Capítulo 19 — Cash
El domingo amaneció perezoso y dorado. Cash, que llevaba doce años saltando de la cama al alba aunque no tuviera absolutamente nada que hacer, se quedó quieto bajo las sábanas hasta las diez de la mañana por primera vez en su vida, retenido por el peso de Amy dormida medio encima, con el pelo desparramado por su pecho y una pierna enredada entre las suyas.
Moverse era, de pronto, la peor idea del mundo.
Desayunaron tardísimo, dando buena cuenta de las sobras de la noche anterior y de un café negro y bien cargado, estirando los minutos hasta que ya no quedó ninguna excusa barata para ignorar que la escapada estaba llegando a su fin.
Fue entonces cuando Cash soltó lo que un par de semanas atrás le habría parecido una auténtica locura.
—Te acerco al pueblo —dijo—. Pero antes vamos a dar una vuelta, ¿vale? Hace un día de escándalo.
—¿Una vuelta? —Amy levantó los ojos del café—. ¿El comisario propone un paseo? ¿Por amor al arte? ¿Sin que medie una orden de arresto o una bombona?
—No te acostumbres.
—Tarde. Me acostumbro a lo bueno a una velocidad acojonante. Ya te lo advertí.
A Cash ciertamente no le importaba que se acostumbrara a que él la mime.
Aparcaron en la plaza a media mañana. En cuanto bajaron del coche, Cash hizo algo que no había hecho con nadie en aquel pueblo desde hace años: le agarró la mano. Así, a las bravas, a plena luz del día y justo delante de la mercería de Rose.
Se la sudaba que los miraran. Se sentía jodidamente orgulloso de llevarla al lado.
Algo sorprendida, Amy le miró de reojo.
—Cash, me estás cogiendo de la mano.
—Me he dado cuenta, sí.
—En la plaza.
—También me he dado cuenta de eso.
—¿No te da pánico que nos vea todo Cristo?
—Calla y disfruta —cortó él, apretándole los dedos y siguiendo adelante como si no pasara nada, plenamente consciente del crujido de cuellos a su alrededor, de las cortinas que empezaban a agitarse en las ventanas y del chisme que iba a recorrer Puerto Encantado antes de que enfilaran la siguiente bocacalle.
Que se enterasen. Que se enterase hasta el apuntador.
El primero en regodearse con la escena fue Pete, que bajó el periódico muy despacio, los tasó por encima de las gafas de leer y desplegó una sonrisa con los cuatro dientes que le quedaban sanos.
—Vaya, vaya —dijo—. El comisario, paseando de la manita. Y yo sin cámara de fotos.
—Buenos días, Pete.
—Buenísimos, ya te digo yo que sí. —El viejo le guiñó un ojo a Amy—. Niña, no tengo ni idea de qué pócima le has dado a este trozo de alcornoque, pero hacía treinta años que no le veía la cara de gilipollas que lleva plantada. Desde que era un crío y le gustaba la hija del panadero.
—¡Pete!
—Que es la verdad, hombre. Te ponías como un tomate cada vez que te despachaba una barra de pan.
—Tenía nueve años.
—Y la misma jeta que tienes ahora. —Pete sacudió las hojas del diario, encantado de la vida—. Venga, moved el esqueleto antes de que el chisme colapse la centralita del pueblo. Os va a pillar todo el mundo igual, pero al menos que os pille con un café en el cuerpo.
El café se lo tomaron en El Pelícano, y allí el espectáculo fue completo, porque Mari los vio cruzar el umbral sin soltarse los dedos y la bayeta que tenía entre las manos fue a parar directa al suelo.
—No —Mari parpadeó varias veces—. No, no y no. ¿Esto qué es? ¿Qué clase de espejismo estoy viendo?
—Dos cortados, Mari —dijo Cash—. Si te viene bien.
—¿Dos cortados? ¿Me entras aquí, el domingo, de la mano de Amy, delante de toda mi clientela, y me pides DOS CORTADOS como si tal cosa?
—Mari se llevó una mano al pecho—. Cash Keynes, te conozco desde que llevabas pañales y no te he visto agarrar a alguien así jamás.
Ni a tu santa madre, que en paz descanse.
—Pues ya iba tocando, ¿no?
Lo soltó sin pensarlo mucho, encogiéndose de hombros, y Mari se quedó muda un segundo entero (un auténtico récord mundial tratándose de ella) antes de que los ojos se le empañaran de forma sospechosa. Se dio la vuelta hacia la cafetera a toda hostia, mascullando algo sobre el vapor de la máquina.
El puñetero vapor que siempre le daba en los ojos.
Amy le buscó los dedos por debajo de la barra para darle un apretón firme.
Cash le devolvió el gesto con un guiño de complicidad.
Se acomodaron junto al ventanal y, mientras Mari trasteaba con los platos fingiendo que no los espiaba a través del espejo y media cafetería jugaba a disimular un cuchicheo salvaje, él pasó al siguiente punto de su lista de milagros cotidianos: estiró el brazo por encima de la madera, le apartó un mechón rebelde de la frente y se lo acomodó detrás de la oreja, despacio, recreándose, a la vista de cualquier cotilla que quisiera mirar.
—Te vas a meter en un lío —dijo Amy en voz baja, sonriendo—. El pueblo entero va a dar por hecho para la hora de comer que el comisario está...
—¿Que el comisario está qué?
Ella se mordió el labio inferior, retándole.
—No sé. Dímelo tú.
Y Cash, que no era amigo de discursos, que llevaba toda la vida diciendo las cosas importantes con gestos en lugar de palabras, porque las palabras se le terminaban atragantando, la miró a los ojos por encima de la mesa, y por una vez no buscó una salida ni un sitio a salvo donde esconderse.
—Que el comisario está pillado —soltó—. Hasta las trancas. Y que le importa una soberana mierda quién se entere.
Amy se quedó sin aire. Abrió la boca, la volvió a cerrar y, por primera vez desde que Cash se había cruzado en su camino, se quedó completamente muda. Se le humedecieron los ojos mientras se le escapaba una sonrisa temblorosa, estirando los dedos sobre la mesa hasta aferrarse a los de él.
—Yo también —susurró—. Por si andabas despistado.
Al otro lado del mostrador, Mari soltó un ronquido ahogado y volvió a ensañarse con la dichosa cafetera.
Liquidaron las tazas y salieron a pasear sin rumbo fijo, dejándose llevar por unas calles que arrastraban ese aroma tan típico de los domingos, una mezcla de salitre, asfalto tibio y humo de barbacoas flotando sobre los jardines de los vecinos, recorriendo el trayecto desde el muelle hasta el paseo marítimo mientras Cash se paraba con todo el mundo para presentarla a las bravas.
Como si el pueblo entero no supiera ya de qué pie cojeaba cada uno, como si solo necesitara paladear su nombre en voz alta por el puro vicio de escuchar cómo sonaba.
Por el camino le compró un cucurucho de helado en el puesto ambulante de toda la vida, le robó la mitad a lametones y la besó en mitad de la acera con un regusto ácido a limón.
—Nunca he sido muy de helados, pero sospecho que me estoy volviendo una adicta —se rió ella, pasándose la lengua por los labios.
—Dímelo a mí —Cash aprovechó para robarle otro beso rápido—. Lo tuyo sí que es un vicio de locos.
—Ejem, un poco de por favor, caballeros, que hay ropa tendida y señoras mayores en la acera.
Justo al llegar a la altura de la iglesia se toparon con Celeste, que regresaba de misa de doce con el bolso de asa corta enganchado al antebrazo. Pillado con las manos en la masa, Cash soltó una pequeña carcajada al cruzarse con ella.
—Celeste, qué alegría verte.
La anciana le dio unas palmaditas en el antebrazo y, justo antes de retomar el paso, clavó una mirada cargada de intención en Amy.
—Cuídamelo, hija.
—Descuida, está en buenas manos.
Cash la siguió con la vista mientras se alejaba.
—Esta mujer siempre me deja con la sensación de que cuando habla te dice dos cosas a la vez y tú solo pillas una.
Amy asintió volviendo a cogerle la mano para entrelazar sus dedos a los de él.
—Eso es porque es una mujer sabia.
Continuaron paseando de la mano bajo el sol de mediodía que ya picaba con fuerza, ignorando de mutuo acuerdo el oleaje de comentarios y sonrisas cómplices que dejaban a su paso.
Cash Keynes, que se había pasado años siendo el hombre más reservado del pueblo, el que cuidaba de todos y no dejaba que nadie se le acercara, caminaba por el centro con los dedos de Amy soldados a los suyos y esa jeta de completo atontado que le había echado en cara Pete, exhibiéndola sin la menor vergüenza.
A tomar por culo.
No deseaba estar en ningún otro sitio.