Capítulo 31 — Cash
—A ver si lo he entendido —dijo Noah apoyado en el marco de la puerta del despacho con los brazos cruzados y una sonrisa que no presagiaba nada bueno—. Quieres que junte a todo el pueblo en el muelle a las siete de la tarde.
—Sí.
—En el muelle.
—Eso he dicho.
—El muelle, Cash… ¿Ese muelle?
Cash soltó un bufido.
—Noah.
—Solo me aseguro de que sabes lo que estás diciendo, porque la última vez que nos reuniste en el muelle la cosa no acabó precisamente con perdices. —Noah ladeó la cabeza—. La fiestecilla acabó contigo más solo que la una, pimplándote dos cajas de cerveza en el porche de Pete.
—Lo sé perfectamente, yo estaba allí. —Cash apretó la mandíbula—. ¿Lo vas a hacer o no?
Noah le miró un segundo largo, calibrándolo. Algo en la actitud de Cash le borró la guasa de golpe, sustituyéndola por una expresión más seria y, a la vez, más blanda.
—Vas a por ella, ¿eh?
Cash afirmó con la cabeza.
—¿Y esta vez estás seguro?
—No —Cash soltó todo el aire de los pulmones—.
No estoy seguro de nada. Estoy cagado de miedo, para qué te voy a mentir.
Pero sé que, si no lo hago, me voy a pasar los próximos diez años sentado en un banco junto a Pete, hinchándome a pipas y repitiéndome que hubiera ocurrido si corría el riesgo. Y eso me acojona todavía más.
El silencio se instaló entre ambos un instante. Luego, Noah descruzó los brazos y recuperó su sonrisa traviesa, todavía más ancha que antes.
—Yo me encargo —sentenció.
Cash le puso una mano en el hombro.
—Noah.
—¿Qué?
—Gracias.
—No vendas la piel del oso antes de cazarlo —Noah ya se estaba calando la gorra para salir—.
Dámelas cuando tengas a medio pueblo clavándote los ojos y te des cuenta de que te has bloqueado y no te brotan las palabras.
Que te conozco, Orozco, tú sueltas tres frases seguidas y ya te quedas en blanco.
—Justo antes de cruzar el umbral, se dio la vuelta y lo apuntó con el índice—.
Prepárate un discurso, ¿eh? Que estas cosas no se improvisan.
Y péinate, joder, que pareces un náufrago.
Se marchó marcando un número en el móvil, con un frenesí de organizador de bodas que Cash jamás le había visto.
Cash se quedó a solas en el despacho, con el corazón desbocado como si viniera de correr una maratón, contemplando a través del cristal cómo el cielo empezaba a teñirse lentamente de naranja.
Disponía de un par de horas para dar con las palabras adecuadas. Y cinco años de silencio absoluto que demoler.
Mierda, tío, eres un masoca de manual. Como esto salga mal, te lo tendrás bien merecido por pringado.
A las siete menos cuarto, el muelle estaba de bote en bote.
Cash lo contempló desde el aparcamiento y sintió que las rodillas se le doblaban. Noah no había convocado a cuatro gatos. Había arrastrado al pueblo entero.
No faltaba nadie. Mari junto a su hija adolescente.
Rose, la de la mercería, embutida en su eterno chal.
Gloria y Ramón Medina, con el pequeño Danny correteando entre las piernas de la multitud.
Sheila se había plantado allí vestida como para ir de cóctel.
Los de la farmacia. Figueroa, que seguro que ya estaba fabricando un desenlace trágico para la historia antes incluso de que empezara.
Y Pete, vestido de gala sentado en su banco de siempre, sin la caña de pescar por una vez, aguardando con una sonrisa que le surcaba todo el rostro.
El sol caía sobre el agua, enorme y rojizo, encendiendo los tablones del muelle, las embarcaciones y los rostros de toda aquella gente que se había congregado sin tener ni pajolera idea de para qué, cuchicheando mientras lo veían avanzar.
Y todos, absolutamente todos, eran conscientes de lo que simbolizaba ese muelle.
Lo percibía en el mutismo que se hacía a su paso, en los codazos cómplices y en la forma en que lo miraban, a medio camino entre la compasión y la expectativa.
La última vez que Cash Keynes había citado a la vecindad en ese mismo punto, había terminado de rodillas, humillado ante la mirada de todos.
Pete se incorporó de un salto al verle llegar.
—¿Nervioso?
—Mucho.
—Mejor —Pete le propinó una palmada en la espalda—.
Si no estuvieras acojonado, significaría que te la suda.
—De pronto, al mirar por encima del hombro de Cash, la expresión del viejo mudó por completo—.
Joder, no te des la vuelta, que ya asoma por ahí.
Madre del amor hermoso, esa chica es un espectáculo...
Parece una novia camino del altar. ¡Te he dicho que no te gires, coño!
Cash, lógicamente, se dio la vuelta.
Avanzando por el paseo marítimo, entre la multitud que se abría a su paso, aparecía Amy.
Lucía un vestido blanco de verano, llevaba el pelo suelto cayéndole en tirabuzones y exhibía una expresión de no enterarse de absolutamente nada de lo que acontecía.
Venía flanqueada por Mari de un brazo y Celeste del otro, ambas con cara de no haber soltado prenda sobre las intenciones de Cash, empujándola con delicadeza hacia el frente, como quien arrastra a alguien al borde de un precipicio por su propio bien.
En cuanto Amy lo divisó, se frenó en seco.
Mari le propinó un último empujón afectuoso antes de soltarla, y Celeste le sopló algo al oído antes de batirse en retirada.
Amy se quedó allí plantada, en mitad del muelle, completamente sola, a diez metros de Cash.
Su desconcierto pareció ir levantándose a medida que ataba cabos: el escenario, toda la gente del pueblo apiñada en un mismo sitio, Cash aguardándola al fondo.
—Madre mía, Cash —su voz le llegó amortiguada por encima del murmullo general—. ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando?
Cash inhaló profundamente. Llevaba varias horas preparando aquello, memorizando las frases correctas, pero en ese instante no recordaba una santa palabra.
El capullo de Noah tenía razón.
Dejó de estrujarse los sesos y soltó lo primero que le brotó de las entrañas.
—Este es el lugar donde me destrozaron el corazón —arrancó.
Aunque sus palabras iban dirigidas a ella, proyectó la voz para que lo escuchara hasta el último vecino—.
Aquí mismo. Hace cinco años. Delante de la misma gente que hay aquí ahora, porque en este pueblo nadie se muere ni se muda jamás...
—Se propagaron unas risas tímidas entre los presentes—.
En aquel momento me sentí el tío más estúpido del planeta y me juré que no volvería a exponerme así en la vida.
El muelle bullía en susurros. Amy permanecía inmóvil, clavándole una mirada de asombro absoluto.
—Y entonces aterrizaste tú, Amy —prosiguió Cash, dando un paso firme hacia ella—. Hice añicos todas mis reglas por ti, una detrás de otra, y ni siquiera fui consciente de que las estaba vulnerando hasta que ya las había pulverizado todas.
—Cash...
—Déjame acabar, por favor, que me ha llevado cuatro horas hilvanar esto y si me detengo no arranco —acortó distancias con otro paso—.
La cagué, nena. La pifié a lo grande. No te pregunté.
Eso es lo más sangrante de todo, ¿sabes?
No haber tenido los cojones de mirarte a los ojos y preguntarte si sentías algo por mí y si te planteabas hacer vida en este pueblo conmigo.
Di por sentado que te largarías, como hace todo el dios que pasa por aquí.
Me monté mi propia peli en la cabeza. —Tragó saliva antes de alzar una mano y acunar su barbilla entre los dedos.
Amy reaccionó al contacto con un gemido apenas perceptible, parpadeando con fuerza—.
Te dije cosas que no sentía, fui injusto y me comporté como un soberbio imbécil incapaz de distinguir la verdad de las mentiras.
Y tú, Amy, eres lo más auténtico que me ha pasado en la vida.
Se hizo un vacío de silencio absoluto y, acto seguido, la muchedumbre contuvo un suspiro unánime impregnado de ternura.
La luz del crepúsculo destellaba en la melena de Amy, que en ese momento le miraba con ojos empañados y sin articular palabra.
Cash asumió que ella no se lo iba a poner fácil, y, desde luego, le sobraban los motivos para hacérselo sudar.
—Sé que tienes un plan para reabrir el negocio de tus abuelos —continuó Cash—.
Me lo ha soplado medio pueblo, porque aquí, como habrás comprobado, aunque hay vecinos que son perfectamente capaces de custodiar un secreto...
—se giró un instante para guiñarle un ojo a Celeste, que se llevó las manos al pecho, conmovida—.
Es cierto que en Puerto Encantado nos hemos especializado en propagarlos a los cuatro vientos —recalcó esto último con un brillo de malicia en la mirada—.
El caso es que ya estoy al tanto de que vas a vender el solar, Amy, y a reubicar la tienda en otra parte del pueblo.
Y te juro que me parece la genialidad más grande que ha parido este sitio en el último medio siglo.
Sin previo aviso, Cash hincó una rodilla sobre los tablones del muelle y la multitud contuvo la respiración al unísono.
Dios mío, estaba sucediendo…
—Amy, mi vida, lo único que te pido es que me dejes formar parte de tus planes.
No te exijo que me perdones hoy, ni que se te olvide lo capullo que he sido, solo te pido que me dejes intentarlo.
Porque no estoy del todo curado, que sigo siendo un testarudo que saca conclusiones precipitadas.
Pero estoy trabajando en ello… porque lo que más deseo en este mundo es estar a tu lado, nena.
Todo el mundo contuvo el aliento observando a Amy, devorándose las uñas por ver cómo reaccionaba.
Y entonces ella hizo algo inesperado y rompió los esquemas de todos.
Apoyó sus dos manos sobre los hombros de Cash para sostenerse mientras se arrodillaba hasta quedar cara a cara con él, permitiendo que una lágrima solitaria le surcara la mejilla.
—También yo te he dicho cosas horribles que no te merecías —su voz era firme a pesar de la emoción contenida—. Y me he quedado con el alma hecha pedazos. Pero vamos a ver, ¿por qué narices no me descolgaste el puto teléfono en cuatro días?
En ese instante, la multitud estalló en una carcajada colectiva y alguien gritó desde el fondo: «¡Eso no se le hace a una dama, comisario!».
Aun así, Cash no apartó la vista de sus ojos ni un milímetro.
—Lo lamento, nena, de verdad, pero tengo la misma puta excusa para todo: soy un capullo integral. Pero un capullo en proceso de rehabilitación, ¿te vale?
A Amy se le iluminó la cara bañada en lágrimas y echó sus brazos al cuello de él.
—Me vale.
Se fundieron en un beso salvaje en mitad del clamor y la ovación del pueblo entero. Cuando por fin se distanciaron lo justo para devorarse con la mirada, Amy le susurró al oído:
—¿Tú eres consciente de lo jodido que es mantener el orgullo y seguir enfadada contigo cuando me montas estos espectáculos?
—Esa era precisamente la estrategia.
—Es trampa, ¡eso es jugar con ventaja absoluta! —se le quebró la voz, mezclando el llanto con la risa.
Cash volvió a sellarle los labios, sin concederle la más mínima tregua.
Joder, cómo echaba de menos esto.