Capítulo 28 — Amy
La despertó un ruido en mitad de la noche.
Amy abrió los ojos en la penumbra del dormitorio, desorientada, sin saber qué hora era ni cuánto tiempo había logrado conciliar el sueño. Le costó unos segundos ubicarse: la cama de sus abuelos, el techo con la mancha de humedad de siempre, la ventana entornada y ese persistente olor a salitre.
Adormilada, se incorporó apoyándose en un codo. Tras dos noches en vela, el cuerpo le pesaba como si estuviera relleno de arena.
Los tablones sueltos del piso. Alguien andaba ahí abajo.
Se puso en pie de golpe.
Con el corazón desbocado, consultó la pantalla del móvil: las dos y cuarto de la madrugada.
Joder, joder, joder.
Echó mano a lo primero que encontró, un paraguas de su abuelo, largo, con mango de madera, bastante ridículo como arma pero es mejor algo que nada, y bajó las escaleras descalza, despacio, peldaño a peldaño, intentando no hacer ruido y fallando estrepitosamente porque las escaleras crujían una barbaridad.
La tienda estaba a oscuras, salvo por la luz de calle que entraba por la cristalera. Avanzó de puntillas, mirando a todas partes. Sus ojos, ya habituados a la penumbra, captaron un movimiento. Alguien se agachaba justo detrás de la estantería del fondo y se quedó quieto.
*Madre mía.* Amy también se quedó tiesa con el corazón saliéndosele por la boca.
Desde la altura alcanzaba a notar la silueta menuda del intruso. *Al menos es lo bastante pequeño para darle de paraguazos.*
Amy se debatía entre acercarse y asestar el primer golpe o huir corriendo escaleras arriba y echar llave.
Pero en ese momento el intruso estornudó.
Del susto Amy dio un bote y lanzó un paraguazo al aire.
En sus oídos aún resonaba ese «achús» agudísimo y teatral. Amy abrió los ojos como platos porque se le acababa de encender una bombilla.
Solo conocía a una persona en el mundo capaz de estornudar como una soprano.
Inmediatamente dio un manotazo al interruptor y encendió la luz de pronto.
—¡Pero qué narices...!
Celeste Amador se giró como un rayo, con la cara contraída y la expresión de una niña que acaba de ser pillada con las manos en la masa. Mosqueada, Amy avanzó señalando con el paraguas a Celeste.
—¡Tú!
—Niña, no me des con el paraguas. Puedo explicarlo.
Amy se acercó lo suficiente para ver que la anciana apretaba contra su pecho la caja de hojalata.
—¡Los mapas! —señaló la caja con incredulidad—. ¡Esos son mis mapas! ¡Tú! ¡Has sido tú todo este tiempo! ¡Tú eres la que entraba en la tienda!
Celeste cerró los ojos, mortificada.
—Amy, por favor, baja la voz...
—¡De eso nada! ¡Te has metido en mi tienda a las dos de la mañana y te vuelves a llevar mis cosas! Voy a llamar a la policía ahora mismo.
—¡Que no me llevo nada! —Celeste le tendió la caja—. ¡Al contrario, te lo estoy devolviendo!
Amy se frenó en seco, con el paraguas todavía alzado y la boca abierta.
—¿Devolviendo?
—Sí, devolviendo —Celeste le sostuvo la mirada, y por debajo del susto Amy vio algo que no esperaba: alivio. Como si el peso de esa caja fuera demasiado para sus años y al fin pudiera quitárselo de encima—. Iba a dejarla en esta estantería, con una nota.
—¿Con una nota? —Amy bajó el paraguas despacio—. Celeste, ¿me estás diciendo que entras en mi propiedad, subes a mi dormitorio, te llevas una caja de debajo de mi cama y ahora vuelves a hurtadillas a dejarla con un recadito? ¿Como si esto fuera un préstamo de la biblioteca?
—No es lo que parece, de verdad.
—¿Ah, no? ¿Y qué es entonces? Porque tiene toda la pinta de ser un robo como una catedral. ¿A ver la nota?
Celeste sacó de un bolsillo un papel doblado en cuatro y se lo tendió. Amy lo cogió y lo desplegó para leer la nota.
«La tienda ha vuelto a tener alma, Amy. Dolores no se equivocó. Mi labor ha terminado. Por eso te he venido a traer la caja con las cartas del viejo Holloway. Puedes venir a verme. Prometo mantecados y café. Y unas cuantas historias de la buena de tu abuela. Celeste»
Volvió a mirar a la anciana con cara de no entender nada.
Entonces Celeste sacó un juego de llaves y las hizo tintinear en la mano.
—Tu abuela me dio las llaves —confesó en un susurro—. Antes de morir. Me pidió que custodiara sus cosas hasta que tú regresaras.
Celeste anduvo hasta la silla más cercana y se sentó exhalando un suspiro.
—Mi niña, por favor, siéntate un momento conmigo. Si no descanso un poco me voy a desplomar, mis piernas ya no están para estos trotes.
Haberlo pensado antes de salir a robar.
Amy no se movió. Permaneció de pie, con los brazos cruzados y el paraguas pegado al costado, observando a esa anciana diminuta que la había engañado, que le había quitado los mapas y que ahora la miraba con una expresión de absoluta inocencia.
—Habla —le concedió Amy, dejando el paraguas y cogiendo una silla para ella—. Pero como me sueltes una sola mentira más, Celeste, te juro que llamo a Cash.
Celeste asintió sumisa, se alisó la falda del vestido como si quisiera ganar unos segundos de tregua y empezó a hablar.
—Tu abuela y yo nos conocimos de crías. En Cuba. Llegamos a este pueblo el mismo año, compartiendo las mismas ganas de ser alguien y el mismo miedo a fracasar. Lo compartimos todo: el trabajo, los domingos, las recetas, el cotilleo, los problemas. Todo. Incluso los secretos...
Fijó sus ojos en la caja de hojalata.
Amy siguió su mirada y asintió.
—El capitán Holloway.
—Jacob. Se llamaba Jacob. —A Celeste se le suavizó la cara al decir el nombre, como si la sola palabra la llevase a otra época—.
Tu abuela lo conoció en el sesenta y seis.
Él capitaneaba su propio barco, hacía escala aquí y se quedaba unas semanas.
Era de buena cuna, los Holloway, una estirpe de marineros de toda la vida.
Llevaba esos mapas a bordo, heredados de su tatarabuelo, como si fueran un tesoro.
Y tenía esa mirada de lobo de mar... —soltó una risita melancólica—.
Tu abuela cayó rendida. Y él por ella, claro está.
—Se enamoraron.
—Se volvieron locos el uno por el otro, niña.
Como tú y tu policía, idénticos, con esa misma cara de bobos que se os queda y que no podéis ocultar a nadie —Celeste suspiró hondo antes de continuar—.
Pero el destino quiso que la felicidad no durase.
Él iba y venía con el barco, ella contaba los días para su regreso, se consolaba con sus cartas...
Amy la interrumpió.
—¡Yo he leído esas cartas! Las tengo aquí.
—Sí, lo sé, me las quise llevar pero no las encontré.
Amy frunció el ceño y Celeste rio por lo bajo.
—No me juzgues. Déjame explicarte. Dolores y Jacob tenían planes de boda, querían abrir esta tienda juntos y llenarla de antigüedades. Objetos con alma. Todo aquello fue real, Amy.
Asintió con los labios apretados.
—¿Qué ocurrió luego?
—El mar. —Celeste pronunció la palabra con rencor—.
Otoño del sesenta y siete. Jacob salió y no volvió.
Una tormenta, como la que se llevó al padre de Cash, años después.
El mar de aquí es así: te da mucho y te cobra más.
—Bajó la voz y miró a Amy a los ojos antes de añadir—. Tu abuela estaba embarazada.
Amy sintió que las piernas le flaqueaban, se apoyó en el borde de la mesa y terminó por sentarse en la silla libre.
—¿Embarazada?
—De dos meses. Esperaba a Elenita —Celeste asintió—. Tu madre, Amy, es hija biológica de Jacob Holloway. No de Arturo.
El silencio que inundó la estancia se volvió tan denso que Amy podía escuchar su propio pulso.
—Arturo... —articuló Amy con lentitud, pronunciando las palabras con cuidado, como si temiera que estallaran en su boca—. ¿Arturo no era mi abuelo?
—Claro que lo fue, mi vida. Arturo amaba a Dolores desde siempre, mucho antes de que Holloway apareciera en escena —Celeste entornó los párpados, rememorando—.
Cuando Jacob desapareció y Dolores se quedó desamparada, Arturo dio un paso al frente como el gran hombre que era y se casó con ella.
Crió a Elenita como si fuera su propia sangre y levantó esta tienda, la misma que Jacob había proyectado con Dolores, solo porque era el mayor deseo de ella.
La amaba tanto que estuvo dispuesto a hacer realidad el sueño de otro hombre con tal de verla feliz.
—Se le quebró la voz—. Arturo Castillo fue el pedazo de pan más grande que he conocido, Amy.
Tu abuela lo sabía y lo quiso con locura, a su manera.
Pero el primer amor no se olvida jamás. Por eso custodió aquellas cartas con tanto celo.
Por eso guardó los mapas y cada recuerdo que ligaba su memoria al hombre que la marcó.
Y me hizo jurar que los mantendría a salvo hasta que alguien de su propia sangre estuviera listo para soportar la verdad.
—¿Y mi madre? —Amy notó un sabor amargo en la garganta—. ¿Ella lo sabe?
—Lo descubrió cuando era una adolescente.
No sé los detalles, yo no estaba delante, pero se enteró de que Arturo no era su padre verdadero y se marchó dando un portazo.
Fue horrible —Celeste se limpió una lágrima rezagada con el dorso de la mano—.
Se marchó y nunca miró atrás. Rompió toda relación con Dolores, renegó de sus raíces, del pueblo, de todo...
Tu abuela tuvo que cargar con esa cruz durante treinta años, niña.
Treinta años sin que su propia hija le dirigiera la palabra, custodiando un secreto que la carcomía por dentro.
Por eso la nota que encontraste decía aquello de «para cuando el cielo se haya despejado».
El cielo era esa tormenta que las separaba.
Y Dolores quiso que fueras tú, Amy, la encargada de disipar las nubes.
—¿Por qué yo? —la pregunta le brotó rota, desde el estómago—. ¿Por qué no alguna de mis hermanas? ¿Por qué yo?
Celeste sonrió, y fue una sonrisa triste, tierna y orgullosa.
—Porque eres su vivo retrato. Dolores me lo repetía a menudo: «Amy es la que ha heredado mi gen, la que no para quieta, la que no encaja en ningún molde.
Nació para una vida de mar y aventuras, aunque todavía no se haya dado cuenta».
—Estiró el brazo y le apretó la mano con calidez—.
Pero también eres la que se mantiene leal a lo que ama.
La que siempre encuentra el camino de vuelta.
Amy observó la mano de Celeste sobre la suya, pequeña, arrugada, caliente.
—Jolín, Celeste —consiguió articular, soltando una risa ahogada por las lágrimas—. ¿Y no podías haber empezado por ahí en lugar de andar asaltando mi tienda como una ninja octogenaria?
Celeste soltó una carcajada limpia que le hizo sacudir los hombros, restándole veinte años de encima a su rostro arrugado.
—Tu abuela siempre me echaba la misma bronca: «Celeste, ¿por qué no haces las cosas fáciles de una vez?». Y yo siempre le respondía lo mismo: «Porque lo fácil no tiene ninguna gracia».
—Pues a mí no me hace ni maldita gracia, Celeste. Me has dado unos sustos de muerte, Cash ha tenido que abrir diligencias policiales por robo y yo he estado a punto de colgarle el sambenito de ladrón a un hombre completamente inocente por tu culpa.
—Lo sé —Celeste le dio un apretón cariñoso—.
Lo sé, mi niña, y lo lamento de corazón.
Pero tenía que cerciorarme. Una nunca puede estar segura del todo hasta que lo comprueba con sus propios ojos.
Aunque Dolores te hubiera elegido, mi obligación era proteger el legado de mi amiga.
Ahora sé que eres exactamente la mujer que ella intuía. Tu corazón está en el lugar correcto.
Amy negó con la cabeza mientras contemplaba a aquella anciana menuda que lograba parecer frágil y endemoniadamente valiente al mismo tiempo.
—Pero hay mucho que aún no me dices, Celeste —sonrió Amy sorbiéndose la nariz—. ¿Qué has hecho con las cosas de la tienda todo este tiempo?
Celeste la observó en silencio durante un instante prolongado. Luego, con una lentitud que delataba el esfuerzo de sus huesos, se apoyó en el tablero de la mesa, se incorporó y se alisó el vestido de flores. Con un gesto ceremonial, le tendió a Amy el llavero original del negocio.
—Eso no se puede explicar con palabras —sentenció—. Hay cosas que entran mejor por los ojos. Venga, coge un abrigo y acompáñame.
—¿Adónde? Celeste, por favor, que son las dos de la mañana.
—A mi casa —Celeste sonrió con picardía—. Deja que te enseñe una cosa.