El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 29 — Amy
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Capítulo 29 — Amy

El coche de Celeste era un escarabajo viejísimo, de un tono que en su día debió de ser azul. Los asientos estaban forrados con fundas de ganchillo que olían a lavanda.

Era demasiado mono para una ladrona.

Celeste conducía despacio, muy erguida, aferrada al volante con las dos manos como si pilotara un transatlántico. Se detuvo rigurosamente en un stop donde no había un alma a las dos y media de la madrugada y puso el intermitente para girar en una calle completamente desierta.

—No hay prisa —dijo Celeste, aunque Amy no había abierto la boca—. A mi edad se conduce a la velocidad a la que se piensa, y yo ya pienso despacio.

Amy la observaba desde el asiento del copiloto, viendo desfilar el pueblo dormido a través de la ventanilla. La casa roja se alzaba al final de la calle del faro, un poco apartada, con su porche, sus macetas y ese tono carmín encendido que la oscuridad de la noche no lograba apagar del todo.

Celeste aparcó el escarabajo con tres maniobras para un hueco en el que cabían cuatro coches, apagó el motor, y se quedó un segundo con las manos en el volante.

—Lo que te voy a enseñar no lo ha visto nadie —anunció—. Ni Pete. Ni el cura. Nadie. Solo lo vimos tu abuela y yo. —Se giró hacia ella con una sonrisa—. Y ahora, tú.

Entraron en la vivienda y Celeste fue encendiendo las luces a su paso.

El ambiente olía a café reciente y a flores frescas, pero la anciana no se demoró en el salón.

Cruzó el pasillo haciendo una seña a Amy para que no se quedara atrás, sacó una llave diminuta del bolsillo de su vestido y abrió una puerta situada al fondo.

—Antes era el cuarto de costura —explicó mientras accionaba el interruptor—. Ahora es... otra cosa.

Intrigada, Amy enarcó una ceja y pasó. Se esperaba encontrar un dormitorio de invitados o, como mucho, un trastero abarrotado, pero al cruzar el umbral se quedó completamente boquiabierta.

Lo que tenía ante sus ojos era un auténtico museo en miniatura.

Las paredes estaban forradas con estanterías hechas a medida donde descansaban, perfectamente ordenados, limpios y etiquetados, decenas de cuadernos y legajos antiguos.

Había lapiceros de plata relucientes sobre paños azules, cajas de música, daguerrotipos y fajos de cartas amarrados con cintas de raso.

Destacaban, por encima de todo, hileras de libros: decenas de tomos viejos encuadernados en cuero rojo y azul.

Cada pieza lucía un rótulo escrito con una caligrafía grande, clara y meticulosa. Un trabajo de archivo verdaderamente impecable.

—Celeste... —susurró Amy fascinada por lo que veía—. ¿Todo esto lo has hecho tú sola?

—Con estas mismas manos —Celeste alzó sus palmas, diminutas, surcadas de arrugas y salpicadas por las manchas de la edad—.

Estas manos han traído al mundo a medio Puerto Encantado, ¿sabes?

Cuarenta años ejerciendo de comadrona. La mitad del pueblo nació aquí: Mari, Ramón Medina, Cash, Noah, la mayor parte de los pescadores del muelle...

Y resulta que estas manos, que se pasaron la vida ayudando a nacer, ahora se dedican a evitar que lo viejo se muera.

Son dos oficios que se parecen bastante más de lo que la gente cree.

Amy se aproximó a los estantes, sin atreverse a rozar nada, devorando los rótulos con la mirada.

—¿Y cómo has aprendido a hacer algo así? Esto es trabajo de profesionales, Celeste. ¿Qué es esto, un medidor de humedad? —señaló un pequeño dispositivo digital en una balda.

—Higrómetro —corrigió Celeste con orgullo, paladeando el término—. Controla la humedad. El papel antiguo se echa a perder si hay humedad, ¿sabes? Se reblandece como una galleta mojada y luego no hay forma de salvarlo. Lo aprendí con el móvil.

—¿Con el móvil?

—En los vídeos de YouTube —Celeste se arrimó a la mesa central y acarició el borde de un atril con delicadeza—.

Hay una muchacha, una italiana que restaura lienzos en las iglesias, que sale en la pantalla explicando el proceso paso a paso.

Y un señor de un museo de Londres que enseña a conservar mapas antiguos.

Me pegué un año entero pegada a los vídeos, con las gafas pegadas al cristal y apuntándolo todo en una libreta —se mofó de sí misma—.

Una vieja cubana recibiendo lecciones de un inglés estirado a través del teléfono. ¡Si me viera Dolores!

—¿Y las cartas náuticas? —Amy se fijó en un espacio vacío sobre el atril—. ¿Ahí es donde las tenías?

—Ahí mismo. Resguardadas de la luz, porque el sol se come los colores.

Protegidas con ese papel especial que no tiene ácido, para que no se vuelvan amarillas.

Y siempre en horizontal, sin plegarlas jamás.

Un doblez en un mapa de hace un siglo es una cicatriz que no cierra nunca.

—Celeste se acercó a uno de los anaqueles, extrajo de un cajoncito unos guantes de algodón blanco, se los calzó y, con una delicadeza extrema, sacó un daguerrotipo enmarcado para mostrárselo—.

Guantes obligatorios, siempre. La grasa de las yemas es puro veneno para estas piezas.

Eso también me lo enseñó la italiana. Mira: este de aquí es Jacob.

El único retrato que se conserva de él. Tu abuela me lo confió para que lo custodiara junto al resto.

Amy acercó los ojos al daguerrotipo, imitando el cuidado de Celeste de forma instintiva, y contempló por primera vez las facciones del hombre del que descendía: un marinero joven, de ojos alegres y rasgos tan delicados que parecían tallados a mano, con una chispa en la mirada que reconoció como suya.

Vaya, realmente soy la nieta de este tío.

Celeste la observaba en silencio con esos guantes blancos que resultaban casi cómicos, destilando un mimo que era puro amor.

A Amy se le hizo un nudo en la garganta.

—Y te llevaste todo esto de la tienda... —articuló Amy, comprendiendo al fin la jugada—. Pero no para robarlo, sino para ponerlo a buen recaudo.

—Cuando murió tu abuela, la tienda se quedó cerrada, esperando a que apareciera alguien.

—Celeste pasó el dorso de la mano enguantada a lo largo de la superficie de plata pulida donde estaba grabado el retrato—.

Y yo veía pasar los meses y pensaba: si esto sigue así, si viene un abogado y lo subasta todo a lo loco, o si llega un heredero que no sabe lo que tiene entre manos, estas cosas se van a perder.

Se van a dispersar por el mundo y nadie volverá a saber que existieron, ni lo que significaban para tu abuela.

—La miró fijamente—. Así que empecé a traer de trasmano lo más frágil.

Lo más valioso. Todo lo que guardaba relación con Dolores y Jacob, para protegerlo hasta que se presentara la persona idónea. Y aquí estamos.

Amy miró alrededor.

—¿Y me fías el tesoro sin más?

Celeste devolvió el daguerrotipo a su sitio en la estantería, se quitó los guantes lentamente, dedo a dedo, y se giró hacia ella con una sonrisa melancólica.

—Te voy a ser franca —guardó silencio un instante y ladeó la cabeza—.

Verte trapicheando con la Whitfield no me dio buena espina, niña.

Corrió el rumor de que ibas a venderlo todo para largarte de vuelta a Nueva Jersey —se encogió de hombros, desprovista de rencor, limitándose a exponer los hechos—.

Pero luego te he visto desvivirte por un hombre de aquí, plantando cara cuando lo cómodo era marcharte y peleando por lo que pertenece al pueblo.

Ahí comprendí que no eres de las que se achantan.

Sintió el impulso de abrazarla. Celeste se le adelantó y le dio un fuerte achuchón.

—Gracias por ser tan buena amiga de mi abuela —susurró Amy, sin poder ocultar la emoción.

—La amiga zumbada, que siempre viene bien tener a una de mi calibre cerca.

Amy sonrió, paseando la mirada por los objetos que Celeste había protegido con semejante devoción.

Un auténtico tesoro…

Y en ese preciso instante, la idea que había comenzado a rondarle la mente desde sus primeras conversaciones con la agente inmobiliaria terminó de encajar, cobrando un sentido perfecto en su cabeza.