en el lagrimal—. Ah, y otra cosa. Tu madre.
A Amy se le congeló el pulso durante un instante.
—¿Qué ocurre con mi madre?
—Ha llamado a primera hora —Celeste esbozó una sonrisa cargada de travesura—.
Quería enterarse de cómo marchaba el estreno.
Y ha dejado caer que a lo mejor, solo a lo mejor, se pasa por aquí en primavera.
Para ver la tienda con sus propios ojos.
—Le dio un apretón cariñoso—. El cielo, mi niña, se sigue despejando. Despacio, sin prisa pero sin pausa.
A Amy se le llenaron los ojos y tuvo que respirar hondo. *¿Su madre? ¿Pisando de nuevo el pueblo?* Era más de lo que Amy se había atrevido a esperar.
Y entonces, en mitad del alboroto, las risas y la marea de gente, el tintineo de la campanilla de la entrada hizo que Amy alzara la mirada de inmediato hacia el umbral, buscando el único rostro que le faltaba para completar el cuadro.
Cash estaba de pie vestido de traje y botas rancheras, con su pelo espeso algo despeinado y un ramo de flores tan absurdamente grande que casi no le cabía por la puerta, un ramo de los de película de Hollywood, de los que no se compran en el pueblo porque en el pueblo no se venden estos ramos absurdos.
Eso significaba, infaliblemente, que el comisario se había tragado una hora de carretera de ida y otra de vuelta hasta la ciudad solo para conseguir las malditas flores exactas que a ella le enloquecían.
Lucía esa expresión típica de «sé perfectamente que llego tarde y que me vas a echar este muertito en cara el resto de mis días», lo cual solía divertir a Amy sobremanera.
Pero esta vez no hubo espacio para las burlas.
Lo que experimentó fue un latigazo de tensión deliciosa recorriéndole el vientre al contemplar a su hombre tan arrebatadoramente atractivo.
Madre de Dios, Cash. Estás para hincarte el diente aquí mismo.
El pueblo entero se calló y se giró hacia la puerta. Era imposible que se perdieran menudo espectáculo.
—Llegas tarde —dijo Amy, con los brazos en jarras, intentando parecer enfadada y fracasando estrepitosamente.
—Lo sé. —Cash cruzó la tienda hacia ella, esquivando vecinos y vitrinas, con el ramo gigante por delante—.
Fui a por esto. No había en el pueblo. Tuve que ir a la ciudad.
Y para colmo, me he comido el paso a nivel cerrado.
—Llegó ante ella prácticamente sin aliento, regalándole la sonrisa de chulo más endiabladamente sexy que Amy le hubiera registrado jamás—.
Lo lamento, nena, pero me negaba en redondo a plantarme aquí con un ramo cochambroso de gasolinera en el día más trascendental de tu vida.
Le tendió las flores, Amy las cogió, enormes, fragantes, ridículas y perfectas, y antes de que pudiera decir nada Cash le rodeó la cintura con un solo brazo firme, pegándola a su cuerpo sin importarle un pimiento la presencia de los testigos, y le susurró al oído con un tono grave y ronco, reservado exclusivamente para ella:
—Estás espectacular. Llevo toda la santa mañana fantaseando con quitarte ese vestido en cuanto despejemos el local.
Prenda a prenda, despacito, tal y como te gusta.
En la nueva trastienda, justo sobre esa mesa de madera que has restaurado...
Te juro que te llevo imaginando encima de ella desde el puto día que la metiste por la puerta.
A Amy se le subieron todos los colores de golpe.
—Cash —siseó, roja como un tomate, echando un vistazo a su alrededor—. Que está el pueblo entero mirando. Que tenemos a Mari, a Celeste... ¡Que ha venido hasta el mismísimo cura!
—Me la trae completamente floja —soltó Cash antes de estamparle un beso tierno en la sien, con esa parsimonia tan descarada y tan suya—. Que se recreen la vista todo lo que les venga en gana.
—Te voy a despellejar vivo.
—Lo que tú digas —le rozó el lóbulo de la oreja con los labios—. Pero de la follada sobre la mesa no te salvas.
Amy soltó una carcajada, con la cara ardiendo y el ramo gigante entre los brazos y el hombre que amaba pegado a su cintura y todo el pueblo aplaudiendo sin saber muy bien qué aplaudían, solo que aquellos dos estaban juntos y que eso, en Puerto Encantado, era motivo de fiesta.
—¡Que se besen de una puta vez! —gritó Pete desde atrás, con los morros llenos de canapés—. ¡Y después haz el favor de rebajarnos los precios, coño!
Cash se tomó su tiempo para besar a su mujer bajo el aplauso de todos. Se disculpó con un «ahora volvemos, seguid la fiesta» e, inmediatamente después, la levantó en vilo para desaparecer los dos, felices y radiantes, tras las cortinas de terciopelo carmesí de la trastienda.
FIN
Mari fue una de las últimas en marcharse. Mientras recogía dos copas vacías de la mesa, se quedó un momento mirando por la ventana de la tienda, donde en medio de la acera Noah ayudaba a Sheila a cargar las bandejas vacías en la furgoneta de El Pelícano y le decía algo que la hacía reír.
Mari sonrió para sí misma.
En fin. Un soltero menos. Ahora a por los demás.
Pero esa… esa ya era otra historia.