Capítulo 30 — Amy
—¡Jolín, creo que vamos a hacer el negocio del siglo! —exclamó Amy, entusiasmada frente a la pantalla.
Sus hermanas se intercambiaron una mirada de absoluta incredulidad a través de los recuadros de Zoom.
—A ver, ¿qué más dará que no se queden con esa pila de trastos viejos?
Hermanita, estás a punto de mandar a tomar por saco una venta millonaria por puro capricho —Lucy, que a sus treinta y cinco años lucía cara de no haber pegado ojo en una semana, tenía la ceja izquierda alzada hasta el nacimiento del pelo.
—No es ningún capricho —Amy giró un poco el portátil para enfocar el cuaderno donde llevaba garabateando números desde las siete de la mañana—. Es un plan de negocio en toda regla.
—Eso es una libreta con tachones —le espetó Chloe.
—Es un cuaderno de contabilidad. Y las cuentas cuadran perfectamente, os lo aseguro. Escuchadme solo cinco minutos.
—Amy —la voz de su madre llegó desde el recuadro inferior de la pantalla, arrastrando esa parsimonia tensa que utilizaba justo antes de perder los papeles—. Son las ocho de la mañana. Me has plantado frente al ordenador a las ocho de la mañana de un miércoles.
—Lo sé, mamá, y os lo agradezco en el alma. Cinco minutos, de verdad, os prometo que no os vais a arrepentir.
Lucy resopló con tremendo dramatismo mientras Chloe se echaba una taza de café. Elena, en cambio, aguardó en silencio.
—Vamos a ver, el grupo hotelero lo único que busca es el solar —arrancó Amy—.
¡Solo el terreno! Ya han adquirido las parcelas colindantes y tienen pensado echar abajo este edificio el primer día.
Les importa un pimiento lo que haya dentro.
Lo que pagan son los metros cuadrados y la ubicación en la calle principal. ¿Estamos de acuerdo en eso?
—Sí —concedió Lucy—. Y nos pagan una burrada por eso. ¿Dónde narices está el problema?
—El problema no es la cifra del solar. El problema es el dineral que palmamos si metemos la colección entera en el mismo lote.
—¿Qué colección? —Chloe frunció el ceño.
—La de los abuelos. Todas las reliquias de la tienda.
Hay mapas del siglo diecinueve, Chloe. Astrolabios, cronómetros de marina, cuadernos de inventario históricos...
Auténticas joyas que en el mercado del coleccionismo valen un ojo de la cara.
Si permitimos que entren en la liquidación, acabarán malvendidas por cuatro duros porque los inversores son un grupo hotelero que no tiene ni la más remota idea del valor de lo que tiene entre manos.
—¿Y tú sí sabes lo que tienes entre manos? —se burló Lucy.
—Llevo semanas catalogando cada pieza una a una. Así que sí, mira por dónde, ahora mismo soy la mayor experta que vais a encontrar.
—¿Experta tú? ¡Pero qué humos se gasta la niña! —se burló Chloe.
Amy pasó olímpicamente del comentario, manteniendo una sonrisa estoica.
—Hermanita —Lucy bajó la voz al tono condescendiente de hermana mayor que intenta meterle un baño de realidad a la pequeña—.
La oferta que hay sobre la mesa es un caramelo.
Si nos ponemos exquisitas con exigencias sobre qué entra y qué no en el contrato, se nos pueden echar atrás en un abrir y cerrar de ojos.
—No se van a bajar del carro. Necesitan la tierra, lo sé porque…
lo sé. —Amy cogió aire—. Tenéis que confiar en mí, joder.
Les vendemos el solar limpio, ellos obtienen los metros que tanto ansían, vosotras vuestra parte de la herencia y yo me quedo con la colección íntegra.
Y aquí viene el golpe maestro: ¡pienso reabrir Castillo Antigüedades en otro local del pueblo!
Un silencio sepulcral se apoderó de las cuatro pantallas de golpe.
—Que abres una tienda dices… —soltó Lucy, arrastrando las palabras como si de repente le costara hablar—. ¿Tú… en ese pueblo?
—Sí, exactamente. Yo en este pueblo. ¿Pasa algo malo?
—Amy, por dios, que tienes un piso alquilado por dos años en Nueva Jersey.
—Un piso espantoso, por cierto, y con la calefacción reventada desde el mes de noviembre. Lo puedo subarrendar mañana mismo.
—¿Y tu curro?
—Mi trabajo depende por completo de una aplicación, lo puedo gestionar desde cualquier sitio si me da la gana. Aunque la idea es mandar a paseo ese empleo si la tienda arranca como debe.
Chloe se había quedado muda, clavándole una mirada indescifrable a través de la webcam. Su madre tampoco había soltado prenda en los últimos dos minutos. Aquello podía significar una bendición o que estaba a punto de caerles un veredicto demoledor.
—Hermanita —insistió Lucy midiendo las palabras—. Llevas allí metida... ¿cuánto? ¿Tres semanas? No puedes dar un vuelco tan grande a tu vida en poco menos de un mes.
—Los abuelos tomaron decisiones muchísimo más gordas en la mitad de tiempo —Amy miró fijamente al objetivo de la cámara—.
Escuchad, hay algo fundamental que debéis saber.
Algo que afecta directamente a esta familia.
Al motivo real por el que los abuelos fundaron la tienda y lo que simboliza de verdad.
—¿El qué? —inquirió Chloe, picada por la curiosidad.
Amy vaciló apenas una milésima de segundo. Desvió los ojos hacia el recuadro de su madre, que continuaba estática, exhibiendo esa rigidez de esfinge que Elena Castillo dominaba a la perfección.
—Mamá —soltó Amy sin anestesia—. Lo sé todo sobre Holloway.
El silencio que siguió tuvo otro calibre. No era el silencio de sus hermanas calculando cifras, sino uno mucho más pesado. No se oía ni el vuelo de una mosca y los ojos de todas se mantenían fijos en la pantalla.
—¿Quién narices es Holloway? —preguntó Lucy, buscando el rostro de su madre en su respectivo recuadro.
Elena no abrió la boca. Mantenía los ojos clavados en Amy con una expresión que Amy no le había visto nunca: no era cabreo.
Era algo parecido al alivio mezclado con pánico, la cara de quien lleva décadas esperando que alguien pronuncie un nombre prohibido y que no sabe cómo cojones reaccionar ante el hecho consumado.
—Mamá —insistió Amy, suavizando el tono—. Celeste me lo desveló todo anoche. Me habló del capitán Jacob Holloway, de tu embarazo, del pacto de los abuelos... De todo.
—¿Pero quién narices es Celeste? —exclamó Chloe, escandalizada—. ¿Qué embarazo? ¿Se puede saber de qué coño estáis hablando?
—Cierra el pico un segundo —le ordenó Lucy, incapaz de apartar los ojos de la pantalla.
—No me mandes callar, que ya soy mayor de edad…
—¡Y yo tengo más años que tú!
—Chloe, Lucy. —La voz de Elena las cortó a las dos. Una voz autoritaria y tajante, de esas que cortan la respiración. Acto seguido, se dirigió a Amy—: ¿Cómo que te lo ha contado Celeste?
—Sí, me lo escupió todo después de que la pillara colándose en la trastienda a las dos de la mañana.
Es una historia larga de cojones —Amy tomó aire—.
Mamá, lo que hizo el abuelo Arturo fue un acto noble y generoso.
Hace que me sienta aún más orgullosa de pertenecer a los Castillo.
Y esa colección, las cartas náuticas, los diarios y los mapas que esos hoteleros pretenden machacar con las excavadoras son el legado vivo de Jacob Holloway.
Es tu historia, mamá. Es de dónde venimos.
Y no voy a permitir que se convierta en escombros.
El cuadro de Elena se quedó en negro, como si hubiera desactivado la cámara.
La pausa se prolongó tanto que Amy temió seriamente que hubiera cortado la comunicación.
Pero de pronto llegó el eco de un carraspeo ahogado a través de los altavoces y su voz resurgió, rota por completo y pastosa por la emoción.
—¿Has podido perdonar a tu abuela después de saberlo todo? —preguntó Elena.
Amy tragó saliva.
—Sí, la he perdonado. El abuelo la perdonó primero y murieron en paz los dos.
—Pues yo no pude hacerlo... ¿Eso me convierte en la mala de la película?
La imagen de Elena regresó a la pantalla.
Sus tres hijas pudieron comprobar que tenía la mirada empañada y los ojos inyectados en sangre.
Los entornó un instante, apenas un parpadeo, y al abrirlos de nuevo mostraba la mandíbula tensa.
Había un brillo húmedo en sus pestañas. A Amy se le formó un nudo en la garganta.
Jamás había visto a su madre soltar una lágrima.
—No, mamá. No creo que seas la mala de la película. Sé que has sufrido mucho, y lo siento de corazón. Pero lo que tengo que hacer ahora es perdonar y avanzar.
—A ver, ¿piensa alguien dignarse a explicarme de qué va todo esto? —protestó Chloe.
—Espera —dijo Lucy, que por una vez en su vida no parecía la hermana mayor que lo tiene todo bajo control—. Mamá, ¿estás bien?
—Estoy bien —Elena clavó los ojos en el recuadro de Amy—. ¿Y tú... estás bien, hija?
—Estoy perfecta, mamá. Mejor que nunca —Amy esbozó una sonrisa franca—. Estoy totalmente decidida a quedarme aquí y defender este legado.
Se hizo un nuevo silencio, de un matiz enteramente diferente.
Chloe miraba a un lado y a otro de la pantalla, desesperada por enterarse de algo.
Lucy permanecía estupefacta, con la palma de la mano tapando su boca.
Y Elena Castillo, que no prometía nada nunca, que llevaba treinta años sin pisar aquel pueblo y que no había vuelto a pronunciar el nombre de su madre en público desde hacía una década, dijo:
—Mueve los hilos con esos inversores, Amy. Quédate con la colección entera. Y que no se te ocurra rechazar el dinero de la venta que te corresponde.
Lucy y Chloe se desencajaron al unísono.
—Pero mamá...
—He dicho lo que he dicho, punto final.
Y con ese carpetazo, el debate sucesorio quedó zanjado.
Cuando cerró el ordenador, Amy necesitó una buena media hora para volver a la realidad. ¿De verdad acababa de pasar aquello?
Le quedó claro que a su madre le esperaban unas cuantas explicaciones incómodas durante las próximas veinte cenas de Navidad.
Experimentó una calidez extraña en el pecho.
Esa lucidez brutal de saber por fin qué es lo que te hace feliz y, por encima de todo, disponer de un plan sólido para ir a por ello.
Solo le faltaba un cabo suelto para que el rompecabezas encajara a la perfección.
No podía demorarlo ni un minuto más. Le tocaba ir a por él y cantarle las cuarenta, sí o sí.
Mecachis en la mar, la que había liado por encapricharse de un policía.