El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 23 — Amy
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Capítulo 23 — Amy

Amy se armó de paciencia y volvió a explicarlo más lentamente, como si se dirigiera a un grupo de infantes.

A ver si esta vez vuestros cerebros lo pillan.

—Lo que intento decir es que yo no soy la única dueña.

Hay otras dos hermanas además de mí, y mi madre, así que cualquier decisión sobre el negocio tiene que pasar por ellas.

Y también por mi pareja —añadió al final, clavando la vista en Larissa, que abrió los ojos de par en par.

Amy resopló con una sonrisa—. Que sí, Lara, que salgo con alguien.

Y ese alguien tiene mucho que decir sobre el futuro de esta tienda.

A Larissa se le borró la sonrisa de golpe.

—¿Y quién es tu pareja, si se puede saber?

Amy le sostuvo la mirada.

No tengo nada que esconder, y tampoco él.

—Cash Keynes.

El nombre cayó sobre la mesa del chiringuito como una losa. Larissa no pudo disimular el impacto.

—¿El comisario?

Los dos inversores se cruzaron una mirada.

El más alto, un tipo robusto con barba de chivo que se llamaba Todd o Brad, se cruzó de brazos y miró a la agente exigiendo una explicación.

El otro, más bajo y reservado, con gafas de pasta y pinta de abogado, se limitó a tamborilear con los dedos sobre la madera.

—Conque Keynes —masculló Larissa, saboreando el apellido—. Así que estás con el policía del pueblo.

—Sí, salgo con Cash —Amy sonrió, y fue una sonrisa sincera, de las que se le escapaban solas cada vez que pronunciaba su nombre—. ¿Hay algún problema con eso?

—Ninguno, cielo —Larissa recuperó los papeles con la velocidad de una experta en tragarse sapos sin perder la compostura—.

Faltaría más. Pero quiero que entiendas mi postura: mis clientes llevan semanas metiendo horas en esto.

Viajes, informes, abogados, arquitectos.

Es una inversión muy gorda y no pueden avanzar a ciegas, pendientes de un hilo.

Necesitan un mínimo compromiso. Algo simbólico, que no te ate a nada.

—Abrió el maletín, sacó una carpeta y la plantó sobre la mesa—.

Una hoja de encargo en exclusiva. Me das permiso para mover la venta y ellos ven que la cosa va en serio.

Es un simple papel, Amy. No vendes nada, solo me dejas trabajar el asunto.

Amy bajó la vista hacia el documento. Miró a Larissa y luego a los dos tipos trajeados, que sudaban tinta como si estuvieran metidos en una sauna.

—No sé —titubeó—. Tengo que pensarlo.

—Claro que sí. Piénsalo bien —Larissa sacó un bolígrafo y lo dejó al lado, con la maña de quien sabe que los gestos convencen más que los discursos—. Pero hazlo ahora, a ser posible. Todd y James vuelan a Miami esta misma noche y no quieren irse sin algo firmado.

Amy agarró el bolígrafo por puro instinto, de la misma forma que aceptas cualquier cosa que te encasquetan en la mano, y abrió las tapas para revisar el texto.

No iba a firmar. Iba a leer. Amy no firmaba nada a ciegas, ni una triste multa de tráfico, y menos le iba a regalar una exclusiva a Larissa Whitfield sin desmenuzar cada frase.

Pero el caso es que estaba allí, con el boli entre los dedos, inclinada sobre los folios y repasando el primer párrafo, cuando la voz áspera de alguien muy cabreado rompió el aire como un trueno.

—¡Amy!

Al levantar la vista, el tiempo se detuvo. Cash avanzaba por la arena a pasos agigantados, con una expresión que jamás le había visto en la cara, ni siquiera el día que se conocieron frente a la tienda y la miró como si le costara respirar.

Aquello era mucho peor. Traía una furia ciega que le ponía rígido cada músculo del cuerpo y le nublaba los ojos.

En cuanto lo tuvo delante, Amy supo que todo se había ido a la mierda.

—Cash —soltó el bolígrafo y se levantó de un salto—. ¿Qué haces aquí? Si te acabo de decir que...

—¿Que estabas sola? —Cash se plantó ante la mesa, con la respiración entrecortada, repasando el panorama con una mueca de puro desprecio—. ¿Que la fiesta había terminado y te ibas a casa? Eso me has soltado hace cinco minutos por teléfono, Amy. ¿O me lo estoy inventando?

Amy se quedó pálida al comprender de pronto que Cash llevaba ya un buen rato allí. Que la había llamado sabiendo que estaba con Lara y que ella le había mentido a la cara. Bueno, por teléfono, mientras él seguramente la miraba hacerlo.

—Cash, tiene una explicación...

—¿Explicar qué? —el tono de Cash subió un peldaño, lo suficiente para que la gente de las mesas contiguas se diera a la fuga—. ¿Que me engañas por teléfono mientras les firmas contratos a estos tíos? ¿Que llevas rato trapicheando con esta mujer a mis espaldas sin decirme ni media palabra?

—¡Que no iba a firmar nada!

—Tenías el boli en la mano, Amy. Lo he visto perfectamente.

Larissa se puso en pie mostrando las palmas de las manos, recurriendo a su pose de mediadora experta.

—Comisario, si me deja hablar...

—A usted no le he dado vela en este entierro —Cash ni se molestó en mirarla—. Siéntese.

—Mire, no le voy a tolerar que me hable en ese tono delante de mis clientes.

—¿Sus clientes? —él se volvió hacia ella y se le notó el asco en los ojos—. ¿Los de los pisos turísticos? ¿El planazo para el que ha estado pidiendo los informes del catastro y las cargas del terreno de los Castillo sin decirles nada?

Larissa perdió el color de golpe.

—Es el trámite habitual...

—El trámite habitual es avisar al dueño, no hacer las cosas por la espalda —la cortó Cash. Se encaró entonces con los dos tipos trajeados—. ¿Y vosotros qué cojones pintáis aquí?

Todd se levantó como impulsado por un muelle. Le igualaba en altura a Cash, era bastante más robusto y desprendía esa chulería de los que están acostumbrados a que todo el mundo se quite de en medio cuando se ponen derechos.

—Oye tío, te estás pasando de la raya —dijo, con un acento del sur que arrastraba las vocales—. Esto es una reunión privada y no recuerdo haberte llamado.

—Para empezar, no soy tu tío. Y esto no tiene nada de privado. Es un chiringuito en la playa de mi pueblo. De. Mi. Puto. Pueblo —siseó amenazante.

—Cash, por favor. —Amy se puso entre los dos, las manos en el pecho de Cash, empujando, notando debajo el corazón desbocado y los músculos tensos—. Vámonos de aquí. Vamos a hablar a solas, por favor, pero en otro sitio. Aquí no.

Todd no dio el brazo a torcer. Avanzó un paso y le plantó una mano en el hombro a Cash para obligarlo a retroceder.

—Escucha, listo, la señorita te ha dicho que...

Cash le quitó la mano de encima con un bofetón seco que sonó como un latigazo.

El hombre respondió con otro empujón, esta vez con las dos manos y directo al pecho, de los que te desplazan tres metros hacia atrás.

Pero Cash apenas se movió, tan bien plantado estaba.

Medio chiringuito se giró de golpe, listos para ver las sillas volar.

Amy vio en los ojos de Cash el segundo exacto en que todo el autocontrol que le permitía ser el comisario sereno que nunca perdía los papeles, se rompía en añicos.

Cash le devolvió el golpe con una potencia que derribó al instante al inversionista.

En vez de seguir atacando, Cash aguardó a que el tipo se volviera a poner en pie.

En ese mismo instante, un vaso de cristal voló desde la mano de James, el inversor que seguía sentado a la mesa, e impactó de lleno contra la mandíbula de Cash.

Amy soltó un grito.

Cash meneó la cabeza aturdido, como si no pudiera creer lo que había ocurrido, pero enseguida pareció recuperarse y respiró por la nariz intentando calmarse.

Amy dio un paso hacia él y estudió su rostro.

Tenía un corte chungo en el labio y sangre por toda la pechera del uniforme.

Larissa empezó a chillar que iba a llamar a las autoridades, lo cual tenía gracia porque la máxima autoridad del pueblo la tenía delante.

—¡Esto es una vergüenza! —Larissa recogía los folios del suelo con las manos temblorosas de pura rabia—. ¡Un escándalo! Pienso poner una denuncia formal, comisario, esto no va a quedar así.

A Cash le dio exactamente igual. Se había quedado de piedra mirando a Amy, que permanecía de pie en mitad del destrozo, con los ojos inundados de lágrimas y la carpeta de la inmobiliaria tirada bajo una silla.

Al mirarle, Amy descubrió algo que la asustó muchísimo más que los golpes: la decepción.

—Vámonos, por favor —le suplicó Amy en un susurro, buscándole la mano—. Cash, en serio. Vámonos de aquí y te lo cuento todo.

Cash bajó la vista hacia sus dedos entrelazados. Durante un segundo eterno, Amy pensó que iba a ceder, que le apretaría la mano y caminaría a su lado hacia cualquier rincón tranquilo para hablar y solucionar el entuerto, tal y como habían quedado hacía apenas una hora.

Pero no lo hizo. Se soltó despacio, con cuidado, como si el contacto le escociera pero no quisiera lastimarla al alejarse.

—¿Explicarme qué? —dijo, en voz tan baja que ella tuvo que arrimarse para captar las palabras—.

Me has engañado, Amy. Hace diez minutos y a sangre fría.

Bueno, ni siquiera a la cara. Te has puesto de espaldas para que tus nuevos socios no escucharan la conversación.

—Negó con la cabeza—. ¿Cuánto tiempo llevas con esta milonga?

¿Desde que llegaste al pueblo? ¿Desde antes de empezar lo nuestro?

¿Has estado riéndote de mí todo este tiempo mientras vendías la tienda a mis espaldas?

—¡No! ¡No es verdad, Cash! No me he burlado de ti, ni he firmado nada, ni hay ninguna venta…

—¿Y lo de los mapas? —La pregunta le salió afilada, peligrosa—.

Que la Whitfield se pase una hora metida en la tienda de tus abuelos justo el día que desaparecen las cartas náuticas también es una coincidencia, ¿no?

Todo son malditas casualidades. Qué suerte tienes, Amy. Tu vida está llena de carambolas.

—¡Lara no tiene nada que ver con el robo!

—¿Y tú cómo puedes estar tan segura?

—¡Porque lo sé y punto!

—Pues yo no lo sé —Cash la observaba fijamente, y Amy vio cómo sus facciones se volvían de piedra, cerrándose en banda como los compartimentos de un barco que se va a pique—. Lo único que tengo claro es que me ocultas información y que me has mentido hace diez minutos.

—¿Me estás llamando mentirosa?

Amy, que cuando sufría prefería morder antes que romper a llorar, se escuchó soltar una burrada que ni sentía ni pensaba, un ataque directo nacido del miedo y de la rabia, como el zarpazo de una fiera acorralada.

—¿Y cómo sé yo que no te los has llevado tú? ¿Eh? Desaparecen los objetos del negocio sin forzar una sola puerta y el único que tiene copia de las llaves aparte de mí eres tú. ¿Quién me asegura que no te has dedicado a desvalijar la tienda todo este tiempo?

Las personas a su alrededor se quedaron mudas de golpe.

La música continuaba saliendo por los altavoces con una alegría ridícula y las olas seguían rompiendo en la orilla, pero la gente que estaba lo bastante cerca para escuchar se quedó paralizada.

En el pueblo todos conocían a Cash Keynes.

Todos sabían perfectamente quién había custodiado el negocio de los Castillo durante meses sin pedir un céntimo a cambio.

Acusar a ese hombre de robo era un insulto que nadie allí iba a tolerar.

Amy comprendió la gravedad del error en cuanto terminó de pronunciar la última sílaba.

Se le abrió un vacío enorme en el estómago al ver que el rostro de Cash se transformaba en una máscara de hielo, mientras el silencio general de la terraza la aplastaba.

Deseó con todas sus fuerzas tragarse las palabras, meterse los puños en la boca y empujarlas de vuelta hacia el pecho.

—Cash —susurró—. No, no quería decir eso... Lo siento mucho.

Pero la bala ya había salido. El destrozo era irreparable.

—Joder —Cash negó con la cabeza, hablando casi para sí mismo—. ¿De verdad me crees capaz de robarles a mis abuelos?

En ese instante, Amy comprendió que Arturo y Dolores sí habían sido sus abuelos.

Quizá no compartieran el apellido, pero lo habían sido en todo lo importante: en los platos de sopa caliente cuando murió su padre, en las jornadas de pesca y en las tardes de risas y consejos.

Al fin y al cabo, ellos se convirtieron en la única familia que le quedó en el mundo cuando el océano le arrebató a la suya.

—De verdad, Cash, perdóname por lo que he dicho. Es que te has puesto a gritarme y...

Pero él ya no escuchaba. Ni siquiera la miró mientras se metía la mano en el bolsillo del pantalón para sacar el llavero. Amy vio cómo quitaba las dos llaves del negocio y se las ponía delante. Se negó a cogerlas. Cash no dijo nada, se limitó a dejarlas sobre la mesa del chiringuito.

Cruzó la terraza a paso firme, abriéndose camino entre la gente que se apartaba horrorizada al verlo pasar con el labio partido y el uniforme manchado de sangre, pero manteniendo la espalda más recta que nunca.

Amy lo siguió con la mirada mientras se alejaba por la playa en dirección al coche, mientras su silueta se encogía a cada paso que daba sobre la arena, y empezó a llamarlo.

Gritó su nombre una vez. Luego otra. Y otra más.

Cash no volvió la cabeza. No se giró ni una sola vez.

Amy se quedó inmóvil en mitad del chiringuito, con el metal de las llaves apretado contra la palma de la mano, la música sonando de fondo y la gente volviendo a lo suyo como si la tierra no se hubiera abierto bajo sus pies.

Pensó, con una lucidez espantosa, que se había pasado la vida entera siendo la persona que hacía las maletas. La que huía antes de que la herida empezara a escocer. La que jamás echaba raíces y prefería marcharse antes de tener que dar explicaciones.

Y ahora, por primera vez, era a ella a quien dejaban atrás.

Dolía exactamente como lo había imaginado siempre.