Capítulo 18 — Amy
Amy se despertó el sábado con el sol ya alto y el cuerpo resentido en las mejores zonas imaginables. Tenía media cama vacía. La otra media la ocupaba un perro entero.
—En serio —le soltó a Capitán, que la miró con esa cara de santo de quien lleva media vida durmiendo exactamente donde le da la gana—. Te lo advertí: esto es invasión de propiedad. Te has ganado que hable con el comisario para que te meta una multa.
El perro bostezó, se desperezó y le plantó una pata encima.
Asunto zanjado.
Cash apareció por la puerta del dormitorio con dos cafés humeantes. Iba descalzo, despeinado y en pantalones cortos, sin nada más encima, y a Amy se le olvidó por completo la batalla territorial por las sábanas.
—Empieza a vestirte —le tendió una taza—. Nos largamos.
Amy lo miró alarmada.
—¿A dónde?
—Sorpresa. Ya te he metido el biquini y crema para el sol, que paso de que te pongas como un cangrejo por mi culpa.
—Qué obsesión tienes con los cangrejos. Definitivamente os lleváis a matar.
Cash sonrió por encima del borde de la taza. A Amy le pareció que aquella sonrisa, que dos semanas atrás habría tenido que sacarle con sacacorchos, ahora le salía rodada, sin esfuerzo, y que ella tenía bastante que ver con el cambio. Decidió no pararse a analizar el vuelco que le dio el estómago.
La sorpresa resultó ser una lancha amarrada a un embarcadero unos metros más arriba, en un muelle comunitario. Era una barcaza vieja de madera y fibra, con cierto encanto desvencijado, el motor remendado a base de parches y el dibujo de un pez enorme medio borrado en la popa.
Cash la pilló mirando el pez.
—Es un sábalo. Están buenísimos. Con un poco de suerte cenamos uno esta noche.
La ayudó a subir agarrándola con mano firme antes de tenderle un par de bolsas con víveres, echarse la mochila al hombro y soltar amarras con la soltura de quien lleva navegando desde antes de tener uso de razón. Enfiló mar adentro.
Para Amy, salir a mar abierto fue como descubrir un mundo nuevo, el agua abriéndose en dos ante la proa, tiñéndose primero de azul, luego de turquesa y después de un verde imposible a medida que la costa quedaba atrás.
Cash manejaba el timón serio, concentrado, con el pelo alborotado por el viento y los ojos entornados contra el sol, metido en su elemento como Amy no lo había visto nunca.
Ni siquiera con el uniforme puesto.
—¡Es increíble! —le gritó por encima del rugido del motor.
—¡Lo sé! —devolvió él con una sonrisa que le disparó las pulsaciones.
El cayo apareció al cabo de media hora: una lengua de arena blanca con cuatro palmeras contadas, sin un solo chiringuito ni un alma a la vista.
Un pedazo de tierra virgen, completamente por estrenar.
Cash varó la lancha en la orilla, saltó al agua, que le llegaba por las rodillas, para arrastrar el casco y le tendió los brazos.
Amy habría podido bajar sola sin el menor esfuerzo, pero se dejó llevar.
Acabar en los brazos de aquel hombre se estaba convirtiendo en su actividad favorita.
—¿Pero qué maravilla es esta? —preguntó ella, dando una vuelta sobre sí misma en la arena—. ¿De quién es?
—De nadie y de todos —Cash sacó la nevera portátil y una bolsa de lona—. Veníamos aquí de críos. Mi padre, yo... Arturo cuando se apuntaba. —Lo soltó con naturalidad, con la voz limpia, como si hablara de un rincón cualquiera—. Casi nadie lo conoce, ni sale en los mapas turísticos.
Amy sonrió.
—Me estás trayendo a tu rincón secreto.
Cash asintió.
—Te estoy trayendo a mi rincón secreto.
—Cash Keynes. —Amy se llevó una mano al pecho, fingiendo escándalo para esconder lo mucho que le había gustado oír eso—. Esto es prácticamente una declaración en toda regla.
—Nah, es solo un pícnic exótico. No te flipes.
Amy le puso morritos, pero él se rió y le tendió la mano para avanzar por la playa. Ella se la estrechó y no se la soltó en un buen rato.
Comieron a la sombra de las palmeras: pan, queso, fruta, una botella de vino blanco bien fría que paladearon en vasos de plástico con los ojos puestos en el horizonte.
Amy le robaba las aceitunas entre risas y él fingía cabrearse mientras ella le destripaba la peor cita de su vida, la de un tipo que la había arrastrado a un restaurante temático medieval y le había exigido comer con las manos para meterse en el personaje.
Cash acabó riéndose tanto que tuvo que apoyar el vaso en la arena para no derramarlo.
—No te rías —protestó Amy—. Fue un trauma. Había un juglar y todo.
—¿Un juglar?
—Sí, Cash, un juglar cantándome a un palmo de la cara mientras yo descuartizaba un muslo de pollo con los dedos —se estremeció—. He ido a terapia por muchísimo menos.
Cash soltó otra carcajada y Amy le dio un sorbo al vino sin apartar los ojos de los suyos.
—De momento vas ganando a todos mis ex por goleada, y eso solo con darme de cenar y traerme a una isla desierta.
—Y follarte como un animal.
A Amy se le subieron los colores a las orejas.
—Pues no bajes el ritmo.
Luego se quedaron un rato en silencio, hombro con hombro contra el tronco de una palmera, contemplando el mar sin la menor necesidad de cruzar palabra.
Era algo nuevo que Amy estaba descubriendo a su lado, una tregua que jamás había experimentado con nadie: que la ausencia de ruido podía ser un refugio cómodo y no un vacío incómodo que tapar a contrarreloj.
Lo de ponerse a pescar también fue idea de Cash. Ella aceptó solo porque el vino la había vuelto generosa y el buen humor la dominaba, porque lo que era a ella, la pesca le parecía un plan tan apasionante como ver secarse la pintura.
Cambió de opinión a los diez minutos.
—Hay que tener paciencia —dijo Cash. Se había colocado justo detrás, rodeándola con los brazos para enseñarle a sostener la caña—.
Sientes la tensión en el hilo y esperas.
Cuando notes que tira, nada de tirones bruscos o se te escapará.
Acompáñalo despacio y verás cómo lo tienes listo en un segundo.
—Esto es muy aburrido.
—Esto es pescar.
—Pues pescar es muy aburrido.
—Calla y concéntrate en el sedal.
Amy puso los ojos en blanco pero obedeció, sobre todo porque tener a Cash pegado a la espalda, notar sus brazos envolviéndola, sentir el roce de su barba en la oreja y escuchar esa voz grave susurrándole instrucciones al oído sumaban demasiados puntos a favor de la experiencia.
Estaba a punto de proponerle mandar la caña a paseo y buscar un entretenimiento mejor cuando el hilo dio un latigazo.
—¡Ay! ¡Que tira! ¡Hay algo! —Amy dio un brinco—. ¡Cash, haz algo, que hay un bicho!
—No tires, acompáñalo. Así, suave... —las manos de Cash se posaron sobre las suyas, firmes, marcándole el movimiento—. Eso es. Ahora recoge. No tanto. Muy bien. Lo tienes, Amy, lo tienes.
Y de pronto, salpicando y coleando y brillando bajo el sol como una moneda de plata gigante, emergió del agua un pez. Un pez de verdad. Suyo. Para colmo, clavadito al dibujo de la popa.
Amy soltó un alarido digno de quien gana la lotería, empezó a dar saltos por la playa amenazando con tirar la caña y al propio policía al agua, y cuando él se adelantó para aferrar la pieza y se la mostró todavía viva, ella lo contempló dividida entre un orgullo feroz y un horror absoluto.
—Lo he pescado yo —dijo, maravillada—. Con mis propias manos. Bueno, con la caña, pero con mis manos en la caña.
—Sí, nena, es todo tuyo.
—¿Está bien? ¿Le duele? —Amy se inclinó hacia el animal con un repentino instinto protector—. Pobrecito, mira qué ojos tiene. ¿Lo soltamos?
—Es la cena, Amy.
—¿Cómo? ¡Ni hablar! ¡Que es mi pez!
—Es tu cena —Cash se partía de risa, sosteniendo la pieza con una mano mientras le pasaba el otro brazo por el hombro—. Lo asamos esta noche. Si lo pescas, te lo comes. Es la ley del mar.
—Yo no conozco esa ley.
—Me la acabo de inventar, pero da el pego, ¿a que sí?
Amy miró el pez. Después miró a Cash, que la observaba con una sonrisa que le iluminaba los ojos, despeinado, salpicado y extrañamente feliz, y de pronto vio al niño sosteniendo la captura en la fotografía del salón de su casa.
Daba vértigo admitirlo, incluso para sus adentros, porque había verdades que se rompían en cuanto se verbalizaban, pero podría acostumbrarse perfectamente a aquello. A las barcas destartaladas, a las playas desiertas y a las treguas sin palabras.
A él.
—Vale —cedió ella—. Pero le pongo nombre antes de que pase por la brasa. Se va a llamar Fernando.
—Oye, no le pongas nombre a la comida.
—Fernando. Y le pienso rezar un responso antes de hincarle el diente. Es lo mínimo.
Cash negó con la cabeza sin dejar de sonreír, metió a Fernando en la nevera cubriéndolo de hielo y, al enderezarse, se topó con Amy a un suspiro de distancia.
Lo miraba fija, con el biquini todavía húmedo, la arena pegada a los muslos y el sol cayendo sobre el horizonte, tiñendo el mundo de un tono dorado.
—Gracias —murmuró ella, y por una vez lo dijo de corazón, sin escudarse en ninguna broma—. Por traerme aquí. A tu rincón.
Cash no contestó con palabras. La cogió por la cintura para estamparla contra su cuerpo y la besó despacio, arrastrando un sabor a sal, a vino blanco y a tarde veraniega que encendió la marcha habitual entre los dos, una marea lenta y voraz que los obligó a enredarse, con Amy colgándose de su cuello y Cash guiándola con cuidado hacia abajo hasta tumbarla sobre la toalla extendida en la arena.
—Me vuelve loco follarte, nena —gimió contra sus labios.
Ella se acomodó en la arena, completamente entregada.
Sobre la tela, bajo la sombra de las palmeras y con la playa entera a su disposición mientras el sol se hundía en el golfo, Cash le fue retirando el biquini húmedo pieza a pieza, devorando cada palmo de piel nueva, recreándose sin la menor prisa, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos. Y en cierto modo era verdad.
Amy se arqueó buscando sus manos, persiguiendo su boca, hundiéndole los dedos en el pelo en cuanto él descendió por su vientre para separarle los muslos y saborearla con una parsimonia tan desesperante que le arrancó su nombre a cielo abierto, un grito limpio, sin nadie a kilómetros a la redonda que pudiera escucharla, sintiéndose más libre que nunca.
Cuando Cash subió de nuevo y se hundió en ella, despacio, buscándole la mirada con el último destello del sol recortándole la silueta, con la arena ardiendo debajo y el universo reducido a ese pedazo de isla, Amy le acunó las mejillas con las dos manos.
Ninguno apartó los ojos. Se acoplaron sin urgencias, meciéndose en un vaivén infinito donde cualquier palabra habría estropeado el momento. Lo que estaba pasando entre los dos era tan grande que no cabía en palabras, y los dos lo sabían.
Luego se quedaron tumbados en la toalla, con los cuerpos todavía trenzados, pegajosos de sal, sudor y arena, contemplando cómo el cielo se incendiaba de tonos anaranjados y rosas sobre el horizonte.
No se movieron hasta que el sol se ocultó por completo y el relente de la noche los obligó a recoger.
Tocaba regresar a la lancha, poner rumbo a casa, encender las brasas y dejarlas arder hasta el amanecer del otro día.