El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 24 — Cash
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Capítulo 24 — Cash

Cash condujo de vuelta a casa en piloto automático, sin apenas darse cuenta del camino.

Aparcó el todoterreno cruzado, dejando una rueda subida al bordillo, y permaneció quieto un minuto largo con las manos fijas en el volante y el motor apagado. Se quedó mirando la pintura desconchada del porche a través del parabrisas.

Le escocía el labio. Se lo lamió con la punta de la lengua y saboreó el regusto a hierro, la inflamación del corte y la tirantez de la sangre seca en la piel.

Menudo cuadro: el comisario de Puerto Encantado con la cara hecha un cromo por liarse a puñetazos con un turista en mitad de un chiringuito.

Si tu padre pudiera verte ahora…

Capitán lo recibió en el umbral, agitando el rabo con el entusiasmo de todos los días. Cash le rascó las orejas por pura inercia, entró en la casa, soltó las llaves de casa sobre el mueble del recibidor y se encaminó directo al baño para quitarse los costrones de sangre de la barbilla.

Al mirarse en el espejo, el tipo que le devolvía el reflejo tenía arena metida hasta en el pelo, la camisa perdida de suciedad y, clavada en su rostro, una expresión que reconoció al instante.

Ya la había visto años atrás, la última vez que una mujer le demostró que confiar en alguien era de imbécil.

Abrió el grifo de la ducha y se metió debajo del agua fría para despejar las ideas. Se puso una muda limpia, pilló una cerveza del frigorífico y salió al porche.

Se dejó caer en la mecedora con el botellín en la mano, Capitán tumbado a sus pies y la estampa de la marisma abriéndose ante él. No hizo otra cosa que tragar alcohol, intentando borrar el rostro y los audios de Amy, que parecían haberse instalado en cada rincón de su estúpida cabeza.

El sol se terminó de ocultar bajo el agua y el perro se quedó frito.

Cash vio unos faros en el camino y enderezó la espalda pues no esperaba a nadie.

Al reconocer el coche de Noah se tranquilizó.

El cabrón aparecía como de costumbre: sin avisar y cuando menos apetecía.

Pero esta vez traía un par de bolsas de papel con comida china y un amago de sonrisa que no se creía ni él.

—He traído la cena —anunció desde el otro lado de la mosquitera—. ¿Se puede o me vas a tirar un cenicero a la cabeza?

—Pasa.

Noah entró, plantó las bolsas en la mesa y le echó un ojo al labio reventado sin abrir la boca para soltar ningún chiste.

Aquel silencio era tan inusual en él que equivalía a un abrazo reconfortante.

Sin mediar palabra, comenzó a desplegar los envases de plástico, los platos y las servilletas, y tomó asiento.

—Come —dijo.

—No tengo hambre.

—Come igual —le acercó el bote de arroz de un empujón—.

Y antes de que abras la boca, sí, ya estoy al tanto de todo.

No por ti, desde luego, que eres una tumba para tus cosas.

Me ha venido con el cuento medio pueblo, cada uno arrimando el ascua a su sardina.

La de la farmacia jura que fuiste tú el que soltó la primera hostia.

Mari defiende que eres un santo incapaz de romper un plato.

Y Figueroa va diciendo que aquello era una carnicería, que parecía una película de Tarantino.

—No había tanta sangre.

—Lo sé, pero ya conoces al capullo de Figueroa. —Noah comió un momento en silencio—. El tipo con el que te pegaste ha dejado una reclamación en comisaría. La tiene Sheila encima de la mesa. Agresión por parte de un agente de la autoridad, abuso de poder y toda esa pesca.

Cash se frotó la cara con las manos, agotado.

—Joder.

—No va a ir a ninguna parte. El primero en empujar fue él, hay un porrón de testigos que lo confirman y el pavo esta noche se vuelve a su casa con la cola entre las piernas, un ojo morado y un traje de Armani echado a perder.

Yo limpio el expediente —Noah lo miró con media sonrisa—.

De lo que no te puedo salvar es del careto que traes, que da más pena que lo del labio.

Cash no contestó.

Capitán, que tenía un olfato infalible para las conversaciones difíciles, se levantó, vino a apoyar la cabeza en la rodilla de Cash y lo miró con esos ojos húmedos de perro que sabe mucho.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó Noah.

—No.

—Vale. —Noah siguió comiendo—. Entonces como y cierro el pico, que también se me da bien. Bueno, ¿a quién pretendo engañar? Soy un bocazas, pero puedo hacer el esfuerzo.

Compartieron otro rato de mutismo, Cash picoteando por compromiso y Noah devorando el menú, mientras el canto de los grillos en la marisma camuflaba todo lo que callaban.

Al terminar, Noah se pasó la servilleta por los labios, retiró el envase y soltó el discurso mirando hacia el agua en vez de fijarse en su amigo, que era su manera habitual de abordar los temas espinosos.

—Te digo una sola cosa y desaparezco —marcó el uno con el dedo—. Una frase y ahueco el ala, palabra de boy scout.

Cash resopló mirando al techo.

—Dispara.

—Lo que ha pasado hoy ha sido una mierda, de acuerdo, pero tú y yo sabemos que esa chica está colada por ti y que jamás pensaría que has sido tú el ladrón.

Eso lo ha dicho con el calentón del momento, para tratar de hacerte daño, porque estaba acorralada y asustada.

Al igual que tú le has dicho cosas hirientes que no piensas.

—Noah le miró de reojo—. ¿O me vas a decir, como Mari, que eres un santo?

Cash amagó con replicar, pero acabó negando con la cabeza, frustrado.

—Porque si lo piensas de verdad —insistió Noah—, cerramos el kiosco, te compro otra caja de botellines y te dejo emborracharte a tu aire.

Pero si no es el caso, y pongo la mano en el fuego a que no lo es, lo de hoy se reduce a dos idiotas asustados diciéndose burradas.

Eso es más viejo que el hilo negro y, por cierto, se soluciona hablando —se puso en pie, juntó los cacharros y los llevó a la pila de la cocina—.

No añado nada más por hoy. Buenas noches, jefe.

—Noah.

—Dime.

Cash alzó la vista hacia él.

—Gracias por la cena, tío.

Noah sonrió.

—Vaya, resulta que el poli gruñón tiene corazoncito. No hay de qué, viejo. Y encasquétate un poco de hielo en el labio, anda, que mañana vas a parecer un boxeador sonado.

Se marchó y la mosquitera se cerró tras de sí con un golpe seco. Cash escuchó el rugido del motor alejándose y volvió a quedarse a solas con el perro, la marisma y el cielo estrellado.

En el bolsillo de la camisa todavía le escocía la ausencia de las dos llaves, una falta física que notaba a cada segundo. Era exactamente igual que cuando te arrancan una muela: la lengua vuelve una y otra vez al hueco vacío, por puro instinto, incapaz de estarse quieta.

Capitán soltó un bostezo largo sin apartar la cabeza de su pierna. Cash dejó caer el brazo para masajearle tras las orejas hasta que el animal dejó escapar un suspiro mezcla de gusto y sueño.

En el interior del bolsillo del pantalón, el teléfono vibró tres veces seguidas. Y luego otras tres más. Todas las llamadas llevaban el nombre de Amy.

Con el corazón hecho un puño, dejó que saltara el buzón de voz.