El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 27 — Amy
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Capítulo 27 — Amy

Amy estaba detrás del mostrador, deslomándose para descifrar la letra de su abuelo en un cuaderno de inventario, cuando alguien llamó a la puerta. Amy soltó un bufido y fue a abrir. Sonrió al ver a Pete.

—Buenas, niña. ¿Está abierto?

—Técnicamente no, pero pasa. ¿Quieres un café?

—Pues me vendría de lujo, la verdad —el viejo se quitó la gorra y entró arrastrando los pies, inspeccionando el lugar con la calma del que se conoce cada rincón de memoria.

Se apoltronó en la silla junto al mostrador como si fuera suya—.

Bonita tienda. Siempre me gustó. Tu abuelo tenía buen ojo para los trastos.

—¿Te llevabas bien con él?

—Pescábamos juntos los domingos. Él, Tom Keynes y yo. Los tres —aceptó la taza que Amy le tendía—. Tom era el padre de Cash, por si no lo sabías.

—Lo sabía.

—Claro que lo sabías. Sabes más de lo que das a entender —Pete le dio un sorbo al café, asintió con aprobación, y dejó la taza en el mostrador—. Igual que tu abuela. Dolores también sabía más de lo que aparentaba, y ya te digo que aparentaba bastante.

Amy se apoyó en el mostrador, cruzó los brazos, y decidió ir al grano.

—Pete, ¿has venido a hablarme de Cash?

—He venido a tomarme un café.

—Has venido a hablarme de Cash.

—Puede. —Pete sonrió—. ¿Tan transparente soy?

—Eres el hombre menos transparente que conozco, pero estás aquí en vez de en tu banco del muelle, así que algo gordo te traes entre manos.

Pete soltó una carcajada.

—Me has caído bien desde el primer día, Amy, cuando entraste aquí mandando como si el pueblo fuera tuyo. Igualita que Dolores —se puso serio de golpe—. Y sí, vengo a hablar de Cash. Pero no de lo que tú te crees.

—Si es para decirme que la he cagado, te ahorras el viaje. Ya me lo ha dicho Mari y me lo repito yo a cada minuto. Te lo puedo decir en tres idiomas si quieres.

—No vengo a echarte la bronca. Vengo a contarte algo que ignoras y te hace falta saber. Si no lo aprendes, te vas a marchar de aquí pensando que Cash es un cabezota rencoroso, y los tiros no van por ahí.

Amy guardó silencio. Pete tenía esa forma de soltar las cosas que te quitaba las ganas de interrumpir.

—Yo vi crecer a ese chaval —continuó el viejo, mirando al fondo de la taza—.

Lo recuerdo con cinco años, descalzo en el muelle, esperando a que su padre regresara con la barca.

Tom Keynes era un buen hombre, el mejor marinero de la zona, y se ahogó cuando Cash tenía quince años.

Una tormenta de mierda que no avisó a nadie.

Salió a faenar y no volvió. Así de simple. Así de injusto.

Amy no despegó los labios.

—Su madre ya estaba enferma y duró un suspiro después de aquello. Cash, con diecisiete años, se quedó completamente solo en esa casa, con el perro, las facturas y un pueblo que no sabía muy bien qué hacer con él —Pete levantó la vista—. ¿Sabes quién lo amparó?

—Mis abuelos —murmuró Amy en voz baja.

—Tus abuelos, Arturo y Dolores. Le dieron de cenar, le arrimaron un hombro para llorar y le enseñaron a cuidar del negocio.

Y cuando Cash decidió meterse a policía, Arturo le pagó la academia de su bolsillo.

Le dijo: «Me lo devuelves cuando puedas, y si no puedes, ahí se queda».

—Pete hizo una pausa—. Cash le pagó hasta el último céntimo.

Le costó cuatro años de privaciones, pero lo devolvió todo.

Porque el chico es así: si te debe algo, salda la deuda; si lo quieres, te lo devuelve multiplicado.

Pero que Dios te libre de traicionarlo...

porque entonces se cierra en banda y no hay dios que lo abra.

A Amy se le llenaron los ojos de lágrimas al escucharlo.

—¿Entiendes ahora lo de ayer? —siguió Pete con vehemencia—. No es que no quiera perdonarte. Es que no sabe cómo se hace, porque la última vez que confió en alguien acabó de rodillas en un muelle con una alianza en la mano ante una mujer que le pagó con desprecio.

—Mari me ha contado lo de Lauren.

—Mari te habrá contado su versión, y conociéndola habrá metido su buena dosis de drama.

Yo te cuento la realidad de Cash —Pete bajó la voz—.

La noche que Lauren lo dejó, Cash se plantó en mi casa a las tres de la mañana.

No abrió la boca. Se sentó en mi porche y se quedó allí clavado hasta el amanecer.

Cuando salió el sol, se levantó, me dijo: «Gracias, Pete», y se fue a patrullar como si tal cosa.

No volvió a mencionar su nombre. Nunca. En cinco años.

—Chasqueó la lengua—. Hasta que apareciste tú y le escuché silbar otra vez.

Pensé: mira, qué bien, a lo mejor el chaval tiene una segunda oportunidad y esta vez no se va todo a la mierda.

—Y se ha ido a la mierda —lamentó Amy.

—Os habéis encargado los dos, que para bailar el tango hacen falta dos —Pete apuró el último trago y dejó la taza con un golpe seco—.

Pero yo no vengo a repartir culpas. Vengo a decirte que ese hombre bebe los vientos por ti, que tú estás igual por él y que si os sentarais a hablar cinco minutos en vez de montar escenitas y gritaros en la playa, os daríais cuenta de que vuestro problema tiene arreglo.

—No me coge el teléfono, Pete.

—¿Y quién ha dicho nada de teléfonos? —Pete se levantó de la silla, se puso la gorra, y la miró desde arriba con ojos de viejo pescador que seguramente habían visto más temporales que años tenía Amy—.

Mira, niña, te voy a dar un consejo y luego me voy a preparar la cena, que llevo veinte minutos sin vigilar el pueblo y a saber qué desastre ha pasado.

—Se acercó un paso a ella y le apuntó con el dedo—.

Deja de insistir con eso de llamarle y haz algo que no se espere.

Algo que le demuestre que valoras esta tienda, que valoras este pueblo y que lo valoras a él.

Y que no piensas largarte sin despedirte.

—Le guiñó un ojo—. Eres lista, eso salta a la vista.

Bastante más que él, desde luego, aunque tampoco es muy difícil.

Amy soltó una carcajada involuntaria, la primera en dos días, y Pete pareció darse por satisfecho.

—Y otra cosa. —Se detuvo en la puerta—. Si quieres saber de verdad qué pasó con tu abuela, qué es lo que todo el mundo te esconde y por qué tu madre no ha vuelto a pisar este pueblo, ve a ver a la comadrona.

—¿Celeste?

El viejo asintió y su voz disminuyó hasta convertirse en un soplido.

—Pero esta vez dile que te manda Pete. Y dile que ya va siendo hora de que el cielo se despeje.

La campanilla tintineó cuando Pete cruzó el umbral.

Amy se quedó paralizada tras el mostrador, con la taza todavía humeante y una frase retumbándole en la cabeza como un martillazo: «Cuando el cielo se despeje». *¿Pete también conocía la nota? Dios mío, realmente no se podía ocultar nada en Puerto Encantado.*

Se calzó las zapatillas con la intención de plantarse en la casa roja de Celeste Amador y no moverse de allí hasta que la vieja le escupiera todo lo que llevaba años callando. Pero estaba tan agotada que ni siquiera coordinaba para atarse las zapatillas.

Se detuvo en seco, inhaló profundamente y al levantar la cabeza vio las luces ya encendidas de la calle a través del escaparate.

Eran las ocho de la tarde, arrastraba dos noches de insomnio, tenía los ojos hinchados y la cabeza a punto de estallar. Si se presentaba a estas horas y en esas condiciones ante Celeste, parecería más la loca del pueblo que una nieta en busca de respuestas.

Necesitaba estar fresca.

*Mañana a primera hora voy a por Celeste*, decidió. Ahora mismo el cuerpo no le daba para más que para una ducha caliente y meterse en la cama a recuperar algo de vida.

Tras acostarse clavó la vista en las dos llaves de Cash que descansaban sobre la mesita y suspiró antes de recogerlas. Se las apretó contra el pecho, sintiéndose una estúpida, pero estaba tan exhausta que ni siquiera tuvo fuerzas para castigarse.

Se quedó frita en cuanto tocó la almohada.