El poli del pueblo (Puerto Encantado 1) Capítulo 22 — Cash
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Capítulo 22 — Cash

A Pete lo encontró donde lo encontraba siempre, en el banco del muelle, con una caña apoyada al lado. Parecía que el viejo Pete no iba al muelle a pescar sino más bien a vigilar el pueblo con la caña como excusa.

—Comisario —saludó Pete sin volverse—. Traes cara de funeral.

—Traigo cara de lunes.

—Es martes.

—Pues peor me lo pones.

Cash se sentó a su lado, justo en el mismo rincón que ocupaba desde crío cuando bajaba a esperar a su padre. El agua chocaba contra los pilotes de madera con la paciencia de las cosas que llevan repitiendo el mismo movimiento mil años.

Pete le tendió la bolsa de pipas, pero Cash le hizo un gesto de rechazo. El viejo se encogió de hombros y siguió pelándolas con los dientes.

—¿Qué ha pasado?

—Han vuelto a entrar en la tienda de los Castillo —dijo Cash—. En el piso de arriba. Se han llevado una caja con cosas de valor. No han forzado nada, ha sido un calco de las anteriores veces.

—Vaya.

—«Vaya» es lo único que se te ocurre.

—¿Qué quieres que te diga? —Pete escupió una cáscara al agua—. Son trastos viejos. Llevan saliendo cosas de esa tienda desde antes de que la cría pusiera un pie aquí. ¿No tienes asuntos más graves de los que encargarte?

—Es un robo, Pete. Es mi trabajo.

—Tu trabajo —Pete lo miró de reojo con esa sonrisa de lado que ponía cuando iba a meter las narices donde no debía—.

¿Y desde cuándo bajas tú al muelle a hablarme de faena?

Cuando tienes un caso entre manos no abres la boca, te cierras en banda y no hay quien te saque nada.

Te conozco de sobra, chaval. Bajas aquí cuando lo que te quita el sueño no es el trabajo.

Cash guardó silencio, lo que ante un viejo como Pete equivalía a darle la razón.

—Es por la chica —soltó Pete, encantado de haber dado en el clavo—. Lo sabía. ¿Qué pasa con ella?

—No pasa nada con ella.

—Estás pillado.

—Pete.

—Que estás pillado, hombre, que se te nota a la legua —Pete soltó una carcajada de viejo lobo de mar—.

Y haces bien. Yo a tu edad, con una mujer así delante, perdía la cabeza sin pensarlo.

Es lista, es guapa y tiene carácter. Le planta cara a la mitad del pueblo y encima se te ríe en las narices. ¿Qué más quieres?

—Que es de fuera. Se va a largar en cuanto pueda.

—Eso lo dices tú —Pete partió otra pipa con los dientes—. ¿Se lo has preguntado?

Cash abrió la boca para contestar pero se quedó en blanco porque la verdad era que no, no se lo había preguntado. Llevaba semanas dando por sentado que Amy haría las maletas, sin pararse a consultarlo con la única persona que tenía la respuesta.

Pete vio cómo se le mudaba el color de la cara y asintió despacio, satisfecho, como el pescador que siente el primer tirón en el sedal.

—Lo que yo decía —concluyó—. Mira, Cash, yo de trastos viejos no tengo ni idea, pero de burros que se quedan solos por puro orgullo sé un rato largo.

Lo he sido toda la vida y mírame ahora, sentado en un banco y dándole consejos a un chaval al que he visto crecer desde que era un peque.

—Le dio un golpe afectuoso en la rodilla con su mano nudosa—.

No la dejes marchar sin preguntarle antes si quiere quedarse.

Es lo único que te digo. Luego haz lo que te dé la real gana, que para eso eres el jefe y mandas mucho.

Cash se quedó contemplando el mar un buen rato.

—¿Y si la respuesta es que se va? —preguntó al fin, en voz baja.

—Pues al menos saldrás de dudas. —Pete se encogió de hombros—. Que es mejor que pasarte otros diez años bajando a este muelle a comer pipas conmigo. Sin desmerecer, claro. La compañía es buena, pero nos repetimos más que el ajo.

Cash esbozó una media sonrisa a su pesar. Se quedó allí sentado un rato más con el viejo, en silencio, contemplando el mismo mar que llevaban observando toda la vida, cada uno por sus propios motivos.

Justo cuando se puso en pie para marcharse, le vibró el móvil en el bolsillo. Era Amy. Por primera vez en cuarenta y ocho horas, en lugar de mirar la pantalla con un nudo en el estómago, tuvo ganas reales de pulsar el botón verde.

—Hola —dijo ella, y solo con escuchar su voz a Cash se le aflojó la tensión del pecho—. ¿Te he despertado?

—Son las doce del mediodía, Amy.

—Bueno, yo qué sé qué horarios tienes. A lo mejor patrullas de noche y duermes de día, como los vampiros.

—No soy un vampiro.

—Eso es justo lo que diría un vampiro.

Cash se descubrió sonriendo frente a la pantalla, allí plantado en mitad del muelle, con Pete mirándolo de reojo con una sonrisa enorme mientras alzaba el pulgar en señal de victoria.

—¿Has podido descansar? —preguntó Cash recuperando la seriedad.

—Regular. Con cada ruido me parecía que volvían a entrar —hizo una pausa y soltó una risita floja—. Menos mal que no vino nadie, pero te juro que bajé a mirar como ocho veces.

—Mejor así. De todas formas, le he pedido a Noah que se pase por allí cada hora, controlando la fachada y el callejón trasero. Lo hará esta noche y las próximas hasta que aclaremos el asunto —carraspeó—. A ver si así descansas más tranquila.

El silencio que se instaló en la línea fue diferente, mucho más cálido, y Cash casi pudo notar la sonrisa de Amy al otro lado del teléfono.

—¿De verdad has hecho eso? —murmuró ella—. ¿Has puesto a Noah a vigilar la tienda toda la noche?

—Es protocolo.

—No es ningún protocolo, mentiroso. Es que eres un cacho de pan detrás de la fachada de tío duro.

—No le digas a nadie lo del cacho de pan, tengo una reputación que mantener.

Amy soltó la carcajada.

—Oye —cambió de tema y Cash enderezó la espalda—.

Estoy abajo en la playa. En lo del chiringuito de Tina, que hay una especie de fiesta de la asociación de comerciantes y Mari me ha traído a rastras.

Hay música, cerveza y bastante gente maja —hizo una pequeña pausa—.

¿Te apetece pasarte? Así nos vemos un rato y... no sé. Hablamos.

Hablamos. Justo la palabra que Cash llevaba dos días deseando escuchar.

—Termino un par de papeles y voy para allá —respondió intentando disimular el entusiasmo—. Dame media hora.

—Aquí te espero —otra pausa, esta vez más tierna—. Me alegra hablar contigo, Cash. Te he echado de menos. Estos dos días han sido un asco.

—Ya —Cash tragó saliva y sonrió a la nada—. Ahora bajo y lo arreglamos todo. ¿Vale?

—Vale.

Cortó la comunicación. Se quedó unos segundos con el aparato en la mano y una sensación reconfortante que no experimentaba desde hacía días: la de que no todo estaba perdido.

A lo mejor Pete tenía razón y la solución era tan fácil como hablar, sentarse cara a cara como dos adultos en vez de montarse películas él solo.

—Esa cara ya es otra cosa —comentó Pete desde su sitio.

—Cállate.

—Esa respuesta también me la conozco de memoria. Anda, lárgate. Y búscate un peine, que llevas unos pelos de loco que no puedes con ellos.

Cash caminó hacia el todoterreno con el paso mucho más ligero, decidido a darse una ducha rápida, ponerse una camisa limpia y bajar a la arena a solucionar las cosas de una vez por todas.

Iba concentrado en eso, imaginando el momento de sentarse a su lado y plantearle la dichosa pregunta que le había sugerido el viejo, pero al pasar por la explanada del paseo marítimo, justo donde se aparcaba para bajar a la cala, un detalle lo obligó a clavar los frenos.

Un Mercedes negro. Aparcado de cualquier manera, medio subido al bordillo, con esa chulería de quien sabe que no le van a multar.

El Mercedes de Larissa Whitfield.

Enseguida enfocó la multitud de la playa y buscó con los ojos a Amy.

La encontró sentada en el chiringuito, con una camiseta negra sobre su biquini rojo, y se le cayó el alma a los pies porque junto a ella estaba Whitfield con sus gafas de sol enormes y su maletín, y dos hombres que Cash no había visto en su vida: dos tipos altos de traje que parecían fuera de lugar en un sitio como este.

Estaban blancos como la pared y tenían toda la pinta de venir de la gran ciudad. Inversores, sin duda. Apestaban a hombres de negocios desde un kilómetro de distancia.

Cash aparcó y se quedó inmóvil dentro del coche, bloqueado. Apretó el llavero dentro del puño hasta sentir el metal clavándosele en la palma, pero no aflojó la presión ni un milímetro.

Se obligó a no sacar conclusiones precipitadas.

El viejo le acababa de aconsejar que hablara antes de imaginar traiciones, y eso era exactamente lo que iba a hacer.

Aunque en ese instante requería una fuerza de voluntad tremenda para no dejarse llevar por las tripas, sacó el teléfono y marcó el número de Amy otra vez.

Cabía la posibilidad de que la agente inmobiliaria se hubiera plantado allí por sorpresa y Amy estuviera pasándolo igual de mal que él.

Quizá solo necesitaba escucharla para que las piezas volvieran a encajar en su sitio.

A lo lejos, la vio mirar la pantalla, descolgar y dar unos pasos para alejarse del grupo mientras se pegaba el móvil a la oreja. Larissa y los dos hombres de traje no le quitaban los ojos de encima.

—¡Hola de nuevo! —la voz de Amy sonó alegre, desocupada, envuelta en el bullicio de la música de fondo—. ¿Estás de camino?

—¿Todo bien? —Cash se esforzó por mantener un tono neutro—. ¿Sigues en el chiringuito?

—Sí, sí, por aquí sigo —Amy soltó una risita algo forzada—. De cháchara con Mari y la gente del pueblo, ya sabes.

El rostro de Cash se fue endureciendo a cada palabra. Vio perfectamente cómo ella se distanciaba un metro más de la Whitfield, bajaba el volumen de la voz y les daba la espalda a los dos ejecutivos, imitando el gesto de quien intenta ocultar algo.

—¿Sola? —preguntó él, incapaz de disimular la tensión—. ¿Estás sola?

—Bueno, con Mari y el resto —otra risita, esta vez bastante más nerviosa—.

Oye, ¿sabes qué? Esto se está apagando ya.

Creo que voy a recoger y me voy para casa.

Mejor nos vemos esta noche los dos a solas y tranquilos.

Vienes, cenamos y charlas a gusto, que aquí no hay quien se entere de nada con el ruido. Pásate a buscarme sobre las ocho.

Cash la contempló desde la acera de enfrente con una mezcla de rabia e incredulidad. Ahí estaba, a escasos metros de Larissa Whitfield y de aquellos dos gilipollas que la esperaban.

Joder, nena, ¿me has visto la cara de tonto del pueblo?

—Vale —respondió él finalmente con una voz extraña, completamente fría y distante—. A las ocho.

—¡Perfecto! Un beso, luego nos vemos.

Cortó la comunicación y Cash se quedó allí plantado, con el aparato pegado a la oreja mientras veía cómo Amy se guardaba el teléfono en el bolso, regresaba junto a la Whitfield con una sonrisa de disculpa y se integraba en la conversación como si esa llamada jamás hubiera existido.

Como si él mismo no existiera.

Se le congeló la sangre.

Estaba decidido a dar media vuelta y desaparecer de allí para tragarse el orgullo en silencio, tal y como hizo en su día con lo de Lauren, sin montar escenas absurdas delante de los vecinos. Bastantes espectáculos públicos había protagonizado ya. Agarró la maneta de la portezuela para marcharse.

Pero en ese preciso instante se quedó helado al ver que Larissa Whitfield abría el maletín de cuero, extraía un fajo de folios metidos en una carpeta y los plantaba sobre la mesa, justo delante de Amy.

Acto seguido, la víbora le ofreció un bolígrafo.

Amy aceptó el puñetero boli con una sonrisa y se inclinó sobre los documentos para repasar las líneas.

Era la misma persona que medio minuto antes le había asegurado que estaba sola y de camino a casa. El último hilo de paciencia que le quedaba a Cash se quebró por completo.

Salió del coche, cerró la puerta de un golpe seco y avanzó directo hacia la terraza, acortando la distancia con zancadas largas mientras los latidos le retumbaban con fuerza en los oídos.