Capítulo 21 — Amy
—Te noto rara con esto, Amy.
—¿Rara yo? En absoluto.
—Estás rarísima. —La voz de su madre, al otro lado del teléfono, tenía esa agudeza de sabueso que Amy llevaba temiendo toda la vida—. Te pregunto por la venta y me cambias de tema. Te he preguntado tres veces cuándo firmas y las tres me has hablado del tiempo que hace en Florida.
—Hace muy buen tiempo, mamá. Es información relevante.
—Amy, por favor.
Se cambió el móvil de oreja y siguió en lo suyo, sacándoles brillo con un paño a un juego de dedales de plata que eran una auténtica monada.
Se pilló a sí misma en pleno ataque de limpieza, clavó los ojos en la bayeta pero no la soltó.
—Mira —dijo, con un suspiro—, no sé qué más decirte, esta tal Larissa Whitfield está moviendo el asunto y hay un grupo interesado, gente seria. Es una oferta buenísima. Os va a llegar un pellizco estupendo a todas. Solo estoy... repasando los flecos. No es llegar, firmar y salir corriendo.
—¿Por qué no? Antes te parecía pan comido.
—Hay mucho que catalogar.
—Hay mucho que catalogar —repitió su madre, despacio, como si masticara la frase buscando el doble fondo—. Cariño, no te estarás encariñando con ese sitio, ¿verdad?
—Qué va —mintió—. Es solo una tienda.
—Porque tú tienes tu vida aquí, Amy. Tu piso. Tus cosas.
—Lo sé, mamá.
—Y ese pueblo no es para ti. Hazme caso, que de eso sé un rato. —La voz de su madre se endureció de repente—. Los pueblos pequeños te comen. Parecen muy monos por fuera y luego no te dejan ser. Vende, coge el dinero, y vuelve a casa con los tuyos. Cuanto antes.
—Que sí, mamá. Si en eso estoy.
—Te hablo en serio.
Amy resopló. *A ver quién era el guapo que se quitaba a esta mujer de encima.* Tocaba sacar la artillería pesada.
—Mamá, no quería ponerme borde, pero no me dejas otra. Lo que tú llamas tienda es un auténtico muermo. No entiendo cómo se las apañaron los abuelos para acumular tantos cacharros inútiles.
Contuvo la respiración cruzando los dedos rezando para que se tragara el anzuelo y la dejara en paz al menos un par de días.
—Cariño, tampoco hace falta que seas tan dura. Eran otros tiempos, eres de otra generación y no lo entiendes. Bueno, lo dejamos aquí. Cuando sepas algo más, me pegas un toque.
Amy agitó un puño en el aire en señal de triunfo. Soltó el trapo húmedo sobre la mesa con un suspiro de alivio y colgó tras un rápido «te quiero, mamá».
Pensar en hacer las maletas, regresar a su apartamento de Nueva Jersey y volver a registrarse en la aplicación para continuar repartiendo comida... Eso sí que era una pesadilla.
No sabía qué hacer con ese sentimiento, así que hizo lo de siempre: lo aparcó en el trastero de su mente, cogió otra cosa de la que ocuparse, y subió al piso a por los mapas. Quería volver a mirarlos.
Llevaba días dándole vueltas a una idea. Dos, en realidad, y las dos le picaban como una piedra en el zapato.
La primera se le había metido entre ceja y ceja el fin de semana, mientras sorteaban bajíos para llegar a aquel cayo de película.
«Casi nadie lo conoce», le había dicho Cash.
«No sale en los mapas de los turistas». Y en mitad de esa frase, a Amy se le había encendido una bombilla que seguía brillando con fuerza.
En los mapas turísticos no, desde luego, ¿pero y en los suyos?
Tenía decenas de cartas náuticas de esas aguas dibujadas a mano, con cada cayo, cada banco de arena y cada pasadizo oculto entre los arrecifes.
Los rincones por los que habían navegado los Holloway, tal vez los mismos sitios a los que Cash la había llevado sin tener la menor idea.
Quería cotejarlos y comprobar si la isla de Fernando el sábalo salía en alguno de ellos.
Y la segunda idea era aún más curiosa: la fecha que figuraba en todos los sitios era J.
Holloway, 1871. Llevaba días leyéndola de pasada sin pararse a pensar, hasta que una de esas noches en vela la cuenta le había salido sola.
Mil ochocientos setenta y uno. Pero el Holloway que había vuelto loca a su abuela, el de la fotografía, era de 1967.
Había un siglo de diferencia, ni más ni menos, lo que significaba que el capitán no había trazado esos mapas, sino que eran muchísimo más viejos que él. Los había heredado de su familia, una estirpe de hombres de mar que se habían ido pasando los documentos de padres a hijos junto con el apellido.
Y aquello abría un dilema completamente nuevo. *¿Quiénes eran realmente los Holloway y de dónde salía un marinero con tesoros de un siglo atrás escondidos en un cajón?*
Subió al dormitorio con las dos preguntas zumbándole en los oídos, se arrodilló junto al colchón y coló el brazo por debajo, buscando el rincón exacto donde había escondido la caja de hojalata envuelta en la manta. Palpó el tejido y tiró de él. Estaba vacía.
Amy se quedó a cuadros, con la manta entre las manos y cara de no enterarse de nada. La desplegó en el suelo, como si la caja pudiera haberse camuflado entre los pliegues, una idea completamente estúpida.
Se agachó de nuevo, metió medio cuerpo bajo el somier y rastreó la oscuridad a ciegas: polvo, una pelusa gigante, una horquilla para el pelo y la pata de madera. Ni rastro de la caja.
—No puede ser —susurró acojonada, sintiendo cómo el corazón se le desbocaba en el pecho—. ¿Pero si yo la había dejado aquí?
Empezó a rebuscar por todo el piso con esa lógica desesperada de quien se niega a aceptar lo evidente.
Miró en el armario. Detrás de la cómoda.
Bajó a la carrera a la tienda, cuidando de no tropezar con los tablones sueltos, y revisó la trastienda de arriba abajo.
El sextante y el astrolabio seguían intactos en su vitrina. Todo lo valioso seguía en su sitio.
Todo menos las cartas náuticas.
El legado de su abuela, las piezas que más le importaban de todo el negocio, se habían esfumado.
Y lo peor era que constituían la llave del secreto, lo único que Dolores le había dejado con su nombre bien claro en el remite.
Se habían volatilizado de un piso cerrado a cal y canto, situado sobre una tienda también cerrada con llave. Como por arte de magia.
Le temblaban los dedos cuando sacó el móvil y marcó, por puro instinto, el número al que recurría últimamente cada vez que el mundo se le caía encima.
Cash tardó más de lo normal en llegar. En cuanto cruzó la puerta Amy supo que algo había cambiado. Venía serio, blindado tras una expresión gélida y con las manos hundidas en los bolsillos, levantando un muro invisible que le dolió como un bofetón.
Se le vino a la cabeza directamente lo sucedido esa mañana: su coche saliendo pitando, las miradas de ambos cruzándose a través del espejo retrovisor y el acelerón salvaje que la había dejado plantada en la acera, dándole vueltas a qué mosca le habría picado.
—Dime qué ha pasado exactamente —ordenó mientras subían las escaleras hacia el piso.
Amy se lo soltó todo de golpe. Le habló de la llamada de su madre, de sus nuevas ideas sobre Holloway, de cómo había subido a por la caja de hojalata, de la manta vacía y de la búsqueda frenética por los rincones.
Cash la escuchó con los brazos cruzados sobre el pecho, limitándose a asentir y a soltar alguna pregunta breve, aséptica y profesional.
A Amy se le hizo un nudo en el estómago. La estaba tratando como a una denunciante cualquiera.
—¿Quién más sabía que guardabas los mapas aquí arriba? —preguntó Cash.
—Nadie. Solo tú y yo. Los subimos juntos la otra noche, ¿te acuerdas? —se percató del patinazo antes de cerrar la boca y se apresuró a arreglarlo—. A ver, que no estoy diciendo que tú... Es evidente que no pienso que hayas sido tú. Me entiendes, ¿no?
—Ya, entiendo perfectamente —el músculo de su mandíbula se tensó—. ¿Has cerrado siempre con las dos vueltas de llave?
—Siempre. Bueno... —Amy se mordió el labio— casi siempre. De las noches que pasé en tu casa, no estoy segura de si eché el cerrojo del todo o solo pasé el picaporte. Iba un poco despistada, la verdad.
Al oír eso, una chispa cruzó los ojos de Cash antes de apagarse por completo.
—Da igual, porque no hay marcas de apalancamiento en las cerraduras ni en las ventanas. Al igual que la última vez, el que haya entrado iba a tiro fijo.
A Amy se le erizó la piel de los brazos.
—Imagínate que me pilla durmiendo. Solo de pensarlo se me ponen los pelos de punta.
—No se habrían atrevido. El tipo solo entra cuando sabe que no hay nadie.
—Es que no me cuadra. No han revuelto nada ni han dejado desorden. ¿Cómo sabrían que la caja estaba en el piso de arriba?
Cash la miró fijamente.
—A lo mejor no lo sabía, pero conocía de sobra el rincón de la tienda donde se guardaba. Al ver que no estaba abajo, lo lógico era pensar que te la habías subido para tenerla a mano.
Amy asintió pensativa.
—Tiene lógica. Madre mía, se conocen el negocio mejor que yo. Tienen que ser profesionales.
—No sé si profesionales, pero definitivamente esto no es un robo al uso —Cash barrió el espacio con la mirada antes de detenerse ante una balda—.
Mira esto. Si buscaran dinero rápido, se habrían llevado cualquiera de estas piezas para colocarla en el mercado negro sin levantar sospechas.
Un chorizo normal habría empezado por ahí.
Pero el que entró pasó de largo y se dio el paseo hasta tu dormitorio para llevarse unos mapas viejos que no sabría encasquetar ni en diez años.
—Es todo de locos.
Cash terminaba de emborronar su libreta con esa frialdad de funcionario que traía de fábrica esa tarde. *El cabrón podía ser odioso cuando quería.* Amy estaba a punto de romper el hielo y exigirle que le explicara a qué venía ese distanciamiento, pero él se le adelantó.
—Por cierto, te he visto con Larissa Whitfield.
El tono helado le aceleró el pulso. Intentó mantener el tipo para no cagarla.
—Me está echando una mano con la posible venta —soltó midiendo las palabras—. Hay un par de compradores interesados.
—¿Echándote una mano? —Cash bufó—. Una tía como la Whitfield no te echa un cable a ti por amor al arte, Amy.
Esa cobra del comprador. Su tajada depende de cerrar un trato redondo para el que pone la pasta.
Lo que te convenga a ti, al negocio o a la memoria de tus abuelos se la trae completamente floja —apretó la mandíbula—.
Me consta que ya anda moviendo los papeles del solar sobre el que está levantada la tienda, y eso solo se hace cuando la firma está a punto de caer.
Amy abrió la boca para defenderse, para decirle que ella no había cerrado nada, que solo estaba tanteando el terreno porque tenía a sus dos hermanas esperando un dinero que les hacía falta.
Y tuvo, otra vez, en la punta de la lengua, el impulso de contárselo todo.
La oferta. La cifra que le mareaba los ojos, lo dividida que estaba al respecto.
Lo mucho que le dolía la posibilidad de tener que marcharse del pueblo.
—Sé lo que hago, Cash. No soy idiota. —Levantó la barbilla—. Estoy barajando opciones, nada más.
Cash la miró durante un largo segundo, como si esperara que dijera algo más, algo que no llegó. Y luego asintió, despacio, con una decepción callada que dolía más que un reproche.
—Vale —dijo—. Tú sabrás.
Cash hizo el amago de irse, se giró hacia la puerta, y a Amy le salió del pecho, sin permiso, un:
—Cash, espera.
Él se frenó en seco y volvió la cabeza. Amy le clavó los ojos y la distancia que los separaba se le hizo insufrible.
Acortó el espacio de tres zancadas y se le colgó del cuello.
Notó la rigidez del cuerpo de Cash, el rechazo inicial que la empujó a batirse en retirada, pero él la frenó atrapándola por la nuca para estamparle los labios contra los suyos.
Se besaron con rabia y con hambre y con todo lo que no sabían decirse, Amy agarrándose a su uniforme, Cash hundiéndole los dedos en el pelo, los dos respirando al límite, pegados, como si la piel recordara una verdad que la cabeza se empeñaba en estropear.
La empujó contra el borde del mostrador, le mordió el labio inferior con saña y le subió la mano por el costado, y ella se dejó arrastrar por la marea, atrayéndolo más hacia sí, devolviéndole cada embestida con la desesperación de quien intenta arreglar a lametones lo que no sabe solucionar con palabras.
Cuando se separaron, jadeando, con las frentes pegadas y los ojos cerrados, ninguno dijo nada, porque no había nada que decir que no fuera a romper aquel último momento de tregua.
Cash le regaló un último roce, lento y casi amargo, en la comisura de la boca, le retiró un mechón de la frente y se alejó con delicadeza, como quien suelta una pieza valiosa que no quiere dejar marchar.
—Te abro diligencias por los mapas —dijo, y la voz le salió casi profesional, de vuelta al territorio seguro del trabajo—. Averiguaré lo que pueda. Te pego un toque si sale algo.
—Cash...
—Echa las dos vueltas al cerrar —dijo antes de salir—. Buenas noches, Amy.
Y se largó sin mirar atrás.
Envuelta en sombras, Amy tembló de pies a cabeza con los labios aún encendidos por el calor del policía.