Capítulo 26 — Cash
Pete se presentó en su casa al día siguiente sin avisar, a las siete de la mañana, con un paquete de churros recién hechos y cara de no aceptar un no por respuesta.
—No estoy para visitas, Pete.
—Entonces no abras la puerta. —Pete empujó la hoja con el codo y se coló dentro, esquivando a Capitán, que lo recibió con el entusiasmo que reservaba para cualquiera que trajera comida—. He traído churros de los de verdad, de la churrería de Marta, no las guarradas congeladas que desayunas tú.
—Yo no como churros congelados.
—Comes lo que pillas, que te tengo calado —Pete dejó el paquete sobre la mesa, abrió un armario con la soltura del que lleva décadas entrando en esa cocina, sacó dos platos y los colocó—. ¿Tienes café o tengo que traerlo también?
—Hay café.
—Pues ya estás tardando.
Cash preparó la cafetera por pura inercia.
Discutir con Pete era como hablarle a una pared.
Se sentaron a la mesa de la cocina con el paquete abierto en el centro y Capitán vigilando cada movimiento desde el suelo.
Durante unos minutos reinó el silencio mientras comían, una señal de que el viejo estaba tanteando por dónde atacar.
—Bonito labio —soltó al fin, apuntándole con el churro—. ¿Te escuece?
—No.
—Mentira —Pete mojó el churro en el café—. A ver, ¿me lo vas a contar tú o tengo que seguir escuchando a Figueroa? Lleva ya tres versiones distintas y en la última han salido a relucir navajas.
—No había ninguna navaja, Pete. Por Dios.
—Figueroa es un artista, el tío le pone teatro a todo —Pete masticó despacio—. Me han contado que le calzaste una buena hostia al armario ese.
—Él me empujó primero.
—Eso dicen todos, pero el que tiene la cara hecha un cromo eres tú, así que algo habrás hecho para ganártelo.
—Pete, si vienes a darme un sermón, has elegido el peor día.
—No vengo a darte lecciones. He venido a traerte el desayuno porque seguro que tienes el estómago vacío y a hacerte una pregunta.
—No me apetece otro interrogatorio.
—La misma de siempre. La que esquivaste el otro día en el muelle —Pete dejó el trozo de churro en el plato, se limpió los dedos con una servilleta de papel y entornó los ojos al mirarle—. ¿Le has preguntado a la chica si quiere quedarse en el pueblo contigo?
Cash soltó un bufido de desprecio.
—Pete, esa tía me ha mentido a la cara. Estaba firmándole papeles a la Whitfield mientras le regalaba sonrisas a los dos gilipollas del traje. Y cuando la pillé, va y me acusa de desvalijar su tienda delante de todos los vecinos. Creo que la respuesta a tu pregunta está más que clara.
—Yo ahí no veo ninguna respuesta, solo un cabreo fenomenal, que no es lo mismo. —Pete se echó hacia atrás—. Te he hecho una pregunta muy sencilla, muchacho: ¿le has preguntado a Amy Castillo, mirándola a los ojos, si quiere quedarse en Puerto Encantado? ¿Sí o no?
—No.
—No. —Pete asintió con parsimonia—. Permíteme recapitular: estás coladito por ella como un colegial, le has cogido la mano en mitad de la plaza, algo que no hacías ni con tu madre, y aun así te has saltado la única pregunta que de verdad importa.
Si se ve haciendo vida aquí, o si no es por el pueblo, contigo.
En lugar de eso, ¿qué has hecho? Vigilarla, desconfiar, seguirla con el coche y montar un espectáculo en la playa que va a ser el chisme oficial del pueblo los próximos años.
—Ella me engañó, Pete. Me llamó por teléfono y me mintió mientras la estaba observando a diez metros.
—Y tú vas y la tratas como si fuera una más de las que se largan. Eso es lo peor que le puedes hacer a una mujer —Pete enarcó una ceja—. ¿O es que eso no suma?
Cash guardó silencio.
—Escucha —pidió Pete. Su tono cambió por completo, volviéndose más grave y pausado, el que empleaba cuando dejaba de vacilar y hablaba en serio—.
Yo conocí bien a Arturo. Y a Dolores. Los traté toda la vida.
Y te voy a decir una cosa que a lo mejor ignoras, o que quizás intuyes, pero que te hace falta escuchar ahora mismo: Dolores no era ninguna santa.
Era una mujer difícil, que metió la pata, guardó secretos y lastimó sin querer a los que estaban a su lado.
Y a pesar de todo, Arturo la elegía a ella.
Cada mañana. Sabiendo perfectamente con quién se la jugaba.
Porque la amaba por encima del dolor que le provocaban las cosas que no comprendía.
—Dio un toque seco en la madera con los nudillos—.
Eso es querer a alguien, Cash. No se trata de que jamás te oculte nada.
Se trata de que, cuando falle porque es humana, tengas las agallas de sentarte a preguntarle el porqué en vez de salir corriendo a esconderte.
Cash se quedó con la vista fija en los churros. Le pesaban los párpados, le escocía el labio y le pesaba la existencia.
—Amy no es Lauren —remató Pete, hablándole sin rodeos, como un padre—.
Y tú ya no eres el chaval que se hincó de rodillas en el muelle.
Tienes treinta y cuatro tacos, joder, compórtate como un hombre.
Ve a hablar con ella. Si después de hablar resulta que decide marcharse, pues que se marche.
Te pillas unas cervezas conmigo y a otra cosa.
Pero al menos te quedará la certeza de haberlo intentado, en lugar de quedarte aquí a torturarte por dentro junto al bueno de Capitán.
El perro levantó la cabeza al oír su nombre.
—A Capitán déjalo tranquilo —refunfuñó Cash.
—Capitán es el único con dos dedos de frente en esta casa —Pete suspiró, se puso en pie, se sacudió las migas de los pantalones y agarró su gorra—. Me largo. Tengo un banco esperándome en el muelle y un periódico que no va a leerse solo.
Ya en el umbral, se dio la vuelta.
—Ah, y otra cosa. La nieta de los Castillo se parece bastante a su abuela, más de lo que cree.
Y eso, viniendo de mí, es un cumplido muy grande, porque a Dolores la quise como a una hermana.
—Le apuntó con el dedo—. No la dejes ir sin pelear, Cash.
Que luego te arrepientes y el arrepentimiento es una compañía de mierda. Peor que Figueroa, incluso.
Y sin decir más se largó, dejando la puerta abierta, los churros a la mitad, y a Cash sentado en la cocina que heredó de sus padres, con la molesta sensación de que un viejo de ochenta años le acababa de dar el guantazo de realidad que llevaba toda la vida necesitando.
Capitán aprovechó para zamparse el último churro que quedaba en el plato de Pete. Cash levantó una ceja.
—Ese era mío.
Capitán levantó el hocico y ladró al aire, que era su forma de levantarle el ánimo.
Cash esbozó una sonrisa.
—Vale, de acuerdo. Tú ganas.