Capítulo 20 — Cash
Cash llegó a la comisaría el lunes por la mañana sintiéndose como nuevo, con la certeza absoluta de que se le notaba hasta en el andar, porque en cuanto cruzó la puerta Noah dejó lo que estaba haciendo, se recostó en la silla, y le miró con una sonrisa de oreja a oreja.
—Vaya, vaya. Pero si es el soltero de oro de Puerto Encantado. ¿O debería decir exsoltero?
Cash resopló colgando la gorra.
—Buenos días a ti también, Noah.
—Qué va, jefe, buenos días los tuyos, que por lo que rula por ahí te has pegado un fin de semana glorioso.
—Noah pivotó en la silla hacia las dos administrativas, que ya asomaban la nariz por encima de las pantallas oliendo la sangre—.
¿A que sí, chicas? ¿A que al jefe le ha tocado el gordo este finde?
—Yo no sé de qué me hablas —Cash tiró las llaves en el cajón de la mesa.
—¿Que no sabes de qué te hablo? —Noah se llevó la mano al pecho, herido en su orgullo—.
Cash, te ha visto todo Cristo paseando de la manita con Amy en mitad de la calle Mayor, como si protagonizarais un pastelón de sobremesa de la tele.
Mi madre me llamó ayer a las dos de la tarde solo para darme el parte, y esa mujer no me llama ni aunque haya un cadáver en el patio.
—Tu madre exagera.
—Mi madre es una exagerada, claro, como todas, pero tiene un radar para el chisme que ya quisiéramos en el cuerpo.
—Noah soltó una carcajada—. Venga, jefe, desfrunce el ceño, que me alegro un montón.
Ya iba siendo hora de que alguien te quitara esa cara de vinagre que gastas siempre, aunque sea una guiri.
—No es guiri, es de Nueva Jersey.
—Para el caso, patatas. —Noah esquivó la carpeta que Cash le lanzó a traición, encantado de haberle pinchado—. ¡Eh! ¡Acoso laboral! ¿Lo veis, chicas? Me va a tocar denunciarle.
—Yo no he visto nada —murmuró una de las administrativas sin despegar los ojos del monitor. La otra se limitó a ahogar una risita.
Cash, que tendría que haber mantenido el tipo porque para algo era el jefe y porque las ocho de la mañana de un lunes no eran horas de pitorreo, se descubrió mordiéndose el labio para no partirse de risa mientras colgaba la cazadora.
Le daba exactamente igual que le vacilaran.
Llevaba cuarenta y ocho horas flotando en una nube y ni Noah, ni la vecindad entera, iban a conseguir bajarlo de allí a patadas.
De cualquier manera cruzó las puertas hacia la zona de despachos del Ayuntamiento, un poco para huir de las burlas pero también por si había alguna novedad de última hora.
Al llegar al fondo, Sheila, la administrativa encargada de los expedientes de urbanismo, lo frenó en seco sin levantar la vista de una montaña de legajos que estaba ordenando.
—Oiga, jefe, con usted quería hablar —le dijo distraída, ordenando carpetas, sin levantar apenas la vista—.
¿Al final, lo de la tienda de los Castillo va a salir adelante?
Lo digo porque la semana pasada anduvo por aquí la Whitfield husmeando y pidiendo papeles del solar.
Que si la nota simple, que si tenía cargas pendientes, que si arrastraba deudas...
Lo típico que se mira antes de firmar una compraventa.
Cash se quedó petrificado, con la mano suspendida en el aire.
—¿Perdona? ¿Me puedes repetir eso?
La funcionaria alzó la vista para mirarle con curiosidad mientras se limpiaba las gafas:
—Pues eso. Que la Whitfield ha solicitado el informe técnico del catastro de Castillo Antigüedades.
El mundo se detuvo. El ventilador de techo de la oficina siguió con su zumbido monótono, un teléfono empezó a tabletear en la mesa de al lado y el motor de un camión rugió en la calle, pero a Cash le llegó todo amortiguado, como si estuviera metido debajo del agua.
Se le formó un nudo helado en la boca del estómago.
¿Qué cojones pintaba la buitre de la inmobiliaria husmeando en la tienda de Amy?
Una mano firme se posó en su hombro y Cash dio un respingo, tenso como una cuerda de piano.
—Joder, Noah…
Su compañero levantó las manos en señal de disculpa y se inclinó de inmediato sobre la mesa de Sheila, pidiéndole con un gesto que sacara en la pantalla el registro de entrada de la inmobiliaria.
Cash se limitó a observar, con la mandíbula apretada.
Tras leer la pantalla Noah miró a Cash, luego miró a Sheila, y luego volvió a mirar a Cash con una seriedad inusual en él.
—A ver, de entrada esto es el pan de cada día para una especuladora como esa mujer —le restó importancia en un susurro.
—¿El pan de cada día?
Noah se encogió de hombros.
—Solo ha pedido la nota simple y el estado de cargas.
—Pues a mí me huele a chamusquina.
—Es la misma milonga de siempre, Cash. Se estará oliendo el terreno, preguntándose a qué ha venido exactamente la nieta de los Castillo.
—Noah, no me jodas —Cash chasqueó la lengua—. Sabes de sobra que esa tía no mueve un solo papel por amor al arte.
—¿Tú crees?
—Esa buitre no gasta un céntimo en tasas si no huele una comisión de las gordas.
Cash conocía de sobra a Larissa Whitfield y al tipo de calaña que representaba. Nadie solicita una nota de cargas ni husmea en el catastro por pura curiosidad. Ese movimiento solo se hace cuando una venta está a punto de caramelo, con los contratos listos sobre la mesa de despacho.
Lo que le quemaba por dentro, lo que le estaba abriendo una brecha en mitad del pecho, era otra pregunta. *¿Por qué Amy no le había soltado ni una palabra? Salvo que no tuviera ni la más remota idea…*
Caminaron de vuelta hacia el vestíbulo principal. Cash miró a Noah a los ojos:
—Me juego lo que quieras a que la Whitfield está intentando enredar a Amy en alguno de sus chanchullos.
—Cash, relaja —Noah rebajó el tono, agarrándole del brazo—. A lo mejor la chica no sabe ni que existen esos papeles. La inmobiliaria va a lo suyo, ya sabes cómo funciona el percal.
—Ya. —Cash se frenó en seco, dio media vuelta y recuperó del cajón las llaves que acababa de guardar—. Seguro que es eso.
—¿Adónde vas? Si acabas de fichar.
—A hacer la ronda —dijo con su tono profesional, el que usaba para que nadie supiera lo que le escocía por debajo—. Si hay algo, me llamáis al móvil.
—Cash, no te rayes…
Pero él ya había empujado la puerta de cristal y estaba fuera.
El día seguía igual de luminoso, luciendo un cielo azul radiante y traicionero que le revolvió las tripas.
Subió al coche sin un rumbo fijo. No iba a ninguna parte. Simplemente necesitaba moverse. Condujo durante una hora por la carretera de la costa, con la ventanilla bajada a tope, el codo apoyado en la chapa y la radio apagada, rumiando la misma idea una y otra vez.
A lo mejor Noah tenía razón. A lo mejor las cosas no eran lo que parecían. Pero la cabeza iba por libre, disparando sospechas a contrarreloj, cada cual más turbia y desalentadora que la anterior, y se pasó toda la mañana dando bandazos por el asfalto sin sacar nada en claro.
Solo consiguió que el nudo del estómago se le apretara hasta cortarle la respiración.
A media mañana le saltó un aviso en el móvil y casi lo agradeció como agua de mayo: un alcance trasero sin importancia en el cruce de la nacional, sin heridos de por medio y con los vecinos de siempre enganchados en una timba de gritos.
Se tardó una hora larga rellenando el papeleo, colocando los triángulos de emergencia y mediando entre dos conductores que se echaban las culpas mutuamente, y durante ese rato, con las manos ocupadas en algo real, logró anestesiar el cerebro.
Cuando terminó y puso rumbo de vuelta al pueblo, el reloj del salpicadero marcaba casi las once. Al cruzar la plaza se dio cuenta de que si espabilaba, todavía engancharía a la Whitfield en la oficina antes del cierre para comer.
Porque eso sí podía hacerlo. Eso no se parecía en absoluto a ir a suplicarle explicaciones a Amy como un idiota. Esto era otra cosa: ir directo a la fuente, a Whitfield, y averiguar qué cojones estaba tramando con la tienda de antigüedades.
El inconveniente era que Larissa le tenía una tiña histórica desde que le inmovilizó dos camiones de obra por aparcar en zona peatonal, de modo que le tocaría andarse con pies de plomo, poner su mejor sonrisa de compromiso y sonsacarle información sin levantar la más mínima sospecha.
Le iba dando vueltas a la estrategia y calibrando qué excusa barata colar cuando aparcó al otro lado de la calzada, justo enfrente de la inmobiliaria de cristales ahumados.
No llegó ni a soltarse el cinturón. La puerta del local se abrió de golpe y Amy salió a la acera tan tranquila, charlando por los codos con la Whitfield como si compartieran confidencias de toda la vida, moviéndose juntas, cómplices, con la víbora dándole palmaditas cariñosas en el brazo mientras ella asentía a cada uno de sus comentarios.
Cash se quedó de piedra.
No hizo ademán de bajarse ni las llamó. Se limitó a observarlas con los nudillos blancos de tanto apretar el volante mientras veía cómo subían al Mercedes negro de la agente.
Entonces cometió una bajeza de la que no se sentía nada orgulloso, pero le dio exactamente igual: esperó diez segundos, metió primera y comenzó a seguirlas a una distancia prudencial hasta que el coche frenó delante de la tienda de los Castillo.
Cash esperó en la esquina mientras les veía bajarse del coche.
Vio a Amy sacar el manojo de llaves, abrir la puerta y hacerse a un lado para dejar pasar a Whitfield, antes de que las luces del interior se encendieran de golpe.
Cash arrastró el todoterreno unos metros más atrás para quedar fuera de su ángulo de visión, cortó el encendido y se quedó en la acera de enfrente, clavado en el asiento, con los ojos fijos en los ventanales iluminados del antiguo negocio de Arturo y Dolores.
Perdió la noción del tiempo. Pasó una hora larga, tal vez más, mientras el sol alcanzaba el cenit y las calles se iban quedando desiertas por el parón del almuerzo.
Alguien cruzó por delante y le dedicó un saludo al que respondió con un simple cabeceo automático, sin saber siquiera a quién estaba saludando.
Y durante esos sesenta minutos de vigilia absurda, todos los fantasmas que se había esforzado en sepultar bajo tierra regresaron en fila india para pasarle factura: Lauren, la alianza hundiéndose en el agua del muelle, las miradas cargadas de lástima de medio pueblo.
Volvió esa puta certeza grabada a base de hostias limpias: la gente de fuera llega, se encapricha del paisaje, se adueña de lo que le apetece y se larga en cuanto se cansa del juguete.
Apretó la mandíbula hasta que le crujieron los dientes.
Seguía siendo el mismo crío ingenuo que a los veintitantos. No aprendía. Al parecer no iba a aprender jamás.
Estaba tan ensimismado en su propio cabreo que el tono de llamada lo sobresaltó.
El puñetero móvil chilló con el aviso de la centralita, informando de un contenedor volcado en mitad del paseo marítimo, una chorrada monumental que en cualquier otro momento le habría parecido un fastidio y que ahora recibía como una bendición del cielo, la excusa perfecta para arrancar y largarse antes de cometer una locura.
Alargó los dedos hacia el contacto. Justo en ese instante, la puerta del local se abrió.
Larissa Whitfield cruzó el umbral en primer lugar, seguida de una Amy con el rostro serio y la mirada perdida en sus pensamientos. Cash no esperó a ver más. Giró la llave con saña y metió primera.
Amy levantó la vista justo cuando el todoterreno iniciaba la marcha, reconociendo el vehículo al vuelo.
Esbozó un ademán con el brazo, tal vez para pedirle que se detuviera, tal vez como un simple saludo confuso, y sus miradas se cruzaron a través del espejo retrovisor una fracción de segundo antes de que él hundiera el pie en el acelerador y dejara atrás la calle a toda velocidad.