El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 25 — Amy
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Capítulo 25 — Amy

Amy ya no tenía fuerzas para llorar, pero tampoco conseguía quedarse dormida.

En vez de eso se pasó la noche en vela, tumbada en la cama y mirando al techo. Llevaba las dos llaves de Cash tan apretadas en el puño que se le habían quedado marcadas en la palma.

Le había llamado una vez tras otra, como una acosadora patética. Todas las llamadas saltaron directas al buzón de voz.

Al final se quedó contemplando su nombre en la pantalla y decidió que todavía le quedaba un gramo de dignidad. Dejó el teléfono boca abajo en la mesita de noche y se abrazó a la almohada.

Enhorabuena, Amy, te has cargado lo mejor que te ha pasado en la vida en menos de treinta segundos.

Eso tenía que ser algún tipo de récord mundial.

Se levantó al amanecer, preparó un café que no llegó a probar y bajó a la tienda a hacer lo único que sabía hacer cuando todo se iba a la mierda: mover cajas, recontar inventario y fingir que las cosas recuperaban el sentido si estaban en su sitio.

El autoengaño le duró veinte minutos. Luego se desplomó en la silla del mostrador con la cabeza entre las manos.

Y justo ahí la encontró Mari a las nueve en punto.

La mujer entró sin llamar, le echó un vistazo, soltó un «ay, madre», y se fue directa a la cafetera.

—No quiero café —dijo Amy.

—No te he preguntado —Mari le plantó la taza delante y se sentó enfrente—. Bebe.

—Me va a sentar fatal.

—Peor de lo que estás ya no vas a estar.

Amy le dio un sorbo. Le sentó como una patada en el estómago. Pero era el café de Mari, y la mujer se había plantado allí a las nueve de la mañana de un martes, sin que nadie se lo pidiera, solo para hacerle compañía. Aquello era mucho más de lo que Amy merecía después del espectáculo de ayer.

—¿Tan grave ha sido? —preguntó Amy, aunque se sabía la respuesta.

—Figueroa va diciendo que aquello parecía una película de Tarantino.

—Figueroa ni siquiera estaba allí.

—Figueroa no necesita estar, se lo inventa todo y encima lo cuenta mejor de lo que fue —Mari dio un trago—. Lo que esos dos tipos le hicieron al bueno de Cash, eso lo vi yo con mis propios ojos. Y en cuanto a la burrada que le soltaste al pobre… Bueno, esa la escuchamos todos.

Amy dejó la taza en la mesa y bajó la mirada.

—Ya lo sé, Mari. No hace falta que me lo recuerdes, me voy a acordar de esto el resto de mi vida. Si has venido a echarme la bronca, te la puedes ahorrar. Nadie me la va a dar más fuerte que yo misma.

—No he venido a echarte la bronca. He venido a contarte algo que no sabes.

Amy se enderezó de inmediato. El tono de Mari le advirtió que aquello no iba de paños calientes.

—¿Tú sabes lo de Lauren? —preguntó Mari.

—Sé que le pidió matrimonio y ella le dio calabazas.

—Sí, pero no tienes ni idea de cómo fue.

Y el cómo es lo que de verdad importa —Mari se repantingó en la silla—.

Cash le pidió matrimonio en la fiesta de fin de verano.

Delante de todo el santo pueblo. Trescientas personas mirándolos, Amy.

Se arrodilló en mitad del muelle con un anillo y un discurso que le había llevado semanas escribir.

Imagínate a él, que le cuesta soltar dos frases seguidas sin pasarlo mal.

Y Lauren, que era monísima, listísima y un encanto de tía, lo miró y le soltó que no porque no se veía viviendo en un pueblo tan pequeño.

Dijo que aquello era muy idílico, pero que se ahogaba.

Y se largó esa misma noche sin decir adiós a nadie.

—Joder —susurró Amy.

—Joder es poco. —Mari bajó el tono—. Pero lo peor no fue la negativa.

Lo peor fue que pasó delante de todo el mundo.

Trescientas personas clavándole los ojos mientras la mujer a la que amaba le decía que su vida era una puta mierda y no le bastaba.

Y Cash tuvo que quedarse aquí, aguantando las miradas día tras día, sabiendo que cada vecino se acordaba del asunto.

Amy aferró la taza solo por ocupar las manos con algo.

—Desde ese día tiene dos reglas de oro —continuó Mari—. Nada de líos con chicas de ciudad y nada de muestras de afecto en público. Las dos promesas que se hizo a sí mismo. —La miró fijamente—. ¿Y sabes qué ha hecho contigo?

—Romper las dos —admitió Amy con un hilo de voz.

—Hacerlas pedazos. A sabiendas. Delante de todo el pueblo. Paseando contigo del brazo, llevándote a tomar helados y pregonando que estaba coladito por ti en mitad de mi cafetería, con todos los vecinos cotilleando —Mari sostuvo su mirada—. ¿Tienes la más mínima idea de lo que le supuso hacer eso?

Amy asintió con los ojos inundados de lágrimas. Le temblaba la barbilla, pero le importaba un pimiento.

—Y lo que le soltaste ayer —Mari no dio su brazo a torcer— no fue simplemente acusarlo de ladrón.

Fue repetirle lo mismo que le hizo Lauren, pero de otra manera: que no es de fiar.

Que todo lo que ofrece no vale para nada.

Le diste una patada justo en la única herida que no había cicatrizado.

—Hizo un silencio—. Y encima delante de medio pueblo. Otra vez.

—¡Que ya lo sé! —Amy pegó un puñetazo en la mesa que hizo bailar las tazas—.

¿Te crees que no lo sé? Le vi la cara, Mari.

Se la vi perfectamente. Supe la que había liado en el mismo segundo en que abrí la boca, pero ya era tarde.

—Se le quebró la voz—. Yo no pienso eso de él.

Jamás he creído que Cash haya robado nada.

Lo solté porque me sentía acorralada y quería herirlo, lo cual es mil veces peor. Lo sé. Es asqueroso.

—Es una putada —ratificó Mari—. Pero también significa que tiene arreglo. Porque demuestra que no eres una mala bicha y, en el fondo, él lo sabe.

—¿Qué arreglo va a tener? Le he llamado un montón de veces y no me coge el teléfono.

—Normal que pase de ti —Mari se inclinó sobre la mesa—.

Las cosas no se solucionan con una llamada, Amy.

Telefonear es lo cómodo, eso lo hace cualquiera.

Cash no necesita oír tu voz. Necesita verte.

Verte echar raíces aquí. Demostrarle que la has cagado pero que vas a pelear por él en lugar de salir corriendo como el resto.

—Yo no soy como las demás.

—Pues demuéstraselo. Porque de momento, desde su punto de vista, das el perfil por completo.

Amy guardó silencio, con el café enfriándose en la taza y Mari observándola sin un ápice de lástima. Era puro cariño rudo. Del bueno, del que te suelta las verdades sin anestesia.

—No me voy a marchar —afirmó Amy.

—Eso no me lo tienes que decir a mí.

Mari se incorporó, recogió las tazas y las llevó a la pila como si estuviera en su casa.

—Eres la tía con más imaginación que conozco, Amy Castillo. Invéntate la forma de que ese hombre vuelva a confiar en ti.

Y se largó, dejando la puerta entornada y a Amy a solas en la tienda frente al café helado y con un marrón monumental sobre los hombros.

*Invéntate la forma.* Claro, qué fácil se veía desde fuera.

Que sí, que ella la había pifiado a lo grande, eso era innegable. Le tocaba pedirle perdón de rodillas si hacía falta.

Pero vamos a ver, ya puestos, Cash también se había lucido.

Podría haber cruzado la calle en lugar de seguirla con el coche como un detective de pacotilla, ¿no?

Podría haberle preguntado abiertamente por la dichosa venta antes de montarse una película digna de Hollywood.

Y ya de paso, podría haberle descolgado el maldito teléfono al menos una vez en toda la noche, en vez de dejarla hablándole al buzón de voz como una idiota.

Buf… Qué panorama.

¿Cómo narices te acercas a un tipo herido y cabreado cuando tú estás igual de dolida y furiosa?

Madre mía. Demasiados frentes abiertos.